miércoles, 15 de julio de 2020

Los pasajes políticos de J.C Monedero

Notas sobre el último libro del politólogo español:
El paciente cero eras tú. Pasajes políticos en tiempos de coronavirus (Editorial Akal, 2020).
El paciente cero eras tú. Paisajes políticos en tiempos de ... 
1          La pandemia hizo que el Estado volviera a ocupar un rol central en la política pública, para disgusto de Nozick y sus partidarios. Pero el Estado no emerge sin sus paradojas constitutivas. Tiene al menos dos. La primera la ha señalado la filósofa feminista Virginia Cano, recordando una cita de Hölderlin: «Allí donde está el peligro, crece también lo que salva». Lo que salva es el Estado, los sistemas sanitarios públicos, la legislación para quedarse en casa. Pero Cano advierte que durante la pandemia «donde está lo que nos salva, crece también el peligro». El peligro es el Estado, el autoritarismo, los dispositivos de vigilancia, los disparos de los cuerpos de seguridad. Igual de paradojal es el hecho señalado por J.C Monedero en su libro (y esta es la segunda paradoja), cuando advierte lo siguiente: «El Estado es la máquina más perfecta de producir obediencia». Se trata de la visión weberiana que describe al Estado como el monopolizador de la coerción. Pero esto, sin duda, no es suficiente. Y Monedero señala: «Durante la pandemia, no nos hemos quedado confinados solo por el temor a las multas. Obedecemos, es cierto, por la capacidad del Estado para ejercer la violencia con las armas, las sanciones y la cárcel. Pero también por la responsabilidad última que tiene en lograr la inclusión social». Es que el Estado es un monopolio de la coerción, pero también una comunidad. Pensar el Estado: ese es el desafío.

2          El tiempo es una cosa rara. Recuerdo la famosa cita de San Agustín que solía repetir Borges: «¿Qué es el tiempo? Si no me lo preguntan lo sé. Si me lo preguntan, lo ignoro». Imagino que pronto saldrá un ensayo dedicado al tiempo pandémico: ese torrente espectral que para algunos se ha extendido, para otros se ha contraído, para otros ha seguido en la misma dinámica. Pensemos en toda esa fuerza laboral que no ha dormido, ya sea porque está atendiendo a los pacientes infectados del virus o procurando que los alimentos lleguen a las bocas confinadas. J.C Monedero recuerda este extraño fenómeno. Y dice: «La pandemia detuvo el tiempo. Las cosas relevantes para una buena vida siempre necesitan tiempo».

3          La pandemia nos está enseñando muchas cosas. Entre tantas, una de ellas es la política. O mejor dicho: el ejercicio de la política. O mejor dicho: el ejercicio del poder. De pronto, grupos de WhatsApp que eran alérgicos a noticias relacionadas con la política se han llenado de ellas. Porque, en cierta forma, quizá nunca la toma de decisiones de los gobernantes era una cuestión de vida o muerte. Es la necropolítica a flote. Amigos que no entendía nada de mayorías calificadas en la Asamblea Legislativa, hoy se han vuelto expertos en procedimientos legislativos. Y una de las enseñanzas más notorias es que el poder no puede ejercerse buscando unanimidades. «El Estado —dice J.C Monedero— puede poner una vela a Dios y otra al diablo. Es capaz de aplicar un Ingreso Mínimo Universal y de obligar a que los que más tienen más contribuyan. Y también es capaz de dar cobijo a una rebelión de generales, a conspiraciones de jueces o a colocar una parte de su lógica fuera de todo control democrático en eso que vamos llamando Deep State». Juan Domingo Perón no conoció el Deep State, pero esto no es más que la confirmación de su conocida frase: «En política hay que ceder el cincuenta por cien siempre que uno se quede con el cincuenta por cien más importante». La gestión de la pandemia ha desnudado brutalmente el ejercicio del poder. Desnuda a los gobernantes.

4          El movimiento zapatista sacudió varios cimientos de la política. Lo ha recordado recientemente la escritora mexicana Guadalupe Nettel en una entrevista con el también mexicano Antonio Ortuño. Corría el año 1993, próximo a firmarse el tratado de libre comercio con Estados Unidos, y el zapatismo exclamó: los pueblos originarios también existen, volteen a vernos. Era una insurrección contra décadas de marginalización priista. Pero el zapatismo también ha expresado en una frase la potencialidad de una nueva política. Contrario a la idea weberiana del Estado como el monopolio de la coerción (o que los que mandan manden mandando), el EZLN exclama: «que los que mandan manden obedeciendo». El poder, así, se entiende como un ejercicio delegado. Se manda obedeciendo, no se manda mandando. J.C Monedero lo ha recordado, pero sin este trasfondo latinoamericano. Y dice: «Depende de la ciudadanía, que quizá obedezca las órdenes sin rechistar o quizá recuerde que, en democracia, se manda obedeciendo». ¿Qué decir de nuestro país que tiene un gobierno con un amplio apoyo popular? Ha mandado mandando, ha mandado con autoritarismo. Durante la pandemia no hemos visto ninguna potencialidad para una nueva política.

