lunes, 26 de marzo de 2018

De los diarios de Molina / 1


Molina está en el piso número 17 de Torre Futura sin ánimo de redactar un informe que le ha solicitado el jefe. Le viene a la mente la frase de Bartebly: "Preferiría no hacerlo". El ambiente laboral se vuelve más opresor a medida avanza la tarde y se acerca la hora de salida. Es entonces cuando Molina decide olvidarse de los informes tiránicos para darle la bienvenida a Glenn Gould y sus Variaciones Goldberg. Oye el concierto todos los días en Spotify, más o menos a la misma hora, absorto ante semejante belleza, preguntándose si quien está tocando las teclas del Steinway es realmente una persona y no una máquina programada. Oye la versión de 1981, que no tiene la velocidad endemoniada de la de 1955, pero que prefiere porque está dotada de experiencia y magisterio. 

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Pero las Variaciones Goldberg duran poco más de doce minutos, por lo que todavía no ha terminado la jornada laboral y Molina sigue desesperado. Piensa que no puede haber un lugar más antinatural que un escritorio para pasar ocho horas diarias; una especie de jaula. Repasa los proyectos paralelos en los que trabaja: un escrito sobre El café de los existencialistas de Sarah Bakewell, otro sobre el giro des-colonial de la teoría económica. Qué disparate, piensa. Además, investiga sobre el Concilio Vaticano II porque el fin de semana vio Novitiate (2017) de Margaret Betts, un drama sobre una adolescente que quiere ser monja en los tiempos tumultuosos de las reformas de Juan XXIII, el papa bueno. Y, entre tantas cosas que tiene en mente, no deja de pensar que debe volver al informe tiránico, aunque sea cinco minutos más, porque se acerca la hora de salida y no ha avanzado ni un ápice.

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