miércoles, 27 de mayo de 2026

Crónica de viajes: Ciudad de México

El aterrizaje

 

Lo había leído, o quizá alguien me lo dijo alguna vez: lo primero que se ve al sobrevolar la Ciudad de México son las interminables filas de casas, más casas, avenidas gigantescas y una nebulosa capa de smog suspendida sobre todo. Miré de un lado a otro por las ventanillas del avión y no encontré ningún límite reconocible. La ciudad parecía no terminar nunca. Una expansión abrumadora. Entonces recordé el título que escogió Juan Villoro para definirla: el vértigo horizontal.

Cuando el avión aterrizó, una señora sentada a mi lado se persignó y le dio gracias a Dios. Aterrizamos en la ciudad de la Virgen de Guadalupe.

 

Hospedaje

 

Nos hospedamos en la calle Sinaloa, entre Condesa y Roma Norte. Según Lalo Villar, creador de La ruta de la garnacha y uno de los mejores guías gastronómicos de la ciudad, la Condesa probablemente sea la colonia más extranjerizada de Ciudad de México. Bastaba caminar unas cuadras para comprobarlo: en sus calles arboladas predominaban los rostros blancos, los acentos extranjeros, los cafés minimalistas y los perros de raza.

Venir del aeropuerto había sido entrar a un caos organizado: embotellamientos, vendedores callejeros, multitudes desplazándose como corrientes humanas. Pero en la Condesa había una quietud extraña. En el Parque España no vimos puestos de esquites ni humo de anafres, sino runners. Como casi toda gran ciudad latinoamericana, Ciudad de México también está partida en dos realidades.

 

Tacos

El expresidente Andrés Manuel López Obrador bautizó al taco como la comida más completa. El mandatario de los “abrazos y no balazos” razonaba así: la tortilla es carbohidrato, la carnita proteína y la salsa vitamina. Las mañaneras podían ser una fábrica de dislates, pero en esto AMLO tenía razón.

A unas cuadras de la estación Sevilla encontramos un puesto llamado Carnitas Parque Luna. El sello de calidad de una taquería mexicana son las filas. Eran casi las tres de la tarde y el lugar seguía repleto. Como principiantes en el arte de pedir carnitas michoacanas, solicitamos ayuda a los comensales.

—Pidan de surtida —nos dijo una señora mientras devoraba un taco de nana.

Hay momentos que uno quisiera volver a vivir por primera vez. En mi caso, elegiría aquella mordida inicial al taco de surtida. La mezcla de maciza, cachete, cuerito, nana y buche; la tortilla recién hecha; la salsa como fuego. No era solo la comida más completa: era el bocadillo perfecto.

Entendí entonces el lema del bloguero Mark Wiens: “yo viajo por la comida”. Las ciudades también se conocen con el paladar.

Después vinieron más tacos: de suadero, pastor, birria estilo Jalisco, cabeza, costilla, espaldilla, migaja. Y el rey absoluto de la casa: el taco de tripa dorada.

Recordé a mi tío, que vivió muchos años en México y advertía a los extranjeros sobre la venganza de Moctezuma. Que mi estómago resistiera más de diez variedades de tacos y sus salsas infernales me hizo sentir parte de la ciudad. Un chilango más.

 

Su presidente

 

Ya es una ley no escrita: donde haya un salvadoreño, alguien preguntará por Bukele.

—Felicitaciones —nos decían.

Pero la velocidad de Ciudad de México no se presta para respuestas pausadas. ¿Cómo explicarles que el hombre que ven en las noticias es un dictador? ¿Cómo decirles que puede encarcelar personas sin juicio ni pruebas? ¿Cómo hacerlo sin miedo a escuchar después algo peor: “no nos importa”?

 

El Zócalo

 

La magnitud de esta ciudad se mide en su plaza central. El Zócalo equivale a siete campos de fútbol.

Si el centro histórico de San Salvador parece empeñado en borrar su pasado, el de México lo exhibe con orgullo. Frente a las ruinas del Templo Mayor recordé la idea de “multitemporalidad” de Silvia Rivera Cusicanqui: distintas capas históricas coexistiendo en un mismo espacio.