5          Dice J.C Monedero: «El capitalismo en su fase financiera está herido de muerte, pero va a morir matando».

6          Izquierda y derecha. En El Salvador está en boga gracias al surgimiento de Nuevas Ideas y Nuestro Tiempo y a la decadencia de Arena y el FMLN. La bandera de la posideología está ganando, pero porque la posideología es solo la máscara de la derecha populista de este tiempo. J.C Monedero escribe: «La derecha ha ganado tantas veces a la izquierda porque sus análisis son más realistas. Y en las sociedades capitalistas hay un tercio de la población que está dispuesta a convivir e incluso liberar las cadenas de cualquier pesadilla». En Brasil esa pesadilla se llama Jair Bolsonaro, quien expresó: «Yo soy la Constitución». Ha faltado poco para que Nayib Bukele pronunciara lo mismo. Bueno, digamos, le ha faltado síntesis a sus performances y monólogos interminables durante la pandemia. A nadie le cuesta imaginarlo decir: «Yo soy la Constitución». Al igual que Monedero, el sociólogo filipino Walden Bello advierte que la derecha está mejor posicionada para sacar ventaja de esta crisis. Estamos siendo partícipes de una reapropiación de narrativas: la derecha habla de proteccionismo, de volver a hacer grandes a los países, de luchar contra las élites. La izquierda está debilitada. En Brasil, como en nuestro caso, se debilitó debido a que sus programas sociales y económicos fueron demasiado similares al neoliberalismo que decían combatir. Desde entonces, sobre todo en nuestro país, la izquierda está deslegitimada, sin voces frescas, sin ninguna agenda concreta y con los movimientos sociales desarticulados. La derecha gana, por realista, por demagógica, porque incluso ha sabido apropiarse mejor de los algoritmos que moldean las conciencias de la sociedad.

7          Una de las últimas noticias de las que ya nadie sabe si son verdaderas o falsas, o si solo circulan como meras especulaciones que terminan haciendo más daño que bien, decía que la COVID-19 podía esparcirse por el aire. La noticia la difundió la Organización Mundial de la Salud. Alarmante, desde luego, porque a falta de referencias uno revive las escenas de Outbreak, la película de Wolfgang Petersen, como esa en la que decenas de personas se contagian de un virus en una sala de cine. Si esto fuera verdad, no es menos cierto que —como dice J.C Monedero— «la estupidez se transmite también por el aire». Hay dichos de dichos y hechos de hechos. Sabemos que Donald Trump mandó a inyectarse cloro directamente en las venas. El ministro de salud de Chile, Jaime Mañalich, que terminó destituido, dijo: «¿Qué pasa si [este virus] muta y se pone buena persona?».  En nuestras latitudes, el presidente Nayib Bukele dijo que en África algunas bebidas carbonatadas llevaban hidroxicloroquina para prevenir las picaduras de zancudos. La estupidez ha sido, a veces, mucho más contagiosa que el virus. John Carlin ha hablado del «covidiotismo». Y así.

8          Dice J.C Monedero: «El poscovid-19 va a ser una gran conversación». Ojalá sea así en nuestro país, y no un monólogo interminable (o un diálogo entre el presidente y Dios) como lo fue, y lo sigue siendo, la pandemia. Y recuerda una cita de Bertrand Russell: «un optimista es un idiota simpático y un pesimista un idiota antipático».

9          J.C Monedero se equivoca en su apreciación sobre la debilidad de la izquierda. Dice: «La señal más evidente de la debilidad de la izquierda está en que sus propuestas suelen quedarse en deshacer los rotos creados o agravados por el neoliberalismo: de-crecer, des-globalizar, des-patriarcalizar, des-mercantilizar…». Se equivoca porque ninguno de estos «rotos» fue creado, aunque sí algunos de ellos se agravaron, con el neoliberalismo. Por lo demás, es impensable una izquierda que no sea anti-patriarcal y des-mercantilizadora.

