«Las
salas de concierto son grutas inveteradas cuyo dios es el tiempo» (Pascal
Quignard, en El odio a la música).
Ahora lo recuerdo y me cuesta imaginarme allí. Los junkies, los vasos con vodka y el intenso olor a marihuana se desvanecen como elementos de un sueño contado por alguien más, pero no vivido por mí. Y, sin embargo, ahí estuve: bailé con Los Rabanes, injurié con Molotov, canté casi con lágrimas con Los Enanitos Verdes. También fue una llamada: F. al otro lado del celular sin decir ni mu, oyendo la voz de Marciano Cantero cantando: «Ya se fue el tren / y esta calle nunca más será igual, / aprendiste a tener miedo, / pero hay que correr el riesgo / De levantarse y seguir cayendo».
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No
era una época revolucionaria. Dos años atrás, a nosotros también se nos infló
la esperanza de caminar hacia un país distinto. Pero la revolución estaba muy
atrás. Corría el año 2011 y venía Inti Illimani al Festival Verdad. La espera para verlos tocar iba a ser
prolongada: la mítica banda chilena cerraría el festival y ese día yo tenía una
fiebre de otro mundo. Tenía dengue, pero no importó: estabas vos y la música. Ese
día descubrimos las enérgicas e incómodas canciones de Café Guancasco. Quedaría
impresionado de la letra y música de Camila,
el complemento perfecto a La navidad de
Luis de León Gieco. Mi cuerpo se debilitaba paulatinamente hasta
convertirse casi en un bulto. Recuerdo el paño frío que tu mamá improvisó para
que me lo pusiera en la frente. Cuando Inti Illimani subió al escenario yo
estaba ya postrado en el asiento de atrás de mi carro. Aunque me lo perdí, gané
el recuerdo de tu abrazo deteniendo el estremecimiento de un escalofrío.
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Al
inicio renegué por la fila y porque nos iban a decomisar los cigarrillos que
llevábamos para el concierto (los tuvimos que dejar con P. en la entrada). Ya
adentro todo empezó a ser electrizante con la apertura de Polly Class. Luego,
el estallido: Porter entrando en escena.
En el arranque, mientras tocaban Host
of a Ghost, David Velasco tuvo una ocurrencia impopular pero necesaria:
pidió que el público que estaba en General y VIP se juntara. El intimismo
melódico de algunas canciones de Moctezuma,
su nuevo disco, lo exigía. Y hasta aquí era la primera vez que yo escuchaba las
canciones de Porter. No podía evitar no sentirme como un extranjero en un país
de intenso patriotismo. La experiencia de estar en medio de un centenar de
personas cantando unísonamente canciones como Host of a Ghost, Murciélago
o Hansel & Gretel’s Bollywood Story
me hizo por unos momentos ser parte de esta religión llamada Porter. Salimos
con F. de CIFCO diferentes, como suele suceder después de vivir un concierto.
Lo único decepcionante de esa noche fue el no haber encendido un cigarrillo.