El activismo
bien informado es probablemente la mejor arma que tiene la sociedad civil
contra el poder político, económico y simbólico. En cambio, el activismo mal
informado (por ejemplo, piénsese en los activistas del terraplanismo o en el
movimiento antivacunas) es una fuente inagotable de fanatismo; fanatismo que a
todos debería preocuparnos por las actitudes virulentas y hostiles que genera
al interior de la colectividad. Sin embargo, es el primero el que contribuye a
las grandes transformaciones sociales que benefician a la mayoría. El activismo
es la praxis radicalizada de una teoría, una idea o la respuesta a una
necesidad surgida desde la base material de la sociedad; por eso los activistas
bien informados, o sea, los de verdad, son incómodos al status quo.
No es obra de la casualidad que a este tipo de activistas se los mate: por eso
murió Berta Cáceres y Marielle Franco y tantos más.
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