10        La debilidad en la que estamos de acuerdo es la siguiente: «Otra señal de esa debilidad está en que las propuestas socialdemócratas hoy parecen bolcheviques. Un joven no entiende por qué el mes de vacaciones pagado sea un derecho humano reconocido en la Declaración Universal de 1948».

11        El filósofo Markus Gabriel recuerda a menudo que el peligro real para las sociedades no es un Trump, sino un Trump con Twitter. Y es que es una observación exacta. Terraplanistas y antivacunas seguro los hubo siempre, pero nunca los hubo con un micrófono llamado redes sociales. Para las redes la opinión de un terraplanista está al mismo nivel que la de —por decir algo— un físico teórico del CERN. Incluso puede tener más adeptos, qué duda cabe. Y en la pandemia las redes han tenido un papel tóxico, como tóxicas lo son a menudo. J.C Monedero lo explica en la siguiente frase: «La capacidad virtual de las redes convierte a todo el mundo en epidemiólogo». El covidiotismo de John Carlin al que nos referimos antes está potenciado por las redes sociales. Cualquier persona con gabacha puede emitir una opinión que será reproducida por los cientos de crédulos que dirán amén a sus palabras. Si alguien con gabacha expresa que la COVID-19 puede curarse colgándose sapos de las orejas, tendrá audiencia. Y habrá quienes le creen, porque uno no sabe quién está del otro lado escuchando.

12        ¿Cuáles son los grandes temas que se deben incorporar a los análisis económicos y de políticas públicas? — le preguntan en un programa televisivo a Carmen Aída Lazo, decana de la facultad de economía de la ESEN. Y contesta, palabras más palabras menos: «el cambio climático, el crecimiento poblacional, los cuidados y la transformación digital». Son temas urgentes y de gran importancia. Si hay que incorporarlos es porque en un determinado tipo de ciencia social (y económica, en específico) siempre estuvieron ausentes. Pero esta historia está incompleta. Desde décadas atrás distintas corrientes de pensamiento —sobre todo nacidas en Latinoamérica, como la teoría de la dependencia y algunas vertientes de  la teoría de género— rescataban la mayoría de estos elementos para explicar la dinámica social. En el mundo anglosajón, la bioeconomía de Nicholas Georgescu-Roegen es un ejemplo más que claro. La respuesta más sincera que debemos dar es que no hay que incorporar nada, sino desaprender los paradigmas con los que, hasta antes de la pandemia, analizábamos los fenómenos sociales y estudiar todo de nuevo. Immanuel Wallerstein hacía el llamado a impensar las ciencias sociales y es justamente eso lo que la pandemia nos ha mostrado con brutalidad. Algunos conocimientos datan, incluso, de mucho atrás, de quinientos años atrás. Esto es lo que señala J.C Monedero sobre la teoría de Gaia: «Los indígenas americanos hablan de la Pachamama, de la madre tierra, a la que hay que respetar. Occidente se reía de ellos y los veía exóticos. Los científicos más reputados del planeta saben ahora que tenían razón». El planeta tierra como un gran ente vivo que se autorregula y que, si quisiera, nos aniquilaría.

13        ¿Quién es, entonces, el paciente cero? Monedero respondería: el capitalismo. Porque nos abocamos a una cultura del consumismo desenfrenado, porque nuestros sistemas agroindustriales están aniquilando los hábitats naturales, porque —como dice Rob Wallace— las grandes granjas crean grandes gripes, porque mercantilizamos la salud, la educación, la cultura y la ciencia, porque nunca nos interesamos por el cuidado de los otros. El paciente cero tiene menos que ver con una persona que comió un caldo de murciélago en un mercado de Wuhan, como este orden socioeconómico que pone en el centro el beneficio a costa de la vida.

14        «El neoliberalismo mata y el coronavirus te remata».

15        El tratamiento del capitalismo de plataformas o del capitalismo de vigilancia ocupa un lugar central en este libro. Monedero reflexiona a partir del shock digital (o el screen new deal) vaticinado por Naomi Klein y la obra Surveillance Capitalism de Shoshana Zuboff. En otro sentido, Markus Gabriel ha hablado de que la pandemia acelerará el devenir de un precariado digital. Nos podría esperar un futuro en el que la tecnología, ciertamente, sea la ordenadora de nuestras vidas, conscientes o inconscientes de ello.

