Terminé Un
hombre: Klaus Klump, la primera novela de la saga de El reino de Gonçalo Tavares. Una voz totalmente diferente a todo lo
que haya leído. Su estilo es sintético (Vila-Matas le ha llamado el Dr.
Síntesis); sin embargo, sus novelas recorren temas amplios: la guerra, el amor,
la locura, el dinero, la técnica, la naturaleza. Tavares practica la novela
aforística.
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Aunque no sabemos el nombre de la ciudad donde transcurren
las historias de El reino, sabemos
por los nombres de los protagonistas —Klaus, Walser, Buchmann, Busbeck— que nos situamos
en una ciudad germana. La ciudad transita por varias etapas: la guerra, la paz
y la paranoia. El reino puede leerse
en clave histórica: es la representación condensada de Europa.
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Klaus Klump, el protagonista de la primera novela de
la saga, está preso por pertenecer al movimiento bélico de resistencia que
pelea en la guerra. Un día, sus padres lo visitan en la cárcel para ofrecerle
un trabajo con ellos en una fábrica. Los padres de Klump tienen el dinero suficiente
para sacarlo de inmediato de la prisión. Sin embargo, Klump les dice que lo
pensará, que en una semana les avisará de su decisión. Cuando el papá de Klaus
Klump llega nuevamente, se acerca a él y este le clava un pedazo de vidrio en
el ojo. En este acto irracional del protagonista se esconde uno de los
misterios de la novela de Tavares. Por lo pronto adelanto una tesis: nos
recuerda que la guerra no es un suceso, sino un mundo.
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Definición exprés de la guerra: «Hay un hombre
analfabeto detrás de una máquina que puede matar a cien personas de golpe».
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Joseph Walser —el protagonista
de La máquina de Joseph Walser— es un hombre enajenado por el poder y la estética de las máquinas.
Podría ser el inverso del Charlot en Modern
Times: un obrero metalúrgico incapaz de enamorarse de las personas de carne
y hueso. Walser vive tan obsesionado con una máquina que él opera —y por la
cual llega a perder un dedo— que no le importa que su esposa tenga un romance
con su ayudante. La alegría para Walser está supeditada a una colección de
piezas de metal que ha alimentado con prototipos de todas las formas y
longitudes posibles. Es como si Walser pensara solo a través de las máquinas.
Una encarnación bastante perfecta de aquello que dijo R.W. Emerson: «las cosas
se nos han montado encima y llevan las riendas».
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Tavares hace literatura comprometida no por promover
consignas políticas, sino porque a partir de su ficción entendemos mejor el
mundo. Desde un punto de vista práctico, tomándole la frase a Javier Cercas,
sus novelas son «utensilios de conocimiento de lo humano». Uno de los
personajes secundarios de La máquina de
Joseph Walser (y los personajes secundarios de Tavares son inteligentísimos
y geniales) dice: «La felicidad ha sido ya reducida a un sistema que las
máquinas comprenden, y en el que pueden participar e intervenir. Ninguna
felicidad individual es ya independiente de la tecnología, amigo Walser». Una
descripción bastante acertada de cómo los algoritmos pueden moldear a su antojo
las pasiones humanas, incluyendo la felicidad y el odio.
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Podría escribirse —por absurdo que
parezca— una historia sobre las intervenciones
mínimas (y anónimas) en grandes acontecimientos, es decir, historias de
personas que, a través de un acto aparentemente inútil o inocuo, salvaron vidas
o frenaron el desarrollo de un proceso importante. Algo así como —según aparece
en Alabardas, la novela inconclusa de
Saramago— hicieron aquellos obreros de fábrica durante la Guerra Civil española
cuando decidieron construir misiles que no iban a explotar en solidaridad con
los soldados de la República. ¿Cuántas vidas pudo salvar aquel gesto de
resistencia? Tavares plantea una situación similar, cuando Joseph Walser le
pide a una mujer que le regale una pieza metálica que perteneció a una pistola.
«Esa pistola no disparará de nuevo», piensa Walser. Y se siente como un héroe
al tener ese pequeño material que imposibilita una muerte.
