martes, 30 de abril de 2019

Cinema pirata / ¡Dejate ese pelo!


Pelo Malo (2013), película de Mariana Rondón, explora los alcances del machismo y la homofobia en una familia de escasos recursos en la Venezuela de Hugo Chávez. Junior, un chico que está por entrar a la adolescencia, desea plancharse su pelo afro para lucir como un cantante en la fotografía de inauguración del año escolar. Su madre ve esa actitud propia de un mariquita y no de un varón. La única persona que parece comprender a Junior es su abuela —la madre del papá que se fue—, quien no solo ayuda a Junior a cumplir sus fantasías, sino que lo instruye en las artes del canto. Mientras en la Caracas que Rondón nos muestra la gente vive a la expectativa de la salud de su moribundo presidente, la tensión entre Junior y su madre crece, alimentada por la incomprensión de dos seres que solo se tienen a sí mismos en el mundo. Una amiguita le pregunta a Junior: 
—¿Y si mejor te disfrazas de militar? 
—¿Para qué? —contesta Junior. 
—Para que tu mamá te quiera. 

viernes, 12 de abril de 2019

Sobre el activismo


El activismo bien informado es probablemente la mejor arma que tiene la sociedad civil contra el poder político, económico y simbólico. En cambio, el activismo mal informado (por ejemplo, piénsese en los activistas del terraplanismo o en el movimiento antivacunas) es una fuente inagotable de fanatismo; fanatismo que a todos debería preocuparnos por las actitudes virulentas y hostiles que genera al interior de la colectividad. Sin embargo, es el primero el que contribuye a las grandes transformaciones sociales que benefician a la mayoría. El activismo es la praxis radicalizada de una teoría, una idea o la respuesta a una necesidad surgida desde la base material de la sociedad; por eso los activistas bien informados, o sea, los de verdad, son incómodos al status quo. No es obra de la casualidad que a este tipo de activistas se los mate: por eso murió Berta Cáceres y Marielle Franco y tantos más. 

lunes, 1 de abril de 2019

Notas políticas / 1


Leo la columna que escribió Ricardo Castaneda titulada "El mayor problema de las finanzas públicas". Para Ricardo, el mayor problema es que no existe participación ciudadana cuando se toman decisiones de carácter fiscal. Pero este no deja de ser un diagnóstico romántico del problema. La teoría estándar de la administración pública hace creer que, si se le deja participar a la "ciudadanía" en las decisiones de políticas económicas o sociales, esta introducirá en la agenda pública los temas que le interesan en cuanto "ciudadanía". Se olvida así que la ciudadanía, entendida como una aglomeración de individuos que gozan de las mismas libertades e igualdades formales, no existe. Lo que moldea a las sociedades en su interior, en su núcleo mismo, son las clases sociales: segmentos de población profundamente desiguales en lo material y en lo simbólico y con intereses antagónicos. Al respecto, Holloway sostiene: «El concepto de ciudadanía se basa en [sic], y refuerza, un cuadro ideológico que muestra una sociedad compuesta por una masa de individuos iguales, cuadro que niega la existencia de clases estructuradas de forma antagónica». A nuestro juicio, mientras no exista mayor participación ciudadana en los mercados básicos (en el laboral, por ejemplo), creer que la población podrá incidir en los temas más urgentes del país es un mero romanticismo. La pugna por el excedente está donde se producen las bases materiales de la sociedad, no en las decisiones sobre cómo el Estado manejará sus recursos. 

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Titular de La Jornada: "En dos meses se agotará el inventario de medicamentos antirretrovirales". Aun en México, que tiene uno de los sistemas presupuestarios más innovadores de la región, persisten problemas para la adquisición de medicamentos. Es que el presupuesto, independientemente de cómo se formule (si por Áreas de Gestión o por Programas), no resuelve las deficiencias que se originan en la gestión de este. Y menos solucionará los conflictos de poder que orbitan alrededor del dinero público.

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Percibo una tendencia entre los economistas que estudian juiciosamente las finanzas públicas, a querer desconectar el comportamiento de los ingresos y egresos del Estado de la actividad productiva. Al hacer esto, olvidan que los ingresos públicos son el resultado (y no la causa) de la producción, con lo cual terminan pensando que el buen (o mal) desempeño de los ingresos se debe a fórmulas mágicas que se ponen en práctica en las direcciones tributarias, y no a la puesta en marcha de las fuerzas productivas. 

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No debería sorprendernos que en un país en el que aún existe la monarquía, exista un abierto rechazo por la eutanasia. Asistir en la muerte a una persona que desea acabar con su vida, y más si se tiene un afecto por ella, no es un acto de cobardía ni un acto vil, sino uno de profundo amor. 

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En general, el oficio del economista puede dividirse entre aquellos que explican la realidad y los otros que la pronostican. Ambas cualidades pueden convivir en una sola persona: no son compartimentos estancos. Pero cuando se trata de hacer prognosis social, la mayoría de los economistas olvidan la explicación que subyace a un pronóstico. Esta es, hasta donde yo he podido observar, la norma. Por eso la disciplina se ha convertido en una suerte de ciencia de la profecía, o como decía Joan Robinson, en una rama de la teología.