La lógica colonial suele ser lineal: destruir el pasado para abrirle paso a la modernidad. Por eso en San Salvador se derriban edificios antiguos para construir estructuras que parecen naves espaciales. En el centro de Ciudad de México ocurre otra cosa. Allí, entre las ruinas de Tenochtitlán y las catedrales coloniales, emerge una nueva figura monumental que anuncia a la “ciudad de la transformación”, vestida incluso con la camiseta de la selección mexicana rumbo al Mundial 2026.

Todo convive. Todo permanece.

 

El metro

 

Uno de los primeros consejos que nos dieron los amigos fue simple:

—Anden buzos en el metro.

Quienes venimos de ciudades sin subterráneos nos impresionamos fácilmente. El metro tiene algo de organismo vivo. Bajo tierra se intensifican los arquetipos de la superficie: el cansancio, la prisa, el comercio, la sospecha, la supervivencia.

El metro de Ciudad de México es otra forma de su caos organizado.

 

El exilio

 

Nos reunimos con unos amigos en la colonia Narvarte. Entre mezcales y cervezas nos contaron su vida mexicana. Una tiene un buen empleo en Santa Fe; su esposo, sin trabajo fijo, hace trading; otra amiga, periodista, vive exiliada.

Como España o Guatemala, México ha vuelto a convertirse en refugio para salvadoreños perseguidos. Su tradición diplomática de asilo sigue viva, por suerte. Ya no llegan aquí los exiliados de las guerras civiles del siglo XX, sino los expulsados por las nuevas extremas derechas latinoamericanas.

En algún momento de la conversación todos coincidimos en la misma frase:

—Nunca pensamos que nos tocaría a nosotros.

La última cerveza siempre se acompaña con un taco. Esa noche fue un taco de suadero en los famosos Tacos Tony. Nos despedimos con la promesa incierta de volver a encontrarnos pronto.

 

La noche

 

Un amigo jalisciense me había descrito cómo era “irse de peda” en México. Aunque nacido en Jalisco, vivió años en Ciudad de México y ahora reside en Los Ángeles. Llegamos a la avenida Tamaulipas, en plena Condesa, esperando encontrar aquella noche que él narraba. Pero la extranjerización de la zona también había domesticado la fiesta.

Aun así, la ciudad se filtraba por otros lados.

Nos sirvieron tequilas fuera del horario permitido por la ley seca. Dos jóvenes ofrecieron una clase magistral de eclecticismo en el karaoke: empezaron cantando death metal en un idioma irreconocible, siguieron con Timbiriche y terminaron abrazados con Juan Gabriel.

Eso también era México.

 

Coyoacán

 

Pregunté si Coyoacán siempre había sido colorido o si se volvió colorido después de Frida Kahlo y Diego Rivera. Como casi todo en Ciudad de México, la respuesta era sincrética.

Después entendimos mejor el lugar: antigua ciudad colonial, barrio bohemio, refugio de artistas e intelectuales, territorio donde Agustín Lara escribió Farolito.

Coyoacán condensa las grandes revoluciones políticas y artísticas del siglo XX. El recorrido turístico habitual lo demuestra: la casa de Frida y Diego; la casa donde Trotsky pasó sus últimos días antes de ser asesinado; el Anahuacalli, el monumental museo que Rivera imaginó para preservar el arte prehispánico y fundirlo con la modernidad.

También está allí el Centro Cultural Elena Garro, símbolo tardío de la reivindicación de una autora durante años eclipsada por Octavio Paz.

Entrar en esas síntesis históricas abre el apetito. Mientras hablábamos sobre las purgas estalinistas, devoramos tacos en el mercado central.

Coyoacán no solo refrescó los acontecimientos del siglo corto. También dejó la mejor tostada de aguachile con habanero y chiltepín.

miércoles, 20 de mayo de 2026

Aperitivo mundialista

 

Lo bueno de los mundiales es que son un plato fuerte que viene con entrada.

Salvo Qatar 2022, los últimos Mundiales se han disputado a mitad de año, cuando las principales ligas europeas ya coronaron a sus campeones. El cierre reciente de la Premier League, con el Arsenal campeón después de veintidós años de sequía, podría anticipar un Mundial inusitado. O quizá una nueva forma de entender el juego: como señaló Luis Enrique, el Arsenal ganó no por ser el mejor equipo con el balón, sino por ser el mejor sin él.

