lunes, 21 de septiembre de 2026

Cápsula 8 / Los apocaloptimistas

 

Lo que está hoy en boca de todos es que la IA podría terminar por exterminarnos en un plazo bastante más corto de lo que hasta hace poco presuponíamos. De esto, lo sabemos bien, se viene hablando desde hace décadas, pero ahora nos dicen que ya no se trata únicamente de una fantasía o de un aventurado vaticinio de la ciencia ficción, sino de un riesgo que algunos expertos consideran suficientemente real como para tomárselo en serio.

Entre los famosos bandos tipificados por Umberto Eco, los apocalípticos y los integrados, yo siempre me he considerado de los segundos. La historia nos ha enseñado que los avances de la técnica suelen coincidir con momentos significativos de expansión de la riqueza y el bienestar y con vidas más prolongadas. Pero la técnica tiene sus propias contradicciones, y la IA no constituye ninguna salvedad. El razonamiento según el cual el problema no fue el invento de la pólvora, sino que se nos ocurriera utilizarla también para hacer explotar personas, sigue siendo válido: una parte importante de los riesgos de la IA dependerá de quién la controle, con qué fines y bajo qué reglas.

El problema mayúsculo de nuestro tiempo es que esta vez aparece, además, una dificultad distinta. Los avances técnicos que habíamos conocido hasta ahora eran herramientas cuya capacidad permanecía, en lo fundamental, subordinada a la nuestra. Con la IA comienza a discutirse la posibilidad de construir sistemas capaces de resolver problemas, tomar decisiones o ejecutar acciones con un grado creciente de autonomía y, eventualmente, de superar nuestras capacidades en ámbitos cada vez más amplios. Que eso desemboque o no en una inteligencia que ya no podamos controlar es otra discusión, mucho más incierta, pero es precisamente esa posibilidad la que vuelve distinto este momento.

Incluso para quienes contemplamos con inquietud su desarrollo resulta difícil negar el extraordinario potencial de la IA como aceleradora de muchos progresos humanos en las diversas áreas de la vida en común. Pero tampoco hace falta imaginar una superinteligencia rebelde para advertir su potencial destructivo. Decía el filósofo alemán Markus Gabriel que el problema no era Twitter, sino un Trump con Twitter. Básicamente, el mismo principio puede aplicarse a la IA: antes de preguntarnos qué ocurrirá si algún día las máquinas actúan completamente por su cuenta, convendría preguntarnos qué pueden hacer ya en manos de quienes buscan maximizar ganancias, vigilar poblaciones, concentrar poder o administrar vidas ajenas desde un algoritmo.

Escuchar por estos días las discusiones sobre la posibilidad de que sistemas de IA desarrollen comportamientos no previstos por quienes los diseñaron, y sobre escenarios más extremos en los que una inteligencia artificial pueda escapar de nuestro control, me ha hecho recordar la tesis de James Lovelock en Novaceno. El autor de la hipótesis Gaia imaginaba que con la inteligencia artificial comenzaría a cerrarse el Antropoceno: nuestra especie dejaría de ocupar el lugar de la inteligencia dominante del planeta y se abriría paso otra época, el Novaceno, habitada por superinteligencias que nosotros mismos habríamos construido, pero cuya existencia ya no estaría necesariamente subordinada a nuestros propósitos.

Esta es la idea más perturbadora: no que las máquinas necesariamente decidan exterminarnos, sino que podamos dejar de ser la medida de la inteligencia en un mundo construido por nosotros mismos. Que continuemos aquí, pero convertidos en actores secundarios de una historia que hasta ahora creíamos protagonizar.

Si acaso llegamos a tenerlo, se vislumbra un futuro extraño y por momentos lúgubre para la humanidad. No hay retorno o reversibilidad sobre la IA y sus vaivenes. Me cuestiono entonces si vale la pena continuar en el bando de los integrados, porque hacerlo podría equivaler a terminar dilapidado por ingenuo; pero pasarme definitivamente al de los apocalípticos supondría también renunciar demasiado pronto a todo aquello que la técnica todavía puede hacer por nosotros.

Quizá convenga adoptar otro nombre. Ser apocaloptimistas, como concluyen Daniel Roher y Charlie Tyrell en un nuevo documental estrenado en Netflix: conservar todavía alguna esperanza en la humanidad, aun conociendo sobradamente las razones que existen para desconfiar de ella.

