Una
batalla preliminar.
Una de las caricaturas que se hicieron virales en
Internet durante la pandemia de la Covid-19 mostraba a dos púgiles tratando de
ganar por K.O. En una esquina, un púgil representaba al planeta Tierra; en la
otra, a un virus que asestaba golpes. Al margen de la batalla, se erigía otro
púgil que era manifiestamente más temible: el cambio climático. Burda —aunque útil— representación del tiempo
presente, la caricatura advierte sobre el verdadero enemigo a vencer que aguarda
impávido ante esa batalla preliminar que todavía no termina.
La pandemia de la Covid-19 transparentó lo que muchos ya
sabían y otros no querían escuchar: lo inextricablemente unidos que están esos
tres púgiles que coinciden en un mismo espacio. El de la Tierra (y los modelos
de maldesarrollo), el del virus (y las enfermedades zoonóticas) y el del cambio
climático (y la crisis ecológica).
Los
animales se toman las calles
La interdependencia de estos púgiles es
real:
En la ciudad de Jalandhar, India, un fotógrafo llamado
Anshul sube a la azotea de su casa. Desde ahí, con la ciudad libre de smog, se
visualiza a 200 kilómetros de distancia la imponente cordillera de El Himalaya.
Anshul fotografiará el surgimiento inesperado de un nuevo paisaje. El
confinamiento, que provocó el freno
súbito de automóviles, fábricas y turistas, hizo posible que por primera vez en
treinta años los pobladores de Jalandhar observaran las nieves indisolubles de
esa cordillera que siempre estuvo ahí.
La escena anterior es parte del documental The Day Earth Changed, en el que
distintos camarógrafos y científicos capturan los cambios que provocó el gran
confinamiento en la naturaleza. Y no es la única. En San Francisco, donde el
ruido del tránsito disminuyó en 70%, micrófonos vuelven a capturar el canto de
los gorriones corona blanca que se aglutinan bajo la sombra del puente Golden
Gate. Con cerca de 114 millones de turistas menos en las playas de todo el
mundo, las tortugas marinas salen a las costas y prolifera su linaje casi
extinto. En Laikipia, Kenia, ningún rinoceronte fue asesinado por los forajidos
que buscan sus cuernos (algo que no sucedía desde 1999). En Santiago, Chile, un
puma trepa la pared de una casa. En la costa bonaerense, los capibara
reconquistan el terreno que los ricos porteños les arrebataron décadas atrás
para construir sus casas de descanso.
Durante algunos meses, «la Tierra volvió a respirar» dice
con su voz ronca el naturalista y narrador del documental, David Attenborough,
porque la Tierra estaba asfixiándose.
Un
suazilandés explica
Jason Hickel, economista y antropólogo suazilandés,
explica en su último libro Less is more
la asfixia y degradación a la que es sometida la Tierra por la lógica
totalitaria de la ganancia y de los modelos de maldesarrollo. De los seres más
diminutos a las profundidades de los océanos, la vida en la Tierra sucumbe a la
era del capitaloceno. Siendo millares, más del 10% de todas las especies
conocidas de insectos está en peligro de extinguirse. Más del 40% de todos los
suelos han sido erosionados por la actividad agrícola. Producto de la pesca
industrial, las especies marinas desaparecen el doble de rápido que las
especies terrestres. Al ritmo en que aumenta la temperatura planetaria, Nueva
York y Ámsterdam estarán completamente inundadas a final del siglo. Los bosques
fenecen por las sequías y su vulnerabilidad a los grandes incendios. Las
tormentas extremas son cada vez más recurrentes: su frecuencia se ha duplicado
desde 1980.
Si queremos ser más apocalípticos, concluyamos de que esta
es la primera vez en la que asistimos a una era de extinción en masa provocada
por la actividad humana. Una extinción cada vez más cercana y real. Pero, a
veces, la evidencia científica no es útil. La ONU lo ha sabido siempre, al
igual que Fritjof Capra. Largos e ilegibles
informes, ninguno fue tan poderoso como ver a un hipopótamo deambular en una
gasolinera para demostrar los eslabones
que nos unen a todos los seres vivos y la actividad económica que nos destruye.
Encerrados para evitar el contagio de un virus, un día decidimos frenar todo y,
como se dice en el documental, la tierra cambió y volvió a respirar.
Nuestro
destino común
Entre virus que nos acechan, estadísticas de terror y animales
que se toman las ciudades, nadie sabe cuáles serán los próximos pasos para
forjar nuestro destino común. Los llamados a ser líderes mundiales discuten
sobre el cambio climático en largos mítines que se han convertido en los
cementerios más grandes de las buenas intenciones. Los ecologistas se arman de
narrativas que a costa de ser ciertas, también se vuelven impracticables. Las
enfermedades zoonóticas aún siguen tratándose como anomalías sanitarias y no
como resultado de la destrucción sistemática de ecosistemas que obligan a las
especies a involucrarse con los humanos (ya lo dijo Robert Wallace: «grandes
granjas crean grandes gripes». Como aquel
pescador del río Magadalena, en Colombia, ¿cómo empezamos a decir todes que no
somos defensores del río, sino que todes somos
el río? Este es el gran dilema.