Todavía queda otro aperitivo importante: saber si el PSG del entrenador gijonés conseguirá el bicampeonato de la Champions League. Si así fuera, se confirmaría que la orejona también puede ganarse consecutivamente con más fútbol que fortuna sabor a merengue.

Pero, si hablamos de antesalas para la Copa del Mundo, yo elegiría Los héroes numerados, el nuevo libro futbolero de Juan Villoro.

Si Argentina tiene el mejor periodismo deportivo, México tiene al mejor escritor sobre el balompié.

Villoro posee una capacidad inigualable para relacionar las mutaciones del fútbol con las transformaciones de la sociedad. No encuentro mejor voz para contextualizar un Mundial auspiciado, principalmente, por un país gobernado por Donald Trump.

Para Villoro, el fútbol no es ajeno a la política, aunque sí puede convertirse en su anticuerpo. En medio de guerras y tensiones internacionales, Estados Unidos será anfitrión de las esperanzas colectivas. Canadá y México apenas maquillan la evidente repartición geopolítica de favores: si Rusia organizó el Mundial de 2018 y Qatar el de 2022, parecía inevitable que Estados Unidos recibiera la sede de 2026.

En su nuevo libro, el autor de Balón dividido repasa anécdotas del deporte de "las manos suprimidas", pero también dirige su mirada hacia aspectos contemporáneos. Gran admirador de los relatores de fútbol, Villoro analiza las consecuencias del VAR para esos magos de la palabra. Sumados a la euforia de las tribunas, los grandes relatos eran combustible para una emoción desbordada. Sin embargo, observa que hoy un gol anulado por el VAR se parece a un coitus interruptus.

Entre los temas más novedosos del libro, Villoro dedica un capítulo al fútbol femenil, “el que marca la diferencia”. Como bien señala, no es casualidad que en los partidos de mujeres la celebración sea, por lo general, colectiva, sin estrellas ensayando poses individuales ni gestos grandilocuentes o ridículos. La sororidad se traslada al festejo; lo varonil suele demostrarse en solitario.

El fútbol femenil ha despuntado hasta convertirse, en algunos casos, en un espectáculo más atractivo que el masculino. En mi caso, incluso, también ofrece mayores alegrías: el FC Barcelona femenino es una potencia europea, mientras el masculino todavía intenta reencontrarse bajo las órdenes de Flick y su estrella absoluta Lamine Yamal.

La publicación del libro llega en el momento preciso. Estamos próximos a ver nuevamente a nuestros héroes numerados vistiendo la camiseta de sus selecciones. Veremos quién, o quiénes, alcanzarán la inmortalidad.

 

jueves, 11 de diciembre de 2025

Glosas X

 

Termina el año. Miro atrás y, en general, fue un año prolífico. Escribí más y con mayor orden. Me había impuesto una cuota mínima —un texto por semana—, pero no fue posible, no lo será. Casi siempre, después de octubre, los meses se esfuman. Lo extraño es que en el último trimestre no ocurre nada excepcional, salvo algún viaje o un evento aislado. Voy en automático.

 

Varios libros se me escaparon sin poder escribir sobre ellos. Conservo algunas notas dispersas, pero dudo que se conviertan en un texto definitivo. Pienso en Fabricación, de Ricardo Raphael, que me mostró las potentes ficciones que puede crear el poder. Pienso en El niño resentido, de César González, autobiográfico y conmovedor, que eleva el arte surgido desde los márgenes —las villas miserias argentinas— y lo convierte en un testimonio duro de la pobreza estructural, pero también de su potencial transformador. Pienso en Los nombres de Feliza, donde Juan Gabriel Vásquez confirma su capacidad para entretejer la historia con la vida íntima de sus protagonistas. Y pienso en El accidente, de Blanca Lacasa, una novela breve sobre la intensidad de un enamoramiento circunstancial e imposible.