 

lunes, 7 de septiembre de 2026

Cápsulas / 7 - Cántame una canción

El descubrimiento reciente de un artista pop —de esos que hacen canciones pegajosas, de las que se cantan en espiral—, Jacinto y su álbum Hipersentimental, coincidió más o menos con que viera Power Ballad, la nueva película de John Carney, en la que vuelve al tema obsesivo de su obra: la música y sus efectos expansivos sobre las vidas de quienes la practican. Ingeniero en negocios, antes de soñar con llenar un estadio de fans moviendo sus celulares como estrellitas, Jacinto soñaba con estudiar un posgrado en Stanford y dedicarse a la vida corporativa. Al protagonista de Power Ballad le ocurre casi lo contrario: en el momento cúspide de su creación tiene que abandonar el sueño de convertirse en una estrella de rock. Hay alquileres, recibos y una hija recién nacida; cuentas que la música no puede pagarle, o al menos no su propia música. Termina armando bandas de covers para conseguir los ingresos que sus canciones originales no le dan. Por distintas que sean estas dos vidas —una real y la otra ficticia—, la música termina llevándolas hacia lugares insospechados. A Jacinto, tapatío, lo recluta el gerente de un gran sello discográfico después de encontrar los videos que subía cantando a YouTube. Rick llega a cruzarse con una estrella de rock en declive y, después de compartir unas canciones tras una boda, entre cervezas y whisky, termina viendo cómo le usurpan una composición. Power Ballad habla de talentos que se marchitan y de otros a los que nunca se les dio la oportunidad de crecer. Habla también de ese extraño suceso que significa crear un hit: una canción que, de pronto, será cantada por millones de desconocidos. Jacinto sale a buscar ese santo grial desde su primer disco. Es ambicioso y, quizá más importante, parece haber llegado al punto en que ya no hay vuelta atrás. Dice en una de sus canciones: «no tengo horarios ni rutina u orden en general / creen que no entiendo la vida y que me voy a arruinar / soñando que estrellas me gritan “qué raro es ser normal”». El joven jalisciense pudo haber intentado convertirse en una estrella del mundo corporativo, pero decidió probar suerte como estrella pop. Una cosa, desde luego, no tendría por qué excluir la otra. Pero hay personas que vienen a este mundo para no ser normales. Y se los agradecemos mil.


martes, 1 de septiembre de 2026

Cápsulas / 6

 

Empezaré estas cápsulas autorremedándome. No hace mucho tuve que dar un taller sobre un tema del que preferiría no hablar, pero para el cual se me pidió que ofreciera unas “cápsulas” conceptuales, sin que los clientes especificaran exactamente la dosis que requerían.

—¿Y ya tenés las píldoras que vas a administrar? —me preguntó un amigo, sabedor de que aquel público necesitaba una buena dosis concentrada.

No es la primera ni será la última vez que vuelva a estas cápsulas sin poder definir del todo qué son. En este espacio, esta es la sexta. Lo que intento hacer con ellas es encapsular momentos cotidianos: alguna anécdota, una reflexión surgida de algo que leí o vi, o un dato que, bajo determinadas circunstancias, pudiera resultar trascendente.

La última la escribí en julio de 2021. Han pasado, por tanto, más de cinco años. Y sigo, de alguna manera, cómodo con esta figura.

Después de ver pasar tanta agua bajo el puente —lo que incluye, entre otras cosas, que Messi ganara un Mundial; que yo tuviera más de seis trabajos distintos en el lapso de cinco años; que volviera a viajar a Estados Unidos; que la inteligencia artificial irrumpiera hasta llevarnos a lo que el señor Timothy Garton Ash llamó un “Hiroshima de IA”; y que, pese a todo, siga amando a la misma pareja y viviendo en el mismo apartamento de dos ambientes—, continúo creyendo que lo único que sé hacer, y acaso lo único que he hecho siempre, son cápsulas.

O glosas, como también las he llamado.

Y que es en esta corta distancia donde mejor puedo decir lo que tengo que decir.

miércoles, 27 de mayo de 2026

Crónica de viajes: Ciudad de México

El aterrizaje

 

Lo había leído, o quizá alguien me lo dijo alguna vez: lo primero que se ve al sobrevolar la Ciudad de México son las interminables filas de casas, más casas, avenidas gigantescas y una nebulosa capa de smog suspendida sobre todo. Miré de un lado a otro por las ventanillas del avión y no encontré ningún límite reconocible. La ciudad parecía no terminar nunca. Una expansión abrumadora. Entonces recordé el título que escogió Juan Villoro para definirla: el vértigo horizontal.

