Él escuchó el ruido de los rodos acercándose
por la acera. Sintió el cosquilleo de los encuentros inusitados, salvo que este
no lo era. Fue, aun así, de una bestialidad inaudita. Por muchos años —pensó— él fue la columna más fuerte. Un
refugio al que se podía ir con el advenimiento de una catástrofe. Aquí —en Europa, en otro mundo— él no es más que una viga endeble.
Ella lo sostiene todo. Ella es la luz. Detrás de unos arbustos aparece la
familiar silueta. Él no ha olvidado nada. ¿Cómo podría? Hay contactos, pequeños
gestos, que aniquilan las distancias, que son indiferentes a las estaciones,
que traspasan el fuego, el agua, la tierra, el aire. «Vamos adentro
que hace frío», dice. Por muchos años imaginaron
estar en esta tierra fría y agreste. El
presente se diluye en esas tramas fraguadas desde hace tiempo como una gota de
sangre en un charco de agua. Las próximas dos semanas no tienen pretensiones de
grandeza: caminarán por las calles de cinco ciudades como dos sombras que pasan
desapercibidas. Verán los frontispicios de los castillos medievales. Cruzarán los
puentes entre la muchedumbre. Se internarán por caminos empedrados. Apreciarán
las fuentes de los jardines. La brisa que se desprende del incansable fluir del
Moldava y el Danubio les lacerará el rostro. Dormirán extenuados sintiendo que
sus cuerpos son dos despojos en medio de un campo desierto. Por infinitos que
parezcan, los caminos también fenecen. «Siempre es
conmovedor el ocaso —escribió Borges en Afterglow— / por
indigente o charro que sea, pero más conmovedor todavía / es aquel brillo
desesperado y final / que herrumbra la llanura / cuando el sol último se ha
hundido». El final llega con una anticipación monstruosa. Los caminos se
desandan. Están de nuevo donde empezó todo. El tren situado en su estación
exacta. No hay minutos de retraso. Esos no son los andenes sin carriles de El guardagujas de Arreola. Esa no es una
novela de Onetti. Ese no es el final de Brief
Encounter de David Lean, aunque parezca que la misma penumbra los envuelve.
Él, mientras la ve por la ventana desplazarse en la lejanía, piensa: esta es la
vida. Sus caminos se bifurcan inexorablemente.