Inicié el año
2022 con un propósito modesto: caminar. En otra ciudad hubiese sido una meta
irrisoria, en algunas partes de San Salvador ―como en varias ciudades
latinoamericanas― es un deporte extremo.
Camus dijo
célebremente que el mejor modo de conocer una ciudad es averiguar cómo se
trabaja en ella, cómo se ama y cómo se muere. Hay otra fórmula más prosaica:
escudriñar su basura.
Mientras se
camina en las aceras de la clasemediera colonia Lomas Verdes, la basura habla. En una orilla de la calle está tirado un trozo de queso. No es
cualquier queso: el empaque intacto dice BelGioioso Romano. Se deduce lo demás:
producto importado, precio elevado. En esta zona: sobra, basura. Unos metros
más adelante, hay ocho bragas desperdigadas por la acera. Alguien, seguro, va a
recogerlas. Se venderán, se usarán. Irán a otro sitio menos afortunado donde
ocho bragas no son residuos.
En su ensayo
Papeles falsos, la escritora mexicana Valeria Luiselli sostuvo que no es posible
extraer ninguna idea comprehensiva de la ciudad de México con solo caminarla. En
esta parte del país, a lo mejor podemos extraer una. A contrapelo de lo que un
rótulo anuncia «where innovation begins», sabemos que nada innovó con la
basura: a nuestro paso vemos desechos inequívocos de una vida opulenta.