Cuando el avión aterrizó, una señora sentada a mi lado se persignó y le dio gracias a Dios. Aterrizamos en la ciudad de la Virgen de Guadalupe.

 

Hospedaje

 

Nos hospedamos en la calle Sinaloa, entre Condesa y Roma Norte. Según Lalo Villar, creador de La ruta de la garnacha y uno de los mejores guías gastronómicos de la ciudad, la Condesa probablemente sea la colonia más extranjerizada de Ciudad de México. Bastaba caminar unas cuadras para comprobarlo: en sus calles arboladas predominaban los rostros blancos, los acentos extranjeros, los cafés minimalistas y los perros de raza.

Venir del aeropuerto había sido entrar a un caos organizado: embotellamientos, vendedores callejeros, multitudes desplazándose como corrientes humanas. Pero en la Condesa había una quietud extraña. En el Parque España no vimos puestos de esquites ni humo de anafres, sino runners. Como casi toda gran ciudad latinoamericana, Ciudad de México también está partida en dos realidades.

 

Tacos

El expresidente Andrés Manuel López Obrador bautizó al taco como la comida más completa. El mandatario de los “abrazos y no balazos” razonaba así: la tortilla es carbohidrato, la carnita proteína y la salsa vitamina. Las mañaneras podían ser una fábrica de dislates, pero en esto AMLO tenía razón.

A unas cuadras de la estación Sevilla encontramos un puesto llamado Carnitas Parque Luna. El sello de calidad de una taquería mexicana son las filas. Eran casi las tres de la tarde y el lugar seguía repleto. Como principiantes en el arte de pedir carnitas michoacanas, solicitamos ayuda a los comensales.

—Pidan de surtida —nos dijo una señora mientras devoraba un taco de nana.

Hay momentos que uno quisiera volver a vivir por primera vez. En mi caso, elegiría aquella mordida inicial al taco de surtida. La mezcla de maciza, cachete, cuerito, nana y buche; la tortilla recién hecha; la salsa como fuego. No era solo la comida más completa: era el bocadillo perfecto.

Entendí entonces el lema del bloguero Mark Wiens: “yo viajo por la comida”. Las ciudades también se conocen con el paladar.

Después vinieron más tacos: de suadero, pastor, birria estilo Jalisco, cabeza, costilla, espaldilla, migaja. Y el rey absoluto de la casa: el taco de tripa dorada.

Recordé a mi tío, que vivió muchos años en México y advertía a los extranjeros sobre la venganza de Moctezuma. Que mi estómago resistiera más de diez variedades de tacos y sus salsas infernales me hizo sentir parte de la ciudad. Un chilango más.

 

Su presidente

 

Ya es una ley no escrita: donde haya un salvadoreño, alguien preguntará por Bukele.

—Felicitaciones —nos decían.

Pero la velocidad de Ciudad de México no se presta para respuestas pausadas. ¿Cómo explicarles que el hombre que ven en las noticias es un dictador? ¿Cómo decirles que puede encarcelar personas sin juicio ni pruebas? ¿Cómo hacerlo sin miedo a escuchar después algo peor: “no nos importa”?

 

El Zócalo

 

La magnitud de esta ciudad se mide en su plaza central. El Zócalo equivale a siete campos de fútbol.

Si el centro histórico de San Salvador parece empeñado en borrar su pasado, el de México lo exhibe con orgullo. Frente a las ruinas del Templo Mayor recordé la idea de “multitemporalidad” de Silvia Rivera Cusicanqui: distintas capas históricas coexistiendo en un mismo espacio.

La lógica colonial suele ser lineal: destruir el pasado para abrirle paso a la modernidad. Por eso en San Salvador se derriban edificios antiguos para construir estructuras que parecen naves espaciales. En el centro de Ciudad de México ocurre otra cosa. Allí, entre las ruinas de Tenochtitlán y las catedrales coloniales, emerge una nueva figura monumental que anuncia a la “ciudad de la transformación”, vestida incluso con la camiseta de la selección mexicana rumbo al Mundial 2026.

Todo convive. Todo permanece.

 

El metro

 

Uno de los primeros consejos que nos dieron los amigos fue simple:

—Anden buzos en el metro.

Quienes venimos de ciudades sin subterráneos nos impresionamos fácilmente. El metro tiene algo de organismo vivo. Bajo tierra se intensifican los arquetipos de la superficie: el cansancio, la prisa, el comercio, la sospecha, la supervivencia.

El metro de Ciudad de México es otra forma de su caos organizado.

