viernes, 23 de abril de 2021

La Tierra volvió a respirar

 


Una batalla preliminar. 

            Una de las caricaturas que se hicieron virales en Internet durante la pandemia de la Covid-19 mostraba a dos púgiles tratando de ganar por K.O. En una esquina, un púgil representaba al planeta Tierra; en la otra, a un virus que asestaba golpes. Al margen de la batalla, se erigía otro púgil que era manifiestamente más temible: el cambio climático. Burda aunque útil representación del tiempo presente, la caricatura advierte sobre el verdadero enemigo a vencer que aguarda impávido ante esa batalla preliminar que todavía no termina.

            La pandemia de la Covid-19 transparentó lo que muchos ya sabían y otros no querían escuchar: lo inextricablemente unidos que están esos tres púgiles que coinciden en un mismo espacio. El de la Tierra (y los modelos de maldesarrollo), el del virus (y las enfermedades zoonóticas) y el del cambio climático (y la crisis ecológica).

Los animales se toman las calles

            La interdependencia de estos púgiles es real:

            En la ciudad de Jalandhar, India, un fotógrafo llamado Anshul sube a la azotea de su casa. Desde ahí, con la ciudad libre de smog, se visualiza a 200 kilómetros de distancia la imponente cordillera de El Himalaya. Anshul fotografiará el surgimiento inesperado de un nuevo paisaje. El confinamiento,  que provocó el freno súbito de automóviles, fábricas y turistas, hizo posible que por primera vez en treinta años los pobladores de Jalandhar observaran las nieves indisolubles de esa cordillera que siempre estuvo ahí.

            La escena anterior es parte del documental The Day Earth Changed, en el que distintos camarógrafos y científicos capturan los cambios que provocó el gran confinamiento en la naturaleza. Y no es la única. En San Francisco, donde el ruido del tránsito disminuyó en 70%, micrófonos vuelven a capturar el canto de los gorriones corona blanca que se aglutinan bajo la sombra del puente Golden Gate. Con cerca de 114 millones de turistas menos en las playas de todo el mundo, las tortugas marinas salen a las costas y prolifera su linaje casi extinto. En Laikipia, Kenia, ningún rinoceronte fue asesinado por los forajidos que buscan sus cuernos (algo que no sucedía desde 1999). En Santiago, Chile, un puma trepa la pared de una casa. En la costa bonaerense, los capibara reconquistan el terreno que los ricos porteños les arrebataron décadas atrás para  construir sus casas de descanso.

            Durante algunos meses, «la Tierra volvió a respirar» dice con su voz ronca el naturalista y narrador del documental, David Attenborough, porque la Tierra estaba asfixiándose.

Un suazilandés explica

            Jason Hickel, economista y antropólogo suazilandés, explica en su último libro Less is more la asfixia y degradación a la que es sometida la Tierra por la lógica totalitaria de la ganancia y de los modelos de maldesarrollo. De los seres más diminutos a las profundidades de los océanos, la vida en la Tierra sucumbe a la era del capitaloceno. Siendo millares, más del 10% de todas las especies conocidas de insectos está en peligro de extinguirse. Más del 40% de todos los suelos han sido erosionados por la actividad agrícola. Producto de la pesca industrial, las especies marinas desaparecen el doble de rápido que las especies terrestres. Al ritmo en que aumenta la temperatura planetaria, Nueva York y Ámsterdam estarán completamente inundadas a final del siglo. Los bosques fenecen por las sequías y su vulnerabilidad a los grandes incendios. Las tormentas extremas son cada vez más recurrentes: su frecuencia se ha duplicado desde 1980.

            Si queremos ser más apocalípticos, concluyamos de que esta es la primera vez en la que asistimos a una era de extinción en masa provocada por la actividad humana. Una extinción cada vez más cercana y real. Pero, a veces, la evidencia científica no es útil. La ONU lo ha sabido siempre, al igual que Fritjof Capra.  Largos e ilegibles informes, ninguno fue tan poderoso como ver a un hipopótamo deambular en una gasolinera  para demostrar los eslabones que nos unen a todos los seres vivos y la actividad económica que nos destruye. Encerrados para evitar el contagio de un virus, un día decidimos frenar todo y, como se dice en el documental, la tierra cambió y volvió a respirar.

Nuestro destino común

            Entre virus que nos acechan, estadísticas de terror y animales que se toman las ciudades, nadie sabe cuáles serán los próximos pasos para forjar nuestro destino común. Los llamados a ser líderes mundiales discuten sobre el cambio climático en largos mítines que se han convertido en los cementerios más grandes de las buenas intenciones. Los ecologistas se arman de narrativas que a costa de ser ciertas, también se vuelven impracticables. Las enfermedades zoonóticas aún siguen tratándose como anomalías sanitarias y no como resultado de la destrucción sistemática de ecosistemas que obligan a las especies a involucrarse con los humanos (ya lo dijo Robert Wallace: «grandes granjas crean grandes gripes».  Como aquel pescador del río Magadalena, en Colombia, ¿cómo empezamos a decir todes que no somos defensores del río, sino que todes somos el río?  Este es el gran dilema.

           

           

 

No hay comentarios:

Publicar un comentario