jueves, 30 de mayo de 2019

Apuntes desde el reino


Terminé Un hombre: Klaus Klump, la primera novela de la saga de El reino de Gonçalo Tavares. Una voz totalmente diferente a todo lo que haya leído. Su estilo es sintético (Vila-Matas le ha llamado el Dr. Síntesis); sin embargo, sus novelas recorren temas amplios: la guerra, el amor, la locura, el dinero, la técnica, la naturaleza. Tavares practica la novela aforística. 

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Aunque no sabemos el nombre de la ciudad donde transcurren las historias de El reino, sabemos por los nombres de los protagonistas Klaus, Walser, Buchmann, Busbeck que nos situamos en una ciudad germana. La ciudad transita por varias etapas: la guerra, la paz y la paranoia. El reino puede leerse en clave histórica: es la representación condensada de Europa.

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Klaus Klump, el protagonista de la primera novela de la saga, está preso por pertenecer al movimiento bélico de resistencia que pelea en la guerra. Un día, sus padres lo visitan en la cárcel para ofrecerle un trabajo con ellos en una fábrica. Los padres de Klump tienen el dinero suficiente para sacarlo de inmediato de la prisión. Sin embargo, Klump les dice que lo pensará, que en una semana les avisará de su decisión. Cuando el papá de Klaus Klump llega nuevamente, se acerca a él y este le clava un pedazo de vidrio en el ojo. En este acto irracional del protagonista se esconde uno de los misterios de la novela de Tavares. Por lo pronto adelanto una tesis: nos recuerda que la guerra no es un suceso, sino un mundo.

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Definición exprés de la guerra: «Hay un hombre analfabeto detrás de una máquina que puede matar a cien personas de golpe».
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Joseph Walser el protagonista de La máquina de Joseph Walser— es un hombre enajenado por el poder y la estética de las máquinas. Podría ser el inverso del Charlot en Modern Times: un obrero metalúrgico incapaz de enamorarse de las personas de carne y hueso. Walser vive tan obsesionado con una máquina que él opera —y por la cual llega a perder un dedo— que no le importa que su esposa tenga un romance con su ayudante. La alegría para Walser está supeditada a una colección de piezas de metal que ha alimentado con prototipos de todas las formas y longitudes posibles. Es como si Walser pensara solo a través de las máquinas. Una encarnación bastante perfecta de aquello que dijo R.W. Emerson: «las cosas se nos han montado encima y llevan las riendas».
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Tavares hace literatura comprometida no por promover consignas políticas, sino porque a partir de su ficción entendemos mejor el mundo. Desde un punto de vista práctico, tomándole la frase a Javier Cercas, sus novelas son «utensilios de conocimiento de lo humano». Uno de los personajes secundarios de La máquina de Joseph Walser (y los personajes secundarios de Tavares son inteligentísimos y geniales) dice: «La felicidad ha sido ya reducida a un sistema que las máquinas comprenden, y en el que pueden participar e intervenir. Ninguna felicidad individual es ya independiente de la tecnología, amigo Walser». Una descripción bastante acertada de cómo los algoritmos pueden moldear a su antojo las pasiones humanas, incluyendo la felicidad y el odio.
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Podría escribirse por absurdo que parezca— una historia sobre las intervenciones mínimas (y anónimas) en grandes acontecimientos, es decir, historias de personas que, a través de un acto aparentemente inútil o inocuo, salvaron vidas o frenaron el desarrollo de un proceso importante. Algo así como —según aparece en Alabardas, la novela inconclusa de Saramago— hicieron aquellos obreros de fábrica durante la Guerra Civil española cuando decidieron construir misiles que no iban a explotar en solidaridad con los soldados de la República. ¿Cuántas vidas pudo salvar aquel gesto de resistencia? Tavares plantea una situación similar, cuando Joseph Walser le pide a una mujer que le regale una pieza metálica que perteneció a una pistola. «Esa pistola no disparará de nuevo», piensa Walser. Y se siente como un héroe al tener ese pequeño material que imposibilita una muerte.
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A diferencia de Klaus Klump o La máquina de Joseph Walser, Jerusalén es una novela que transcurre en tiempos de paz. Sin embargo, la paz en la que se vive no es menos terrible que la guerra. Las personas que en la guerra enloquecen en el campo de batalla, en la paz enloquecen dentro de un manicomio. El hospital psiquiátrico Rosemberg es la parodia de los tiempos no violentos.

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El artificio narrativo que utiliza Tavares en Jerusalén es de una genialidad absoluta. Durante la madrugada de un día de mayo, se juntan en disímiles situaciones los personajes principales de la novela: Mylia y Ernst, los locos del manicomio; Theodor Busbeck y Kaas Busbeck que es hijo, además, de Mylia y Theodor; y la pareja Hinnerk y Hanna. Orbitando alrededor de esta madrugada trágica, los capítulos nos cuentan las vidas individuales de estos personajes y las conexiones que los conducirán definitivamente a su desenlace.

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Theodor Busbeck, uno de los personajes más memorables de El reino, emprende una investigación delirante. Su empresa consiste en documentar la historia del horror en las sociedades humanas, y a partir de ahí encontrar la fórmula que sea capaz no solo de explicar el comportamiento del horror en el pasado, sino también de predecirlo. Es escalofriante pensar que el horror la explosión de una bomba atómica o un genocidio— pueda resumirse a un simple asunto de cálculo. Y en el fondo es así: una cuestión de cálculo.