 

Las métricas del año tampoco rompieron récords. De hecho, revelan cierta dispersión y languidez. Hasta el 10 de diciembre anoté 84 películas y series. Para dimensionarlo: cerré 2024 con 97 títulos y 2023 con 90. Podríamos empatar; digamos que estamos cerca. El año dejó joyas indiscutibles sobre las que tampoco pude escribir. Joya #1: la segunda temporada de Severance. Joya #2: One Battle After Another. Joya #3: Weapons. Joya #4: Together. Joya #5: Bring Her Back. Joya #6: Pluribus. Joya #7: Belén.

 

En música, Spotify me recuerda que escuché veinte mil minutos menos que en 2024. Los más escuchados: Leiva, The Lumineers, Santiago Motorizado y… claro: Bad Bunny.

 

Me reconozco en la sentencia de un glotón ejemplar —Javier Cercas—: «A la hora de comer solo respeto una regla, y es la ausencia total de reglas».

 

Las políticas de la extrema derecha operan, como diría Verónica Gago, bajo «lógicas de crueldad». Y se emparentan con lo que Rita Segato denomina las consecuencias de la «dueñidad». Basta ver a Trump: sus políticas antimigrantes y sus ataques a pequeños pescadores en el Caribe. Su resonancia global, más profunda y más brutal, se percibe en el genocidio en Gaza. En Argentina, Milei ejecuta estas lógicas mediante una devaluación sistemática de los ingresos. En El Salvador, Bukele mediante un régimen de excepción que arrasó no solo con pandilleros, sino también con población inocente y, sobre todo, pobre.

 

La IA no debería sustituir la creatividad, pero sí puede ampliar la imaginación libre de un niño. Lo comprobé jugando con mi sobrino de seis años. Él inventaba jugos imposibles: metía en una licuadora imaginaria Kool-Aid, pizza, piñas, chocolate, tomate y Coca-Cola. Luego bautizaba ese mejunje delirante. La IA se encargaba de representar aquello que su mente había creado.

 

«Lo horrible devino cotidiano bajo un estruendo de aplausos», escribe Patricia Evangelista en Que alguien los mate. Ella se refiere a los grupos de exterminio impulsados por Duterte en Filipinas. También podría referirse a los cientos de inocentes torturados en las cárceles de nuestro país.

 

Un recuento del año podría resumirse así:

  1. Trabajo fijo dilapidado.
  2. Amigos exiliados por el régimen de Bukele.
  3. Retorno a EE. UU. (el “planeta americano”, como decía nuestro querido y extrañado Vicente Verdú).
  4. Viñedos en Napa Valley.
  5. Reencuentros en el exilio.
  6. Mañanas cálidas, tardes somnolientas, noches cocinando, madrugadas trabajando.
  7. Aprendí a pelar camarones en menos de un minuto.
  8. Parrilladas en la terraza.
  9. Murió la mamá de mi suegra.
  10. Navidad futura en Texas.

 

Siento un claro vínculo generacional con la novela de Paulina Flores, La próxima vez que te vea, te mato. La narradora, en sus tempranos treinta, vive bajo las angustias millennial: trabajo precario, alquileres prohibitivos, relaciones líquidas. Además, se suma a esa constelación de novelas sobre la condición migrante de una latinoamericana en Europa. Lo que más me gusta —y subrayo— es el sentido del humor de la narradora.

viernes, 10 de octubre de 2025

Colando agua

Siempre me ha llamado la atención que no existan tantas historias literarias o de no ficción que sucedan en la playa. Pese a nuestra diminuta costa, recorrida de extremo a extremo en apenas seis horas, el mar nos representa mejor que cualquier otra geografía.

Quizá la razón de esa ausencia literaria sea que nuestras playas han sido vistas como lugares apacibles, de puro esparcimiento, y no como escenarios de conflicto o transformación. Nuestros valles simbolizan el modelo agroexportador que nos definió en los siglos XIX y XX; nuestras montañas, las heridas abiertas de la guerra civil. La playa, en cambio, ha sido el dominio de la gastronomía y del descanso, el refugio veraniego de las élites y, más recientemente, de los especuladores de criptomonedas.

En Tres historias sublevantes, Julio Ramón Ribeyro describió al Perú a partir de sus tres regiones naturales: costa, sierra y selva. ¿Cuáles serían, entonces, las historias de nuestra costa? ¿Qué ocurre detrás de las casas de descanso, de los muelles repletos de mariscos, de las ventas ambulantes donde se ofrecen minutas, mangos en flor y collares de curil?

