martes, 15 de junio de 2021

Cápsulas / 4

A solo quince minutos de El Zonte el laboratorio nacional de las criptomonedas, en la Playa San Blas, nadie sabe qué hacer con los bitcóins. «Aquí nadie nos ha dicho cómo vamos a ocupar los bitcóins», me dice una propietaria de un local de comida, la propietaria de un changarrito. En este lugar, el pescado frito y el coctel de conchas se paga solo en efectivo. «Mi hermana sí los ocupa, pero yo no tengo idea» me dice una vendedora de minutas, mientras busca en sus bolsillos cuatro dólares que me debe y no tiene.  En la playa San Blas la euforia bitcóin no ha llegado. Aquí el problema como en muchos otros lados es que hay escasez de dólares. El changarrito ni siquiera tiene electricidad; la vendedora de minutas no tiene cambio para un billete de cinco dólares. Los vendedores ambulantes pululan por la playa. Algunos hasta se disfrazan, como un vendedor con disfraz de cipitío traje blanco, barriga enorme, sombrero puntiagudo que vende triqui-tracas a un dólar. Mi hermano de quince años no sabe qué son los triqui-tracas. Ni siquiera los ha visto, ni los imagina. Después se acerca un hombre con aspecto de escritor que es escritor. Vende libros en la playa. Se llama Alfredo Hernández Martínez, un nombre que tiene impronta de salvadoreñidad. «Soy poeta —dice, mientras enseña un libro de versos—, también escribo ensayos». No logré memorizar los nombres de los libros, pero intuí su contenido: eran ensayos de superación personal escritos por alguien que venció a la drogadicción. Ahora ese alguien es poeta y se hace llamar «el poeta silvestre». Sus libros valen cinco dólares cada uno y están publicados —según dijo— hasta en Australia. Quise preguntarle muchas cosas: por qué escribe, qué lee cuando escribe, qué siente al ver sus versos impresos en un libro, cómo ha cambiado su vida —y la de los demás— con la escritura. Pero no pude. Le hice la pregunta del momento, la única que, estúpidamente, se me ocurrió. «No —me contestó— nunca he ocupado bitcóins». El poeta silvestre siguió caminando buscando compradores. Se perdió en la playa, en medio de la muchedumbre, y todo siguió igual en la tarde de San Blas, donde la euforia del bitcóin no ha llegado aún.


viernes, 4 de junio de 2021

Cápsulas / 3

 

Los expertos podrán elaborar un tratado sobre las formas del miedo. Para mí, que soy ignorante en esta materia, hay un tipo de miedo que es el más desaforado, el más escabroso, y no proviene de relatos sobre posesiones demoníacas o de las películas de Scott Derrickson. Proviene, ni más ni menos, del cuerpo y sus vicisitudes. Y, más aun, de nuestra forma de relacionarnos con los demás. En resumen: del material humano. En su último libro, Tienes que mirar, la escritora y periodista rusa Anna Starobinets dice: «Una cosa es inventar historias de miedo y otra muy distinta es convertirse en la protagonista de un cuento de terror. Dudé mucho tiempo si merecía la pena escribir este libro. Es demasiado personal. Demasiado real. No es literatura». Leo y subrayo: «demasiado real». Aunque sea real, este miedo jamás lo voy a comprender. Este miedo es, más o menos, lo que sigue. El miedo de interrumpir un embarazo porque el bebé que engendraste tiene unos riñones enormes que le aplastarán los pulmones (el diagnóstico dice «enfermedad renal poliquística fetal»). El miedo de escuchar a un médico balbucear sin empatía ni compasión, como si estuviera despachando una receta de rutina, que ese bebé «no sobrevivirá». Lo repite tres veces: «no sobrevivirá». El miedo de pasar por distintas clínicas kafkianas cuyos médicos impasibles te tratan como un despojo, como una «rata», porque el ser que está adentro tuyo no es normal (te dicen que es un discapacitado, un monstruo). El miedo posterior que se clava como una daga en el pecho cuando decidís terminar con la vida de ese bebé que sigue adentro tuyo y lo ves chuparse el pulgar en la pantalla de la ultrasonografía. El miedo a imaginar al bebé que pudiste haber tenido esperando dos meses en una morgue a que lo abran, a que lo estudien, a que lo cosan, a que después te digan que lo enterrarán en una fosa común de un cementerio con otros niños que nacieron muertos. Y el enojo, la rabia, la desolación, la furia de no encontrar refugio ni comprensión en tu familia (porque te esquivan), ni en los psicólogos (porque te escuchan como máquinas frías) ni en vos misma, porque todas las noches tenés pesadillas angustiosas, porque mientras tomás el té en tu apartamento tu camisa se moja en los pezones («mi tristeza es esa leche blanca y tibia que nadie se va a beber»).  Ese miedo hela el cuerpo. Y ese miedo sintió Anna Staribonets y lo escribió. Lo sintió en Moscú, en Berlín. No lo sintió en ciudades desgraciadas como San Salvador donde las mujeres abortan en fosas sépticas. Donde, después de abortar —por malnutrición, por otras complicaciones obstétricas— no van donde un psicólogo, ni a alguna clínica de acompañamiento familiar, sino a la cárcel. Cuarenta años. Y me pregunto y me digo que si lo que contó Anna Starobinets es miedo, esto otro será otra cosa, pero no sé el qué. En todo caso, a ese miedo, incomprensible, inasible, hay que mirarlo. Tienes que mirar, asomarse a ese abismo.