La dramática
separación entre el trabajo intelectual y el trabajo manual que trajo consigo
el capitalismo, que tan bien supo analizar Simone Weil, es por lo que luchó
toda su vida Violeta Parra. Esta lucha, materializada en el folclor al que se
adherían sus obras, queda representada en la película de Andrés Wood Violeta
se fue a los cielos (2011). Posiblemente en ninguna otra escena esta lucha
se hace más visible como cuando Violeta lleva al Louvre sus obras pictóricas,
mezclas de pintura y bordado. Ahí es sometida al examen del intelectualismo:
preguntada sobre en qué escuela estudió, Violeta responde que en ninguna. Su
escuela es la del corazón y la de la razón al mismo tiempo. El arte de Violeta
emanaba del pueblo: casi nada se entiende sin él. Por eso su arte no fue
panfletario o político; quizá ni siquiera comprometido. Si se ha encasillado en
estos tres compartimentos solo responde al hecho de que a Violeta Parra nada
humano le resultaba ajeno. Por eso sus obras hablan de la injusticia, del amor,
de la paz: lo más humano que tenemos. Un entrevistador le pregunta:
—Ahora que
usted es una artista completa, pinta, canta, esculpe, es música...si le
dieran a elegir uno de estos artes, ¿cuál escogería?
—Yo elegiría
quedarme con la gente. Porque es la gente la que me motiva a hacer estas cosas.
Película que se ciñe a lo biográfico, con una
actuación magnífica de Francisca Gavilán, que nos hace dar gracias a la vida
por la vida de Violeta Parra.
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