domingo, 3 de mayo de 2020

Glosas - Semana III


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Pilar Bonet nos recuerda que las grandes crisis o catástrofes también reconfiguran la moda. Esta se vuelve «el crisol dinámico que recoge el espíritu del tiempo». Así, la Primera Guerra Mundial obligó a las mujeres a utilizar los pantalones que usaban sus maridos para ir a la fábrica; Coco Chanel y Jeanne Levin sustituyeron los corsés por faldas largas y crinolinas; el reloj de pulsera dejó de ser un atuendo femenino y Wilsdorf Davis, Dimier Cie y Rolex los popularizaron entre los hombres —que hasta entonces utilizaban relojes de bolsillo— y se convirtieron en instrumentos clave para coordinar a las tropas en la guerra. La Segunda Guerra Mundial provocó una carestía de seda y permitió a Elisabeth Arden lanzar una loción colorante, junto a un lápiz negro, para sustituir la sombra de los deniers. La guerra de Vietnam y el mayo del 68 popularizaron los vaqueros. La crisis financiera del 2008 fundó el athleisure: pululan por plazas, calles y aeropuertos los leggins, pants, sudaderas, gorras y zapatillas Nike. Y todo esto ocurre, por supuesto, en el Norte occidental: ahí donde la elección de qué comprar es real. Pero es la moda que importa, la que se impone. ¿Qué vendrá ahora después de la pandemia del Covid-19? ¿Barbijos estilizados? ¿Vestidos y fracs para ser apreciados a cinco metros de distancia? ¿guantes distópicos con detectores bacterianos?

2
La pandemia también ha trastocado al idioma. De un día para otro, hemos dejado de desinfectar objetos y superficies; ahora «sanitizamos» todo. Autoridades y medios de comunicación les han encontrado picos a las curvas (¿por qué no también esquinas a las esferas?, como se pregunta Alex Grijelmo). Ha surgido una especie de «coronasuerte» para algunos y las deudas se adquieren con «coronabonos». En la prepandemia, el «distanciamiento social» era ya la norma de nuestras sociedades, con millones de personas en sus cápsulas virtuales, sin tocarse ni saludarse, aunque estuvieran a la par. Ahora se impuso el distanciamiento, a secas, y nos enteramos de que desaprovechábamos la compañía real del otro, del otre. Mario Vargas Llosa comenta en un artículo reciente que la RAE actualizará el significado de la palabra «confinamiento». Confinamiento, según la RAE, significa «pena por la que se obliga al condenado a vivir temporalmente, en libertad, en un lugar distinto a su domicilio». Quienes confinaban —recuerda MVLL— eran las dictaduras para que sus opositores se callaran. Las eminencias de la RAE, tan reacias a otros cambios, ahora reaccionan con celeridad. La nueva definición acaso sea: «aislamiento temporal impuesto a una población por razones de salud o seguridad». El coronavirus lo acelera todo, hasta el lenguaje.

3

Lo que no parece cambiar, ni en estos tiempos pandémicos, es este rasgo identitario que no logramos sacudirnos: la violencia. La violencia de nuestra sociedad es caleidoscópica y nos cuesta aprehenderla. Las pandillas probablemente son el símbolo más representativo de este rasgo, pero definitivamente no el único. En la superficie, la violencia se manifiesta con agresiones a los cuerpos. Ha sido así desde siempre y la presente crisis no lo ha detenido: asesinatos, pandilleros haciendo valer su propia ley con batazos, palizas en centros de detención que han hecho defecar a sus víctimas, cuerpos policiales humillando y disparando a civiles que supuestamente habían violado la cuarentena. Los femicidios, esa otra forma de violencia sistémica y menos visible, sigue presente (si no es que se ha recrudecido) durante la cuarentena domiciliaria. Pero hay otra forma de violencia que no siempre percibimos como tal: la violencia del poder. Violentas son, también, las decisiones autoritarias y unilaterales del gobierno que dejan a millones de personas desprotegidas, sin ingresos o sin poder retornar a su país. La violencia no solo se caracteriza por dejar cadáveres a su paso, se caracteriza, también, por producir hambre y dolor.