16        ¿Hay, entonces, esperanza? ¿Cómo puede construirse una mejor sociedad después del coronavirus? El manifiesto pos-covid-19 recogido en el libro es elocuente al respecto, porque recoge una agenda mínima para ello. Una agenda mínima que tiene mucho en común con las agendas propuestas por movimientos sociales y académicos en América Latina, como, por ejemplo, el llamado a un nuevo «pacto ecosocial y económico», basado en un modelo socio-cognitivo del cuidado, es decir, no mercadocéntrico, no estadólatra, sino biocéntrico. Un pacto que implica un ingreso básico ciudadano, una reforma progresiva, la suspensión de la deuda externa, un sistema de cuidados y la transición ecológica. Por supuesto que esto no es más que una agenda. Y como tal solo dibuja un horizonte político-práctico hacia el cual caminar. La política, al fin y al cabo, es el conflicto permanente. Y la única certeza que tenemos es la incertidumbre del futuro.

viernes, 10 de julio de 2020

Propina

Cuando era niño, mi segunda casa fue la de mis abuelos paternos y mi tercera fue el puesto que tenía mi abuela Enma en el mercado San Miguelito. Tuvo ese puesto por más de treinta años, hasta que la competencia —el mercado digital, los nuevos productos sintéticos— hizo que casi nadie fuera a buscar más recuerdos de bodas o fiestas de quince o bautizos o primeras comuniones o entierros.

—Ahora la gente solo pide dinero en sobre o se mandan babosadas por el celular— solía decir mi abuela.

Así que un día sustituyó sus recuerditos de ocasión por la venta de Coca-Cola y jugo Tampico y su puesto volvió a ser floreciente, pues, al fin y al cabo, la Coca-Cola es la única bebida cuya demanda no parece terminar. 

Pero antes de que empezara a vender lo que un profesor mío de química en el bachillerato (de quien no guardo ningún grato recuerdo, salvo este) llamaba «el agua negra del imperio» y de que, tiempo después, se jubilara y abandonara para siempre su venta, mi abuela tuvo un encargo grande para una boda. Y casualmente el día de la entrega yo estaba con ella.

—Esta gente va a armar un gran pachangón— me dijo.

Los recuerdos que hizo para esa boda de la que nadie supo nada eran sencillísimos pero numerosos: la mitad consistía en una taza que tenía estampados los nombres de los futuros esposos y la otra en unos jarrones de plástico, adornados con flores blancas y listones.

Estaban en varias cajas, habrán sido unas quince, que, sobre todo por las tazas, tenían un peso que era imposible de levantar para mi abuela, aunque no así para los clientes; por supuesto, habría sido descortés e incómodo y no propio de un buen comerciante dejar que el cliente llevara las cajas hacia el carro. En buen francés, hubiera sido una impolitesse.

Yo no necesité que mi abuela dijera lo que dijo para saber el papel que yo iba a tener en aquel asunto:

—Mi nieto les va a ayudar a llevar las cajas al carro. 

En aquel entonces ya había dejado atrás la vida atlética que alguna vez tuve y llevaba una vida sedentaria propia de un estudiante que se creía una especie de bohemio francés del siglo XIX, es decir, bastante estudioso y pretendidamente hippie, lo suficiente como para estar volcado a ciertos vicios no exactamente gratificantes para el cuerpo. De lo que menos podía jactarme, pese a que tenía 19 años, era de una buena condición física y de fortaleza. Vi las cajas y dudé. Pero me arremangué la camisa y empecé a levantar y a llevar las cajas sintiendo como si estuviera en el entrenamiento de Rocky Balboa antes de enfrentar a Iván Drago. Los resultados fueron, naturalmente, desastrosos: a la quinta caja tenía ya un sudor excesivo, mis piernas empezaban a temblar y no deseaba otra cosa más que morir ahí mismo. La señora a quien me debía en ese momento notó mi fatiga:

—Amor, ayudale al muchacho a llevar las cajas— le dijo a quién quizá era su pareja, un hombre alto, fuerte, un toro.

—No se moleste, señora, no es mucho, yo las puedo solo y ya vamos a terminar— respondí, haciéndome el hombrecito, pero deseando rabiosamente que al hombre le valiera madre mi machismo disfrazado de amabilidad y saltara como un levantador de pesas con dos o tres cajas de un solo, luciendo sus bíceps. 

Todavía no me explico de dónde saqué las fuerzas para llevar las cajas restantes. Pero, al cabo de unos minutos, la tarea estaba cumplida.

Ya estaba pensando en ir a comprarme un licuado de naranja con fresa, heladísimo, de esos que aún tienen escarcha encima, cuando escuché que la señora de los recuerdos —mi jefa— me llamó desde el carro: 

—Joven, gracias por su ayuda— y me extendió su brazo con dos dólares, uno en billete y otro en moneda.

