A solo quince minutos de El Zonte —el laboratorio nacional de las criptomonedas—, en la Playa San Blas, nadie sabe qué hacer con los bitcóins. «Aquí nadie nos ha dicho cómo vamos a ocupar los bitcóins», me dice una propietaria de un local de comida, la propietaria de
un changarrito. En este lugar, el pescado frito y el coctel de conchas se paga
solo en efectivo. «Mi hermana sí los
ocupa, pero yo no tengo idea» me dice una vendedora
de minutas, mientras busca en sus bolsillos cuatro dólares que me debe y no
tiene. En la playa San Blas la euforia
bitcóin no ha llegado. Aquí el problema —como en muchos otros lados— es que hay
escasez de dólares. El changarrito ni siquiera tiene electricidad; la vendedora
de minutas no tiene cambio para un billete de cinco dólares. Los vendedores
ambulantes pululan por la playa. Algunos hasta se disfrazan, como un vendedor
con disfraz de cipitío —traje blanco,
barriga enorme, sombrero puntiagudo— que vende
triqui-tracas a un dólar. Mi hermano de quince años no sabe qué son los
triqui-tracas. Ni siquiera los ha visto, ni los imagina. Después se acerca un
hombre con aspecto de escritor que es escritor. Vende libros en la playa. Se
llama Alfredo Hernández Martínez, un nombre que tiene impronta de
salvadoreñidad. «Soy poeta —dice, mientras enseña un libro de
versos—, también escribo ensayos». No logré memorizar los nombres de los
libros, pero intuí su contenido: eran ensayos de superación personal escritos
por alguien que venció a la drogadicción. Ahora ese alguien es poeta y se hace
llamar «el poeta silvestre». Sus libros valen cinco dólares cada uno y están
publicados —según dijo— hasta en Australia. Quise preguntarle muchas cosas: por
qué escribe, qué lee cuando escribe, qué siente al ver sus versos impresos en
un libro, cómo ha cambiado su vida —y la de los demás— con la escritura. Pero
no pude. Le hice la pregunta del momento, la única que, estúpidamente, se me
ocurrió. «No —me contestó— nunca he ocupado bitcóins». El poeta silvestre
siguió caminando buscando compradores. Se perdió en la playa, en medio de la
muchedumbre, y todo siguió igual en la tarde de San Blas, donde la euforia del
bitcóin no ha llegado aún.
martes, 15 de junio de 2021
Cápsulas / 4
viernes, 4 de junio de 2021
Cápsulas / 3
Los expertos podrán elaborar un tratado sobre las formas del miedo. Para
mí, que soy ignorante en esta materia, hay un tipo de miedo que es el más
desaforado, el más escabroso, y no proviene de relatos sobre posesiones
demoníacas o de las películas de Scott Derrickson. Proviene, ni más ni menos,
del cuerpo y sus vicisitudes. Y, más aun, de nuestra forma de relacionarnos con
los demás. En resumen: del material humano. En su último libro, Tienes que mirar, la escritora y
periodista rusa Anna Starobinets dice: «Una cosa es inventar historias de miedo y otra muy
distinta es convertirse en la protagonista de un cuento de terror. Dudé mucho
tiempo si merecía la pena escribir este libro. Es demasiado personal. Demasiado
real. No es literatura». Leo y subrayo: «demasiado real». Aunque sea real, este
miedo jamás lo voy a comprender. Este miedo es, más o menos, lo que sigue. El
miedo de interrumpir un embarazo porque el bebé que engendraste tiene unos
riñones enormes que le aplastarán los pulmones (el diagnóstico dice «enfermedad
renal poliquística fetal»). El miedo de escuchar a un médico balbucear sin
empatía ni compasión, como si estuviera despachando una receta de rutina, que
ese bebé «no sobrevivirá». Lo repite tres veces: «no sobrevivirá». El miedo de
pasar por distintas clínicas kafkianas cuyos médicos impasibles te tratan como
un despojo, como una «rata», porque el ser que está adentro tuyo no es normal
(te dicen que es un discapacitado, un monstruo). El miedo posterior que se
clava como una daga en el pecho cuando decidís terminar con la vida de ese bebé
que sigue adentro tuyo y lo ves chuparse el pulgar en la pantalla de la
ultrasonografía. El miedo a imaginar al bebé que pudiste haber tenido esperando
dos meses en una morgue a que lo abran, a que lo estudien, a que lo cosan, a
que después te digan que lo enterrarán en una fosa común de un cementerio con
otros niños que nacieron muertos. Y el enojo, la rabia, la desolación, la furia
de no encontrar refugio ni comprensión en tu familia (porque te esquivan), ni en
los psicólogos (porque te escuchan como máquinas frías) ni en vos misma, porque
todas las noches tenés pesadillas angustiosas, porque mientras tomás el té en
tu apartamento tu camisa se moja en los pezones («mi tristeza es esa leche
blanca y tibia que nadie se va a beber»).
Ese miedo hela el cuerpo. Y ese miedo sintió Anna Staribonets y lo
escribió. Lo sintió en Moscú, en Berlín. No lo sintió en ciudades desgraciadas
como San Salvador donde las mujeres abortan en fosas sépticas. Donde, después
de abortar —por malnutrición, por otras complicaciones obstétricas— no van
donde un psicólogo, ni a alguna clínica de acompañamiento familiar, sino a la
cárcel. Cuarenta años. Y me pregunto y me digo que si lo que contó Anna
Starobinets es miedo, esto otro será otra cosa, pero no sé el qué. En todo
caso, a ese miedo, incomprensible, inasible, hay que mirarlo. Tienes que mirar, asomarse a ese abismo.