Entre los mayores aciertos de Colando agua, la última obra de La Cachada Teatro, está precisamente esa mirada hacia la costa salvadoreña, sostenida por una investigación documental y participativa que recoge los testimonios de mujeres pescadoras de distintas zonas del país. Fiel a su estilo —centrado en las vidas de mujeres comunes—, la puesta en escena sigue la existencia de cuatro trabajadoras que viven de la pesca. Ellas hacen lo que los hombres no quieren: preparan la mercadería, descaman, venden en los muelles. Todas, excepto una, que desafía la tradición y se embarca mar adentro para llevar sustento a su hogar.

En otras palabras, Colando agua ilumina la sede oculta de nuestras playas: el trabajo que sostiene la cadena que permite que los mariscos —ese orgullo de nuestra gastronomia— lleguen hasta nosotros.


La obra tiene un espíritu de denuncia, pero no carece de humor. Uno de sus momentos más memorables ocurre cuando las cuatro mujeres viajan en lancha rumbo al mangle, intercambiando confidencias, chistes y lamentos. También plantea una crítica severa a la contaminación marina y al modelo extractivo que, a fuerza de megaproyectos, devora nuestros ecosistemas.

Ojalá más artistas se asomen a esas costas para representar nuestro modo de vida, nuestras costumbres y contradicciones. Las necesitamos. La playa no es sólo un decorado de postales ni un paraíso publicitario para el turismo global: allí se libra, cada día, una batalla por sobrevivir. Allá, entre la espuma y el salitre, palpitan historias que nos definen, historias que aún no han sido contadas.

No compremos ese relato mágico de las “ciudades del surf”: frente a esas olas, la realidad no es tan fotografiable.


jueves, 9 de octubre de 2025

Nuevas mafias


Voy a hablar desde cierta ignorancia sobre las dos últimas series de mafias que he visto, pues no tengo como referencia a la más icónica de todas: Los Soprano. Me disculpo de antemano si de innovación tienen poco; también si frente a aquella —la madre de todas— no son más que caricaturas o emprendimientos menores.

El caso es que me he divertido como pocas veces siguiendo estas historias que traen al presente un género anclado en el pasado, con mafiosos que ahora delinquen entre drones, inteligencia artificial, criptoactivos y dark web. Me gustó que, aunque distintas entre sí, ambas series desafían la idea hollywoodense de las mafias como estructuras nostálgicas, aferradas a los viejos negocios: drogas, casinos, prostíbulos y extorsiones en efectivo. Algo de eso siempre hay, pero los grandes criminales de nuestro tiempo, sospecho, tal vez no hayan tocado nunca un billete.

Mobland, creada por Ronan Bennett y distribuida por Paramount+, gira en torno a Harry Da Souza (Tom Hardy), el fixer de la familia criminal Carrigan. El elenco es de lujo: Pierce Brosnan, Helen Mirren, Paddy Considine y Geoff Bell. Los dos primeros episodios están dirigidos por Guy Ritchie, y eso se nota: ritmo trepidante, ironía y violencia coreografiada. Harry es un hombre que debe salvar a los Carrigan de su propia decadencia. Intenta mediar con la familia rival Stevenson, mientras lidia con la estupidez de los suyos. Cada uno parece competir por quién toma la peor decisión. A Harry lo define la eficacia: nunca falla. Entre descuartizamientos transmitidos en streaming —mafias modernas, como dije—, siempre tiene un as bajo la manga. Es también un hombre en permanente conflicto con su casa: su esposa le reprocha la distancia, su hija quiere un padre presente. Como toda buena saga criminal, la serie oscila entre las disputas shakesperianas por el poder y la travesía del lobo solitario —a lo John Wick— que sobrevive a lo inverosímil. A veces, basta una llamada: signo de los tiempos, en los que todo depende de tener el teléfono encendido.