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A diferencia de Klaus Klump o La máquina de Joseph Walser, Jerusalén es una novela que transcurre
en tiempos de paz. Sin embargo, la paz en la que se vive no es menos terrible
que la guerra. Las personas que en la guerra enloquecen en el campo de batalla,
en la paz enloquecen dentro de un manicomio. El hospital psiquiátrico Rosemberg
es la parodia de los tiempos no violentos.
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El artificio narrativo que utiliza Tavares en Jerusalén es de una genialidad absoluta.
Durante la madrugada de un día de mayo, se juntan en disímiles situaciones los
personajes principales de la novela: Mylia y Ernst, los locos del manicomio;
Theodor Busbeck y Kaas Busbeck —que es hijo, además, de Mylia y Theodor—; y la pareja
Hinnerk y Hanna. Orbitando alrededor de esta madrugada trágica, los capítulos
nos cuentan las vidas individuales de estos personajes y las conexiones que los
conducirán definitivamente a su desenlace.
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Theodor Busbeck, uno de los personajes más memorables
de El reino, emprende una
investigación delirante. Su empresa consiste en documentar la historia del
horror en las sociedades humanas, y a partir de ahí encontrar la fórmula que
sea capaz no solo de explicar el comportamiento del horror en el pasado, sino
también de predecirlo. Es escalofriante pensar que el horror —la explosión de
una bomba atómica o un genocidio— pueda
resumirse a un simple asunto de cálculo. Y en el fondo es así: una cuestión de
cálculo.
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Ernesto Sábato decía que la vida se escribe en
borrador y no nos es dada la posibilidad de corregir sus páginas. Pero el
borrador que es la vida ya contiene pequeñas enmiendas. De alguna manera, uno
se esfuerza por lograr el mejor borrador posible. Me ha despertado esta
reflexión el loco de la novela de Tavares Rezar
en la era de la técnica, porque sus actos son los de quien escribe su vida
y la borra al mismo tiempo, nunca llega a completar ni siquiera un borrador, o
si acaso su vida es un borrador incompleto y fragmentario, con páginas en
blanco en medio de la totalidad. Me parece una definición conmovedora de la
locura.
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El prestigioso cirujano —convertido luego
en un notable político— Lenz Buchmann, personaje principal de Rezar en la era de la técnica, entiende
la medicina como lo opuesto a la sabiduría japonesa, la cual enseña a los
jóvenes médicos el siguiente refrán: «la medicina
es el arte de la compasión». Entre el paciente y el médico, no debe mediar
ningún tipo de sentimiento. Una tarde, una mujer le agradece a Lenz Buchmann el
hecho de haber operado con éxito a su madre. Le dijo: «¡Es usted un buen
hombre!». Delante de todo el personal médico, Buchmann le responde: «Perdone,
pero de eso nada. Soy médico».
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Lo que hace uno de los personajes de Tavares en una de sus novelas,
medir la inteligencia de las personas por su capacidad de disminuir el peso de
las cosas materiales, aplica para la literatura de Tavares: pulir el texto de
todo aquello que es redundante, hacerlo ligero.
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Utilizando el mismo artificio que en la trilogía Trois Couleurs de Krzysztof Kieslowski, en esta ciudad innombrada
donde transcurre El reino, Tavares
provoca que algunos personajes o sucesos de las historias que leemos se
entrecrucen; por ejemplo: el cirujano Lenz Buchmann es el encargado de
amputarle el dedo al maquinista Joseph Walser; un loco del psiquiátrico
Rosemberg aparece durante el ascenso político de Buchmann; alarmas de guerra
suceden simultáneamente en el universo de Klaus Klump y Joseph Walser. Entrecruzamientos
verosímiles que hacen aún más fascinante este microcosmos que llegamos a sentir
tan conocido.
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Algunos capítulos de El reino son como breves ensayos sobre lo minúsculo; algo
intrascendente como un pedazo de metal se convierte en objeto de meditación. Me
parece que es en estos pasajes donde encontramos ese «grain of stupidity» del que hablaba Flannery O’Connor, un puntito
de estupidez que hace de las novelas materiales comunes, humanos, parte de la
vida cotidiana de las personas, pero también lo que las vuelve geniales y
trascendentes.