Molina está en
el piso número 17 de Torre Futura sin ánimo de redactar un informe que le ha
solicitado el jefe. Le viene a la mente la frase de Bartebly: "Preferiría
no hacerlo". El ambiente laboral se vuelve más opresor a medida avanza la
tarde y se acerca la hora de salida. Es entonces cuando Molina decide olvidarse
de los informes tiránicos para darle la bienvenida a Glenn Gould y sus Variaciones
Goldberg. Oye el concierto todos los días en Spotify, más o menos a la
misma hora, absorto ante semejante belleza, preguntándose si quien está
tocando las teclas del Steinway es realmente una persona y no una máquina
programada. Oye la versión de 1981, que no tiene la velocidad endemoniada de la
de 1955, pero que prefiere porque está dotada de experiencia y
magisterio.
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Pero las Variaciones
Goldberg duran poco más de doce minutos, por lo que todavía no ha terminado
la jornada laboral y Molina sigue desesperado. Piensa que no puede haber un
lugar más antinatural que un escritorio para pasar ocho horas diarias; una
especie de jaula. Repasa los proyectos paralelos en los que trabaja: un escrito
sobre El café de los existencialistas de Sarah Bakewell, otro sobre el
giro des-colonial de la teoría económica. Qué disparate, piensa. Además,
investiga sobre el Concilio Vaticano II porque el fin de semana vio Novitiate
(2017) de Margaret Betts, un drama sobre una adolescente que quiere ser monja
en los tiempos tumultuosos de las reformas de Juan XXIII, el papa bueno. Y,
entre tantas cosas que tiene en mente, no deja de pensar que debe volver al
informe tiránico, aunque sea cinco minutos más, porque se acerca la hora de
salida y no ha avanzado ni un ápice.
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