 

El exilio

 

Nos reunimos con unos amigos en la colonia Narvarte. Entre mezcales y cervezas nos contaron su vida mexicana. Una tiene un buen empleo en Santa Fe; su esposo, sin trabajo fijo, hace trading; otra amiga, periodista, vive exiliada.

Como España o Guatemala, México ha vuelto a convertirse en refugio para salvadoreños perseguidos. Su tradición diplomática de asilo sigue viva, por suerte. Ya no llegan aquí los exiliados de las guerras civiles del siglo XX, sino los expulsados por las nuevas extremas derechas latinoamericanas.

En algún momento de la conversación todos coincidimos en la misma frase:

—Nunca pensamos que nos tocaría a nosotros.

La última cerveza siempre se acompaña con un taco. Esa noche fue un taco de suadero en los famosos Tacos Tony. Nos despedimos con la promesa incierta de volver a encontrarnos pronto.

 

La noche

 

Un amigo jalisciense me había descrito cómo era “irse de peda” en México. Aunque nacido en Jalisco, vivió años en Ciudad de México y ahora reside en Los Ángeles. Llegamos a la avenida Tamaulipas, en plena Condesa, esperando encontrar aquella noche que él narraba. Pero la extranjerización de la zona también había domesticado la fiesta.

Aun así, la ciudad se filtraba por otros lados.

Nos sirvieron tequilas fuera del horario permitido por la ley seca. Dos jóvenes ofrecieron una clase magistral de eclecticismo en el karaoke: empezaron cantando death metal en un idioma irreconocible, siguieron con Timbiriche y terminaron abrazados con Juan Gabriel.

Eso también era México.

 

Coyoacán

 

Pregunté si Coyoacán siempre había sido colorido o si se volvió colorido después de Frida Kahlo y Diego Rivera. Como casi todo en Ciudad de México, la respuesta era sincrética.

Después entendimos mejor el lugar: antigua ciudad colonial, barrio bohemio, refugio de artistas e intelectuales, territorio donde Agustín Lara escribió Farolito.

Coyoacán condensa las grandes revoluciones políticas y artísticas del siglo XX. El recorrido turístico habitual lo demuestra: la casa de Frida y Diego; la casa donde Trotsky pasó sus últimos días antes de ser asesinado; el Anahuacalli, el monumental museo que Rivera imaginó para preservar el arte prehispánico y fundirlo con la modernidad.

También está allí el Centro Cultural Elena Garro, símbolo tardío de la reivindicación de una autora durante años eclipsada por Octavio Paz.

Entrar en esas síntesis históricas abre el apetito. Mientras hablábamos sobre las purgas estalinistas, devoramos tacos en el mercado central.

Coyoacán no solo refrescó los acontecimientos del siglo corto. También dejó la mejor tostada de aguachile con habanero y chiltepín.

miércoles, 20 de mayo de 2026

Aperitivo mundialista

 

Lo bueno de los mundiales es que son un plato fuerte que viene con entrada.

Salvo Qatar 2022, los últimos Mundiales se han disputado a mitad de año, cuando las principales ligas europeas ya coronaron a sus campeones. El cierre reciente de la Premier League, con el Arsenal campeón después de veintidós años de sequía, podría anticipar un Mundial inusitado. O quizá una nueva forma de entender el juego: como señaló Luis Enrique, el Arsenal ganó no por ser el mejor equipo con el balón, sino por ser el mejor sin él.

Todavía queda otro aperitivo importante: saber si el PSG del entrenador gijonés conseguirá el bicampeonato de la Champions League. Si así fuera, se confirmaría que la orejona también puede ganarse consecutivamente con más fútbol que fortuna sabor a merengue.

Pero, si hablamos de antesalas para la Copa del Mundo, yo elegiría Los héroes numerados, el nuevo libro futbolero de Juan Villoro.

Si Argentina tiene el mejor periodismo deportivo, México tiene al mejor escritor sobre el balompié.

Villoro posee una capacidad inigualable para relacionar las mutaciones del fútbol con las transformaciones de la sociedad. No encuentro mejor voz para contextualizar un Mundial auspiciado, principalmente, por un país gobernado por Donald Trump.

Para Villoro, el fútbol no es ajeno a la política, aunque sí puede convertirse en su anticuerpo. En medio de guerras y tensiones internacionales, Estados Unidos será anfitrión de las esperanzas colectivas. Canadá y México apenas maquillan la evidente repartición geopolítica de favores: si Rusia organizó el Mundial de 2018 y Qatar el de 2022, parecía inevitable que Estados Unidos recibiera la sede de 2026.

