Justo hoy, en
Inglaterra, continúa el drama en torno al Brexit. Por eso ha sido
oportuno ver la película de Toby Haynes con Benedict Cumberbatch interpretando
a Dominic Cummings, la mente detrás de la campaña a favor de la salida. Debido
quizá a sus previos trabajos en Black Mirror y Sherlock, en Brexit
(2019) Haynes plasma con un aire sombrío y apocalíptico las consecuencias del
big data cuando se usa para incidir en los votantes. Hoy en día los
algoritmos son los grandes cómplices de los triunfos electorales. La razón: se
vuelven eficaces para difundir la mentira, el engaño y para jugar con las
emociones más hondas del electorado. Lo vimos directamente en la campaña a
favor del Brexit, con Boris Johnson difundiendo mentiras por doquier;
las mismas que días antes de que se realizara el referéndum empezó a desmentir
con un cinismo y un descaro incomparables. Se vio después con el triunfo de
Donald Trump y más recientemente con el triunfo de Jair Bolsonaro. Una fórmula
similar ha utilizado Nayib Bukele, para quien la política nunca fue un
ejercicio anclado a la verdad, al diagnóstico certero y a la concreción de lo
posible, sino una gimnasia de la brujería y de la promoción del resentimiento y el
inconformismo.
martes, 15 de enero de 2019
sábado, 5 de enero de 2019
De vuelta a Onetti
Leer a Onetti a partir de El pozo entraña una sutil alegoría: es
iniciar desde las profundidades. Con El
pozo, publicada en 1939, se inicia un nuevo ciclo en la literatura
latinoamericana. Mientras lo habitual para los escritores era publicar novelas
de la "tierra", es decir, regionales y costumbristas, Onetti inaugura
una novela introspectiva que será decisiva para las generaciones futuras. No
deja de ser curioso que su obra corrió paralela a otras dos novelas
transgresoras, La náusea de Sartre y El extranjero de Camus, novelas que, no
obstante, Onetti conoció hasta mucho después, pero con las que comparte los
mismos rasgos que cambiarían la literatura occidental del siglo XX.
Onetti escribió El
pozo durante un momento de arrebato. Lleva, en ese sentido, cierta impronta
de los grandes relatos: la instantaneidad y el impulso creativo como
catalizadores. Según cuenta él mismo, una de las primeras medidas del general
Uriburu —llegado al poder tras un golpe de Estado en la Argentina de 1930— fue
prohibir la venta de tabaco los sábados y los domingos. Por alguna razón,
Onetti olvidó comprar tabaco un viernes. Lo pasó de tan malhumor que se volcó a
escribir durante una tarde entera por el fastidio que sentía de no poder fumar.
De ese infortunio nació el primer borrador de El pozo, el cual Onetti extraviaría después entre los múltiples
viajes que realizaba de Buenos Aires a Montevideo.
El relato es la autobiografía de don Eladio Linacero, quien
está a sus cuarenta años dispuesto a escribir sobre su vida. «Es cierto que no
sé escribir, pero escribo de mí mismo», dice. Linacero es un personaje
pesimista (como se repetirán después en toda la narrativa de Onetti), con
cierta visión lúgubre sobre la vida, misántropo y ligeramente misógino. La vida
en sí misma lo asquea, y, por lo tanto, recurre a la ficción como subterfugio y
salvavidas. En sus memorias se transponen los sueños que ha tenido (sus
aventuras, como las llama) y los hechos reales de su vida, menos edulcorados y
más bien desdichados, negros como la noche («me hubiera gustado clavar la noche
en el papel como a una gran mariposa nocturna», escribe). Estos últimos son los
que retratan al verdadero don Eladio: una posible violación a una muchacha de
dieciocho años que luego se suicidaría; la envida oculta, pero tierna y
sensible, que siente por la fe del comunista Lázaro (una fe que Linacero perdió
hace mucho tiempo); y la incredulidad con la que ve cómo Cordes no se inmuta
cuando él le cuenta sus fantasías.
Esta es la tercera vez que visito a Onetti en su pozo, y
para mí no dejará de ser un misterio cómo Onetti esculpe las realidades más
invisibles pero más terriblemente humanas: la desgracia, la soledad y la
desesperanza.
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