Creada por Taylor Sheridan —uno de los artífices del éxito reciente de varias series en Paramount+—, Tulsa King presenta a Dwight Manfredi (Sylvester Stallone, en su primer papel televisivo) saliendo de prisión tras veinticinco años. Debe reinventarse en un mundo que ya no es el suyo. Lo envían a Oklahoma, donde tiene que fundar un nuevo imperio criminal. Se asocia con personajes de toda calaña: algunos con pasado delictivo, otros apenas cómplices por azar. El “General”, como lo llaman, descubre las nuevas rutas del crimen: criptoinversiones, negocios verdes, vacíos legales en torno al consumo de drogas. Aprovecha los huecos del sistema con el instinto de un animal viejo que reconoce los atajos.

Son dos series distintas, pero hermanadas por un mismo mérito: reinventan el crimen con las herramientas del presente. No es un territorio que el cine haya explorado demasiado. Las películas bélicas siguen encumbrando las batallas campales, olvidando que hoy un dron es más letal que un francotirador. Con las mafias sucede algo parecido: tal vez haya que mirar hacia los desfalcos financieros, las especulaciones bursátiles, los patrimonios inflados por criptomonedas, las nuevas formas de fraude digital o las trampas de la inteligencia artificial. Las mafias no son las mismas porque el crimen ha mutado de piel. Ya no circula por las calles, sino por la nube.

 

miércoles, 17 de septiembre de 2025

¿Quién lee a Virginia Woolf?

 

 

Desde hace un tiempo soy un lector constante de las columnas de Tamara Tenembaum. No solo por el estilo seductor con el que escribe, sino porque posee un método peculiar: inscribir algo inmediato en un marco más amplio —vaya, eso que llamamos “lo social”— y hacer que lo distante tenga un aura de cercanía.

A mí ese modo de descifrar la realidad me recuerda a lo que George Steiner describía en su autobiografía como «decodificación». Cuando aparece un artefacto cultural —sea un texto, un cuadro, una serie de televisión— es como una piedra arrojada al agua: genera ondas concéntricas que se expanden hacia afuera. Entender el alcance de esas ondas es, según Steiner, tarea del lector o del espectador atento.

En su último libro, Un millón de cuartos propios, Tenembaum dialoga con uno de los clásicos de Virginia Woolf. Escrito hace casi un siglo, Un cuarto propio encuentra aquí nuevas resonancias. La autora argentina, al trabajar en una nueva traducción del libro, se detuvo con la paciencia necesaria para descubrir que las frases de Woolf aun reverberan en nuestros días. La relectura, entonces, se vuelve un modo de medir esas ondas concéntricas que todavía se expanden.

El ejercicio intertextual resulta maravilloso: de la prosa de Woolf emergen preocupaciones que siguen vivas —el dinero, la comida, el trabajo, la nostalgia, el resentimiento—, temas que atraviesan tanto debates políticos como académicos. El que yo encontré más estimulante fue el capítulo dedicado al resentimiento, sobre todo porque lo leí en clave nacional, donde ese caudal subjetivo sigue moldeando las intenciones de voto, las aspiraciones laborales y muchas formas de violencia hacia los otros, reflejándose en conductas xenófobas, racistas, clasistas y misóginas.

El capítulo sobre el dinero, en cambio, me pareció más distante: no porque Tamara no hable de la precarización general de la clase asalariada —que cuenta con cada vez menos estabilidad y certidumbre, ese triunfo del freelancer—, sino porque lo aborda desde la clase media argentina. Y esa mirada no siempre coincide con la fragilidad de nuestras clases medias centroamericanas, donde nuestras aspiraciones son mucho menores, por no decir exiguas, para sobrevivir cómodamente realizando un trabajo que nos guste, y donde por supuesto persisten desigualdades de género lacerantes.  

Lo que más aprecio de Tamara es que no ofrece explicaciones totalizantes. Prefiere acompañarnos con sus incertidumbres, con cierta cautela, mostrándonos lo que ella va descubriendo en su relectura, como limpiando un vidrio empañado, pero sin que termine de quedar limpio del todo.

