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Pilar Bonet nos recuerda que las
grandes crisis o catástrofes también reconfiguran la moda. Esta se vuelve «el crisol dinámico que recoge el espíritu del
tiempo». Así, la Primera Guerra Mundial obligó a las mujeres a utilizar los
pantalones que usaban sus maridos para ir a la fábrica; Coco Chanel y Jeanne
Levin sustituyeron los corsés por faldas largas y crinolinas; el reloj de
pulsera dejó de ser un atuendo femenino y Wilsdorf Davis, Dimier Cie y Rolex
los popularizaron entre los hombres —que hasta entonces utilizaban relojes de
bolsillo— y se convirtieron en instrumentos clave para coordinar a las tropas
en la guerra. La Segunda Guerra Mundial provocó una carestía de seda y permitió
a Elisabeth Arden lanzar una loción colorante, junto a un lápiz negro, para
sustituir la sombra de los deniers. La
guerra de Vietnam y el mayo del 68 popularizaron los vaqueros. La crisis
financiera del 2008 fundó el athleisure: pululan por plazas, calles y
aeropuertos los leggins, pants, sudaderas, gorras y zapatillas Nike. Y todo
esto ocurre, por supuesto, en el Norte occidental: ahí donde la elección de qué
comprar es real. Pero es la moda que importa, la que se impone. ¿Qué vendrá
ahora después de la pandemia del Covid-19? ¿Barbijos estilizados? ¿Vestidos y
fracs para ser apreciados a cinco metros de distancia? ¿guantes distópicos con
detectores bacterianos?
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La pandemia también ha trastocado al
idioma. De un día para otro, hemos dejado de desinfectar objetos y superficies;
ahora «sanitizamos» todo. Autoridades y medios de
comunicación les han encontrado picos a las curvas (¿por qué no también
esquinas a las esferas?, como se pregunta Alex Grijelmo). Ha surgido una
especie de «coronasuerte» para algunos y
las deudas se adquieren con «coronabonos».
En la prepandemia, el «distanciamiento social» era ya la norma de nuestras
sociedades, con millones de personas en sus cápsulas virtuales, sin tocarse ni
saludarse, aunque estuvieran a la par. Ahora se impuso el distanciamiento, a
secas, y nos enteramos de que desaprovechábamos la compañía real del otro, del
otre. Mario Vargas Llosa comenta en un artículo reciente que la RAE actualizará
el significado de la palabra «confinamiento». Confinamiento, según la RAE,
significa «pena por la
que se obliga al condenado a vivir temporalmente, en libertad, en un lugar
distinto a su domicilio». Quienes
confinaban —recuerda MVLL— eran las dictaduras para que sus opositores se
callaran. Las eminencias de la RAE, tan reacias a otros cambios, ahora
reaccionan con celeridad. La nueva definición acaso sea: «aislamiento temporal
impuesto a una población por razones de salud o seguridad». El coronavirus lo
acelera todo, hasta el lenguaje.
3
Lo que no parece cambiar, ni en estos tiempos
pandémicos, es este rasgo identitario que no logramos sacudirnos: la violencia.
La violencia de nuestra sociedad es caleidoscópica y nos cuesta aprehenderla. Las
pandillas probablemente son el símbolo más representativo de este rasgo, pero
definitivamente no el único. En la superficie, la violencia se manifiesta con
agresiones a los cuerpos. Ha sido así desde siempre y la presente crisis no lo
ha detenido: asesinatos, pandilleros haciendo valer su propia ley con batazos,
palizas en centros de detención que han hecho defecar a sus víctimas, cuerpos
policiales humillando y disparando a civiles que supuestamente habían violado
la cuarentena. Los femicidios, esa otra forma de violencia sistémica y menos visible,
sigue presente (si no es que se ha recrudecido) durante la cuarentena
domiciliaria. Pero hay otra forma de violencia que no siempre percibimos como
tal: la violencia del poder. Violentas son, también, las decisiones
autoritarias y unilaterales del gobierno que dejan a millones de personas
desprotegidas, sin ingresos o sin poder retornar a su país. La violencia no
solo se caracteriza por dejar cadáveres a su paso, se caracteriza, también, por
producir hambre y dolor.
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