viernes, 10 de julio de 2020

Propina

Cuando era niño, mi segunda casa fue la de mis abuelos paternos y mi tercera fue el puesto que tenía mi abuela Enma en el mercado San Miguelito. Tuvo ese puesto por más de treinta años, hasta que la competencia —el mercado digital, los nuevos productos sintéticos— hizo que casi nadie fuera a buscar más recuerdos de bodas o fiestas de quince o bautizos o primeras comuniones o entierros.

—Ahora la gente solo pide dinero en sobre o se mandan babosadas por el celular— solía decir mi abuela.

Así que un día sustituyó sus recuerditos de ocasión por la venta de Coca-Cola y jugo Tampico y su puesto volvió a ser floreciente, pues, al fin y al cabo, la Coca-Cola es la única bebida cuya demanda no parece terminar. 

Pero antes de que empezara a vender lo que un profesor mío de química en el bachillerato (de quien no guardo ningún grato recuerdo, salvo este) llamaba «el agua negra del imperio» y de que, tiempo después, se jubilara y abandonara para siempre su venta, mi abuela tuvo un encargo grande para una boda. Y casualmente el día de la entrega yo estaba con ella.

—Esta gente va a armar un gran pachangón— me dijo.

Los recuerdos que hizo para esa boda de la que nadie supo nada eran sencillísimos pero numerosos: la mitad consistía en una taza que tenía estampados los nombres de los futuros esposos y la otra en unos jarrones de plástico, adornados con flores blancas y listones.

Estaban en varias cajas, habrán sido unas quince, que, sobre todo por las tazas, tenían un peso que era imposible de levantar para mi abuela, aunque no así para los clientes; por supuesto, habría sido descortés e incómodo y no propio de un buen comerciante dejar que el cliente llevara las cajas hacia el carro. En buen francés, hubiera sido una impolitesse.

Yo no necesité que mi abuela dijera lo que dijo para saber el papel que yo iba a tener en aquel asunto:

—Mi nieto les va a ayudar a llevar las cajas al carro. 

En aquel entonces ya había dejado atrás la vida atlética que alguna vez tuve y llevaba una vida sedentaria propia de un estudiante que se creía una especie de bohemio francés del siglo XIX, es decir, bastante estudioso y pretendidamente hippie, lo suficiente como para estar volcado a ciertos vicios no exactamente gratificantes para el cuerpo. De lo que menos podía jactarme, pese a que tenía 19 años, era de una buena condición física y de fortaleza. Vi las cajas y dudé. Pero me arremangué la camisa y empecé a levantar y a llevar las cajas sintiendo como si estuviera en el entrenamiento de Rocky Balboa antes de enfrentar a Iván Drago. Los resultados fueron, naturalmente, desastrosos: a la quinta caja tenía ya un sudor excesivo, mis piernas empezaban a temblar y no deseaba otra cosa más que morir ahí mismo. La señora a quien me debía en ese momento notó mi fatiga:

—Amor, ayudale al muchacho a llevar las cajas— le dijo a quién quizá era su pareja, un hombre alto, fuerte, un toro.

—No se moleste, señora, no es mucho, yo las puedo solo y ya vamos a terminar— respondí, haciéndome el hombrecito, pero deseando rabiosamente que al hombre le valiera madre mi machismo disfrazado de amabilidad y saltara como un levantador de pesas con dos o tres cajas de un solo, luciendo sus bíceps. 

Todavía no me explico de dónde saqué las fuerzas para llevar las cajas restantes. Pero, al cabo de unos minutos, la tarea estaba cumplida.

Ya estaba pensando en ir a comprarme un licuado de naranja con fresa, heladísimo, de esos que aún tienen escarcha encima, cuando escuché que la señora de los recuerdos —mi jefa— me llamó desde el carro: 

—Joven, gracias por su ayuda— y me extendió su brazo con dos dólares, uno en billete y otro en moneda.

Me paralicé. Pensé en ese momento, por las imbecilidades de la clase social y el estatus, que quién se creía esta señora, que acaso me ve un pelagatos o harapiento como para merecer una propina. Pero esto no fue más que una sensación instantánea, pues en efecto no había ninguna razón para creer que yo era un muchacho que no necesitara dos dólares en ese momento para almorzar, sobre todo después de que mi decrépita condición física había sido relucida. Quise soltar una carcajada, pero me contuve. Así que sonreí y le extendí la mano y le di las gracias. 

Esa fue mi primera propina. Esa ha sido mi única propina. Desde entonces la propina se convirtió en un asunto serio. Desde entonces le doy la razón a Josep Pla cuando afirma que en esta vida todo lo que no es catástrofe es propina.

Volví a acordarme del licuado que iba a ir a comprar y me interné en el mercado, pasando por los puestos de la gente que aún me reconocía vagamente —¿usted es el nieto de la Enma? ¡cómo se ha crecido! — y con la propina que me había ganado sin querer no compré un licuado, sino dos, el otro para mi abuela, y nos lo tomamos sentados en ese puestecito que fue mi tercera casa y al que no he visitado de nuevo. 

Mientras nos tomábamos el licuado mi abuela se rio y me dijo: 

—Esos dos se van a divorciar.


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