martes, 27 de marzo de 2018

De los diarios de Molina /2


Molina abre los periódicos y observa que, en estos días, se está señalando al feminismo como el culpable de que se empezaran a censurar obras de arte por ser consideradas misóginas, machistas y/o heteropatriarcales, como es el caso de Lolita de Nabokov y el cuadro Hilas y las ninfas del pintor británico John William Waterhouse. Molina consulta a algunos artistas que han reaccionado a este fenómeno llamándolo de distintos modos. Así, encuentra que Jacinta Escudos dijo que retirar obras de arte de museos es una exageración de la correción política, por no decir que es una forma evidente de censura; Mariana Enríquez, la escritora argentina de terror, reaccionó diciendo: «Esta es la hora de las mujeres y es una hora fascinante, llena de roces y avances y discusiones. Habrá muchas sobreactuaciones. Son necesarias. Pero borrar la historia, por provocación, omisión conveniente o ruido es pura pereza política»; el no siempre afable Javier Marías, reiteró que censurar una obra por considerársele machista es también una forma de fascismo, nada distinto a las hogueras de libros. Pero quien hizo saltar las alarmas y removió el avispero fue Mario Vargas Llosa en un artículo reciente, donde dijo que el feminismo es la nueva inquisición de la literatura, como en otros tiempos lo fueron la religión y los totalitarismos.

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Molina reflexiona sobre este debate en el piso 17 de la Torre Futura, porque, de nuevo, no quiere terminar de revisar un informe que le ha dado su jefe; reflexiona sobre el debate sin ser feminista (y Molina evita entrar a la discusión de si un hombre puede o no ser feminista), y piensa que el artículo de Vargas Llosa fue muy subido de tono, algo exagerado, porque Molina piensa que el feminismo no tiene (ni nunca tuvo ni nunca tendrá) como objetivo iniciar una inquisición sobre las obras de arte, sino de hacerle ver a la humanidad que su historia, cultura y relatos han sido contados de un solo modo (sí, varonil, machista) y que es a éste modo unilateral, déspota, al que se le debe analizar con criticidad. El feminismo no prohibiría que se leyera Lolita en las escuelas, como tampoco prohibiría que se censuraran a los personajes machotes de García Márquez que poblan todo Macondo; lo que el feminismo sí rechazaría —prosigue Molina— es que no se haga notar que Humbert Humbert y el coronel Aureliano Buendía son representaciones de la sociedad de un determinado tiempo y contexto histórico. Si debemos regresar a una de las fuentes occidentales del mismo feminismo, Molina sostiene que debemos hacer la pregunta que Simone de Beauvoir se hizo cuando estudió al Marqués de Sade: «¿Debemos quemar a Sade?» Y, como sabemos —o, mejor dicho, como Beauvoir nos hizo saber—, dice Molina, por mucho que en sus libros aparezcan mujeres torturadas, violadas y penetradas por todo tipo de objetos, Beauvoir no lo quemaría, ya que encontró en su singularidad, es decir, en sus vicios, defectos y virtudes, un camino para definir el drama humano en su generalidad. Las grandes obras nos ayudan a eso, en definitiva; aunque en ellas se apedreara a una mujer hasta la muerte. 

lunes, 26 de marzo de 2018

De los diarios de Molina / 1


Molina está en el piso número 17 de Torre Futura sin ánimo de redactar un informe que le ha solicitado el jefe. Le viene a la mente la frase de Bartebly: "Preferiría no hacerlo". El ambiente laboral se vuelve más opresor a medida avanza la tarde y se acerca la hora de salida. Es entonces cuando Molina decide olvidarse de los informes tiránicos para darle la bienvenida a Glenn Gould y sus Variaciones Goldberg. Oye el concierto todos los días en Spotify, más o menos a la misma hora, absorto ante semejante belleza, preguntándose si quien está tocando las teclas del Steinway es realmente una persona y no una máquina programada. Oye la versión de 1981, que no tiene la velocidad endemoniada de la de 1955, pero que prefiere porque está dotada de experiencia y magisterio. 

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Pero las Variaciones Goldberg duran poco más de doce minutos, por lo que todavía no ha terminado la jornada laboral y Molina sigue desesperado. Piensa que no puede haber un lugar más antinatural que un escritorio para pasar ocho horas diarias; una especie de jaula. Repasa los proyectos paralelos en los que trabaja: un escrito sobre El café de los existencialistas de Sarah Bakewell, otro sobre el giro des-colonial de la teoría económica. Qué disparate, piensa. Además, investiga sobre el Concilio Vaticano II porque el fin de semana vio Novitiate (2017) de Margaret Betts, un drama sobre una adolescente que quiere ser monja en los tiempos tumultuosos de las reformas de Juan XXIII, el papa bueno. Y, entre tantas cosas que tiene en mente, no deja de pensar que debe volver al informe tiránico, aunque sea cinco minutos más, porque se acerca la hora de salida y no ha avanzado ni un ápice.