Si en la película Hitler ha vuelto el dictador se escandaliza por el mundo al que regresa —para suerte nuestra, pues pese a las infinitas calamidades que vivimos este mundo es mejor que el que él dejó—, imagino que a Virginia Woolf le ocurriría algo parecido. Mucho se ha transformado desde que escribió Un cuarto propio, y, sin embargo, permanecen vestigios —algunos más grandes que otros—de la sociedad que a ella le tocó vivir: aun es difícil, por ejemplo, que una mujer tenga su cuarto propio para dedicarse a hacer lo que le gusta. Como punto final, celebro que Tamara nos haya traído nuevamente la idea, que también tuvo Steiner, de que un «clásico» de la literatura, de la música, de las artes o de la filosofía, es una forma que nos «lee», más de lo que nosotros la leemos o percibimos. Y eso para nosotros es una ganancia, pues se nos abre todo un mundo por delante.

lunes, 18 de agosto de 2025

Sobre la reelección

 

El pasado 31 de julio, mientras los diputados aprobaban las reformas a la Constitución, iba en un Uber rumbo a casa de un amigo. Seguía la plenaria en mi celular.

—¿Usted sabe qué están aprobando los diputados ahora mismo? —pregunté al conductor, un muchacho bastante más joven que yo.
—No.
—La reelección indefinida —le dije—. Ahora Bukele podrá reelegirse cuantas veces quiera; lo tendremos para rato. ¿Cómo lo ve? Si mañana fueran las elecciones, ¿usted votaría por él?
—Mire, sí, lo votaría… porque no hay nadie más. Pero eso de la reelección, como dicen, ya suena a dictadura. No creo que sea bueno. Yo le daría dos períodos más; después debería cederle el privilegio a uno de sus hermanos… dicen que tiene varios.

Ni la aprobación de la reelección ni su respuesta me sorprendieron. Sobre lo primero, lo único que ignorábamos era la fecha exacta. En el manual del caudillismo latinoamericano, las jugadas son viejas y previsibles. Desde el Tirano Banderas, sabemos que todos los tiranos se parecen, aunque varíen los ropajes de sus regímenes.

De la respuesta del joven, en cambio, sí podemos extraer lecciones. Resume lo que los politólogos llaman malestar con la democracia. “No hay nadie más” es un diagnóstico que escuchamos desde hace años, pero revela una concepción de la política como un mercado: elegimos al mejor de una lista, le delegamos nuestro poder y pronto descubrimos que este ya no nos pertenece, sino que queda atrapado en las redes que hicieron posible su ascenso. Como advertía Octavio Paz, la democracia no se agota en el voto; es también el ejercicio de la libertad para elegir y ser elegido en condiciones reales de igualdad, pero esta última parte nunca ocurre.

Además, ¿dejará Bukele y su círculo que surja ese “alguien más”? Como dijo Carlos Dada, Bukele no solo no quiere dejar el poder: ya no puede. Y que alguien, hoy en El Salvador —y deben de ser muchísimos—, vea posible ceder la presidencia a un hermano como quien pasa una botella de refresco, es la derrota más cruda del anhelo democrático.

—¿Y por qué lo votarías a él o a uno de sus hermanos? ¿Crees que el país está mejor que antes? —insistí.
El joven, detenido en un semáforo, se quitó la gorra y me mostró dos cicatrices.
—Viví en Apopa mucho tiempo. Los muchachos me verguearon dos veces; las dos terminé en el hospital. Como dicen, siempre se puede mejorar, pero ahora que uno puede andar en las calles tranquilo, ¡ey!, eso no se puede negar.

Ese es el ancla del bukelismo: la desarticulación de las pandillas. Como hecho social, abre un resquicio para imaginar otro país; como política pública, está llena de fragilidades y excesos. Cuando encarcelar pandilleros ya no alcance para ofrecer mejores salarios, educación o vivienda, el respaldo popular buscará otros rumbos.

Pero, como se le atribuye decir a Bernard Shaw, lo único que aprendemos de la experiencia es que no se aprende nada de la experiencia. No es solo que los proyectos dictatoriales hayan fracasado antes aquí; están fracasando hoy en otros lugares. Creer que un autócrata se irá solo cuando “el pueblo lo decida” es un espejismo. En un país sin cambios estructurales a la vista, el descontento llegará… y enfrente habrá un gobernante que, sin la silla presidencial, tendría demasiado que perder, volviéndolo más peligroso de lo que sus seguidores ahora suponen.