En su nuevo libro, el autor de Balón dividido repasa anécdotas del deporte de "las manos suprimidas", pero también dirige su mirada hacia aspectos contemporáneos. Gran admirador de los relatores de fútbol, Villoro analiza las consecuencias del VAR para esos magos de la palabra. Sumados a la euforia de las tribunas, los grandes relatos eran combustible para una emoción desbordada. Sin embargo, observa que hoy un gol anulado por el VAR se parece a un coitus interruptus.

Entre los temas más novedosos del libro, Villoro dedica un capítulo al fútbol femenil, “el que marca la diferencia”. Como bien señala, no es casualidad que en los partidos de mujeres la celebración sea, por lo general, colectiva, sin estrellas ensayando poses individuales ni gestos grandilocuentes o ridículos. La sororidad se traslada al festejo; lo varonil suele demostrarse en solitario.

El fútbol femenil ha despuntado hasta convertirse, en algunos casos, en un espectáculo más atractivo que el masculino. En mi caso, incluso, también ofrece mayores alegrías: el FC Barcelona femenino es una potencia europea, mientras el masculino todavía intenta reencontrarse bajo las órdenes de Flick y su estrella absoluta Lamine Yamal.

La publicación del libro llega en el momento preciso. Estamos próximos a ver nuevamente a nuestros héroes numerados vistiendo la camiseta de sus selecciones. Veremos quién, o quiénes, alcanzarán la inmortalidad.

 

jueves, 11 de diciembre de 2025

Glosas X

 

Termina el año. Miro atrás y, en general, fue un año prolífico. Escribí más y con mayor orden. Me había impuesto una cuota mínima —un texto por semana—, pero no fue posible, no lo será. Casi siempre, después de octubre, los meses se esfuman. Lo extraño es que en el último trimestre no ocurre nada excepcional, salvo algún viaje o un evento aislado. Voy en automático.

 

Varios libros se me escaparon sin poder escribir sobre ellos. Conservo algunas notas dispersas, pero dudo que se conviertan en un texto definitivo. Pienso en Fabricación, de Ricardo Raphael, que me mostró las potentes ficciones que puede crear el poder. Pienso en El niño resentido, de César González, autobiográfico y conmovedor, que eleva el arte surgido desde los márgenes —las villas miserias argentinas— y lo convierte en un testimonio duro de la pobreza estructural, pero también de su potencial transformador. Pienso en Los nombres de Feliza, donde Juan Gabriel Vásquez confirma su capacidad para entretejer la historia con la vida íntima de sus protagonistas. Y pienso en El accidente, de Blanca Lacasa, una novela breve sobre la intensidad de un enamoramiento circunstancial e imposible.

 

Las métricas del año tampoco rompieron récords. De hecho, revelan cierta dispersión y languidez. Hasta el 10 de diciembre anoté 84 películas y series. Para dimensionarlo: cerré 2024 con 97 títulos y 2023 con 90. Podríamos empatar; digamos que estamos cerca. El año dejó joyas indiscutibles sobre las que tampoco pude escribir. Joya #1: la segunda temporada de Severance. Joya #2: One Battle After Another. Joya #3: Weapons. Joya #4: Together. Joya #5: Bring Her Back. Joya #6: Pluribus. Joya #7: Belén.

 

En música, Spotify me recuerda que escuché veinte mil minutos menos que en 2024. Los más escuchados: Leiva, The Lumineers, Santiago Motorizado y… claro: Bad Bunny.

 

Me reconozco en la sentencia de un glotón ejemplar —Javier Cercas—: «A la hora de comer solo respeto una regla, y es la ausencia total de reglas».

 

Las políticas de la extrema derecha operan, como diría Verónica Gago, bajo «lógicas de crueldad». Y se emparentan con lo que Rita Segato denomina las consecuencias de la «dueñidad». Basta ver a Trump: sus políticas antimigrantes y sus ataques a pequeños pescadores en el Caribe. Su resonancia global, más profunda y más brutal, se percibe en el genocidio en Gaza. En Argentina, Milei ejecuta estas lógicas mediante una devaluación sistemática de los ingresos. En El Salvador, Bukele mediante un régimen de excepción que arrasó no solo con pandilleros, sino también con población inocente y, sobre todo, pobre.