Me paralicé. Pensé en ese momento, por las imbecilidades de la clase social y el estatus, que quién se creía esta señora, que acaso me ve un pelagatos o harapiento como para merecer una propina. Pero esto no fue más que una sensación instantánea, pues en efecto no había ninguna razón para creer que yo era un muchacho que no necesitara dos dólares en ese momento para almorzar, sobre todo después de que mi decrépita condición física había sido relucida. Quise soltar una carcajada, pero me contuve. Así que sonreí y le extendí la mano y le di las gracias. 

Esa fue mi primera propina. Esa ha sido mi única propina. Desde entonces la propina se convirtió en un asunto serio. Desde entonces le doy la razón a Josep Pla cuando afirma que en esta vida todo lo que no es catástrofe es propina.

Volví a acordarme del licuado que iba a ir a comprar y me interné en el mercado, pasando por los puestos de la gente que aún me reconocía vagamente —¿usted es el nieto de la Enma? ¡cómo se ha crecido! — y con la propina que me había ganado sin querer no compré un licuado, sino dos, el otro para mi abuela, y nos lo tomamos sentados en ese puestecito que fue mi tercera casa y al que no he visitado de nuevo. 

Mientras nos tomábamos el licuado mi abuela se rio y me dijo: 

—Esos dos se van a divorciar.


jueves, 9 de julio de 2020

Cinema Pirata - Sobre Los insólitos peces gato

Los insólitos peces gato (2013)

 

Nadie sabe cuáles serán los efectos que tendrá el COVID-19 en nuestras vidas futuras. Nadie sabe si de esta situación apocalíptica vamos a aprender algo. Sobre el tema, Javier Cercas ha recordado una frase de G. B. Shaw para estos días: «Lo único que se aprende de la experiencia, es que no se aprende nada de la experiencia». Quiero ser más optimista que Cercas y que Shaw. Quiero creer que sí hemos aprendido algo.

Quiero creer que la pandemia nos ha educado. Y como en todo proceso, algunos aprenden y otros no. El sociólogo portugués Boaventura de Sousa Santos dice que la pandemia nos ha educado con una «cruel pedagogía», porque nos ha hecho ver nuestros errores a costa de miles de muertes y cuando ya era demasiado tarde.

Quiero creer —no, corrijo, estoy convencido— que, si algo nos han demostrado estos meses insólitos, es que somos seres de cooperación y relación. Que somos seres interdependientes. Que nuestra esencia no es lo que Ricard Dawkins llamaba «el gen egoísta», sino la comunalidad. El «quédate en casa», la reapropiación de los bienes comunes que el neoliberalismo desmanteló, el altruismo, las redes solidarias, el trabajo social de miles de personas, eso nos ha salvado. Eso nos define como especie. El individualismo nos hubiera aniquilado.

Y pienso todo esto cuando termino de ver Los insólitos peces gato (2013) de Claudia Sainte-Luce, una hermosa representación de lo que significan las relaciones humanas. La película se centra en Claudia, una muchacha que vive huérfana desde los dos años en la Ciudad de México. Para sobrevivir trabaja en un almacén vendiendo cosméticos y embutidos. Cierto día siente un punzón en la panza y la hospitalizan. Ahí, en el hospital —hoy por hoy la figura del terror—, conoce a Marta, una mujer que es el sostén de una familia disfuncional y caótica, como disfuncionales y caóticas son casi todas las familias. Ambas están en camas adyacentes, pero las separa un abismo. A Claudia le extirparán el apéndice, su padecimiento será pasajero; Marta tiene sida y está al borde de la muerte. La soledad de la jovencísima y desamparada Claudia encontrará un refugio en la familia de esa mujer moribunda. La disfuncional familia de Marta encontrará en Claudia un apoyo para atravesar la situación límite del luto anticipado.

No dejo de pensar en ese lazo estrechado en las fronteras de la enfermedad y el dolor. Ese lazo que hermana en los lindes de una vida. Ese lazo que le hace decir a Marta: «Claudia…no sé en qué momento te tuve. No te vayas nunca de nosotros y gracias por aparecerte en nuestras vidas». ¿Cuántos de estos vínculos nacerán después de estos meses de confinamiento y de pérdida?

A esta hora cae una lluvia torrencial y vuelvo a pensar en los frágiles que somos. Si, de verdad, vamos a aprender que, como Marta y Claudia, la convivencia redime. O si volveremos al sálvese quien pueda, como dos pacientes en camas adyacentes que nunca se hablan.