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Ernesto Sábato decía que la vida se escribe en borrador y no nos es dada la posibilidad de corregir sus páginas. Pero el borrador que es la vida ya contiene pequeñas enmiendas. De alguna manera, uno se esfuerza por lograr el mejor borrador posible. Me ha despertado esta reflexión el loco de la novela de Tavares Rezar en la era de la técnica, porque sus actos son los de quien escribe su vida y la borra al mismo tiempo, nunca llega a completar ni siquiera un borrador, o si acaso su vida es un borrador incompleto y fragmentario, con páginas en blanco en medio de la totalidad. Me parece una definición conmovedora de la locura.
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El prestigioso cirujano convertido luego en un notable político Lenz Buchmann, personaje principal de Rezar en la era de la técnica, entiende la medicina como lo opuesto a la sabiduría japonesa, la cual enseña a los jóvenes médicos el siguiente refrán: «la medicina es el arte de la compasión». Entre el paciente y el médico, no debe mediar ningún tipo de sentimiento. Una tarde, una mujer le agradece a Lenz Buchmann el hecho de haber operado con éxito a su madre. Le dijo: «¡Es usted un buen hombre!». Delante de todo el personal médico, Buchmann le responde: «Perdone, pero de eso nada. Soy médico». 

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Lo que hace uno de los personajes de Tavares en una de sus novelas, medir la inteligencia de las personas por su capacidad de disminuir el peso de las cosas materiales, aplica para la literatura de Tavares: pulir el texto de todo aquello que es redundante, hacerlo ligero.

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Utilizando el mismo artificio que en la trilogía Trois Couleurs de Krzysztof Kieslowski, en esta ciudad innombrada donde transcurre El reino, Tavares provoca que algunos personajes o sucesos de las historias que leemos se entrecrucen; por ejemplo: el cirujano Lenz Buchmann es el encargado de amputarle el dedo al maquinista Joseph Walser; un loco del psiquiátrico Rosemberg aparece durante el ascenso político de Buchmann; alarmas de guerra suceden simultáneamente en el universo de Klaus Klump y Joseph Walser. Entrecruzamientos verosímiles que hacen aún más fascinante este microcosmos que llegamos a sentir tan conocido. 
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Algunos capítulos de El reino son como breves ensayos sobre lo minúsculo; algo intrascendente como un pedazo de metal se convierte en objeto de meditación. Me parece que es en estos pasajes donde encontramos ese «grain of stupidity» del que hablaba Flannery O’Connor, un puntito de estupidez que hace de las novelas materiales comunes, humanos, parte de la vida cotidiana de las personas, pero también lo que las vuelve geniales y trascendentes.





lunes, 27 de mayo de 2019

Menotti, Pep y la orquesta


Para Menotti, la labor de un técnico de fútbol es hacer que su equipo emule a una orquesta. Aunque cambien los instrumentos y las habilidades de los ejecutantes, todos deben contribuir a la misma partitura. Esta idea Menotti la adquirió por su afición al pianista argentino Osvaldo Pugliese, después de verlo ensayar durante cinco horas antes de un concierto. El menottismo no propone otra cosa sino lograr que los jugadores ejecuten automáticamente la música. En esta idea, los solistas tienen un papel preponderante: embellecen con sus sinfonías al conjunto. Me acuerdo de la anterior observación de Menotti quien ha sido el autor de hermosas metáforas sobre el fútbol después del elogio que Marcelo Bielsa hizo sobre los equipos dirigidos por Pep Guardiola. «Equipos de autor» fue la definición que utilizó El loco. Por supuesto: Guardiola es el gran director de orquesta de nuestro tiempo. Lo que diferencia a una orquesta de otra, ha sido la flota de solistas con los que ha contado. Esos genios que vienen al mundo una sola vez. 


lunes, 6 de mayo de 2019

Notas políticas / 2


Sería muy ingenuo pensar que la crisis que atraviesa Venezuela se debe solamente a las sanciones impuestas por la doctrina Bolton desde la Casa Blanca. Sin embargo, es sorprendente que un economista de centro derecha, como Jeffrey Sachs, publicara un informe donde se detalla que las sanciones de EE.UU están detrás del incremento de las tasas de mortalidad de Venezuela. El análisis de la situación venezolana está lleno de contrastes, pero existen algunos hechos incontestables que se derivan del juicio bienintencionado y competente, que solo quiere cambiar la realidad del pueblo de Venezuela. Uno de estos hechos es la innegable condena que el chavismo impuso sobre Venezuela al no utilizar la renta petrolera para fortalecer la clase media y el aparato productivo del país (y sí, por el contrario, para comprar a las fuerzas armadas y para apoyar causas extranjeras afines a su gobierno); el otro hecho, es que EE.UU siempre ha insistido en "recuperar" a Venezuela, en especial a su recurso más preciado: el petróleo. Estos dos elementos son los principales motores del descalabro social. 

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Habermas: "La moderación es una virtud solo en relación con los extremos".   

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