 

La IA no debería sustituir la creatividad, pero sí puede ampliar la imaginación libre de un niño. Lo comprobé jugando con mi sobrino de seis años. Él inventaba jugos imposibles: metía en una licuadora imaginaria Kool-Aid, pizza, piñas, chocolate, tomate y Coca-Cola. Luego bautizaba ese mejunje delirante. La IA se encargaba de representar aquello que su mente había creado.

 

«Lo horrible devino cotidiano bajo un estruendo de aplausos», escribe Patricia Evangelista en Que alguien los mate. Ella se refiere a los grupos de exterminio impulsados por Duterte en Filipinas. También podría referirse a los cientos de inocentes torturados en las cárceles de nuestro país.

 

Un recuento del año podría resumirse así:

  1. Trabajo fijo dilapidado.
  2. Amigos exiliados por el régimen de Bukele.
  3. Retorno a EE. UU. (el “planeta americano”, como decía nuestro querido y extrañado Vicente Verdú).
  4. Viñedos en Napa Valley.
  5. Reencuentros en el exilio.
  6. Mañanas cálidas, tardes somnolientas, noches cocinando, madrugadas trabajando.
  7. Aprendí a pelar camarones en menos de un minuto.
  8. Parrilladas en la terraza.
  9. Murió la mamá de mi suegra.
  10. Navidad futura en Texas.

 

Siento un claro vínculo generacional con la novela de Paulina Flores, La próxima vez que te vea, te mato. La narradora, en sus tempranos treinta, vive bajo las angustias millennial: trabajo precario, alquileres prohibitivos, relaciones líquidas. Además, se suma a esa constelación de novelas sobre la condición migrante de una latinoamericana en Europa. Lo que más me gusta —y subrayo— es el sentido del humor de la narradora.

viernes, 10 de octubre de 2025

Colando agua

Siempre me ha llamado la atención que no existan tantas historias literarias o de no ficción que sucedan en la playa. Pese a nuestra diminuta costa, recorrida de extremo a extremo en apenas seis horas, el mar nos representa mejor que cualquier otra geografía.

Quizá la razón de esa ausencia literaria sea que nuestras playas han sido vistas como lugares apacibles, de puro esparcimiento, y no como escenarios de conflicto o transformación. Nuestros valles simbolizan el modelo agroexportador que nos definió en los siglos XIX y XX; nuestras montañas, las heridas abiertas de la guerra civil. La playa, en cambio, ha sido el dominio de la gastronomía y del descanso, el refugio veraniego de las élites y, más recientemente, de los especuladores de criptomonedas.

En Tres historias sublevantes, Julio Ramón Ribeyro describió al Perú a partir de sus tres regiones naturales: costa, sierra y selva. ¿Cuáles serían, entonces, las historias de nuestra costa? ¿Qué ocurre detrás de las casas de descanso, de los muelles repletos de mariscos, de las ventas ambulantes donde se ofrecen minutas, mangos en flor y collares de curil?

Entre los mayores aciertos de Colando agua, la última obra de La Cachada Teatro, está precisamente esa mirada hacia la costa salvadoreña, sostenida por una investigación documental y participativa que recoge los testimonios de mujeres pescadoras de distintas zonas del país. Fiel a su estilo —centrado en las vidas de mujeres comunes—, la puesta en escena sigue la existencia de cuatro trabajadoras que viven de la pesca. Ellas hacen lo que los hombres no quieren: preparan la mercadería, descaman, venden en los muelles. Todas, excepto una, que desafía la tradición y se embarca mar adentro para llevar sustento a su hogar.

En otras palabras, Colando agua ilumina la sede oculta de nuestras playas: el trabajo que sostiene la cadena que permite que los mariscos —ese orgullo de nuestra gastronomia— lleguen hasta nosotros.


La obra tiene un espíritu de denuncia, pero no carece de humor. Uno de sus momentos más memorables ocurre cuando las cuatro mujeres viajan en lancha rumbo al mangle, intercambiando confidencias, chistes y lamentos. También plantea una crítica severa a la contaminación marina y al modelo extractivo que, a fuerza de megaproyectos, devora nuestros ecosistemas.

Ojalá más artistas se asomen a esas costas para representar nuestro modo de vida, nuestras costumbres y contradicciones. Las necesitamos. La playa no es sólo un decorado de postales ni un paraíso publicitario para el turismo global: allí se libra, cada día, una batalla por sobrevivir. Allá, entre la espuma y el salitre, palpitan historias que nos definen, historias que aún no han sido contadas.

No compremos ese relato mágico de las “ciudades del surf”: frente a esas olas, la realidad no es tan fotografiable.