viernes, 4 de junio de 2021

Cápsulas / 3

 

Los expertos podrán elaborar un tratado sobre las formas del miedo. Para mí, que soy ignorante en esta materia, hay un tipo de miedo que es el más desaforado, el más escabroso, y no proviene de relatos sobre posesiones demoníacas o de las películas de Scott Derrickson. Proviene, ni más ni menos, del cuerpo y sus vicisitudes. Y, más aun, de nuestra forma de relacionarnos con los demás. En resumen: del material humano. En su último libro, Tienes que mirar, la escritora y periodista rusa Anna Starobinets dice: «Una cosa es inventar historias de miedo y otra muy distinta es convertirse en la protagonista de un cuento de terror. Dudé mucho tiempo si merecía la pena escribir este libro. Es demasiado personal. Demasiado real. No es literatura». Leo y subrayo: «demasiado real». Aunque sea real, este miedo jamás lo voy a comprender. Este miedo es, más o menos, lo que sigue. El miedo de interrumpir un embarazo porque el bebé que engendraste tiene unos riñones enormes que le aplastarán los pulmones (el diagnóstico dice «enfermedad renal poliquística fetal»). El miedo de escuchar a un médico balbucear sin empatía ni compasión, como si estuviera despachando una receta de rutina, que ese bebé «no sobrevivirá». Lo repite tres veces: «no sobrevivirá». El miedo de pasar por distintas clínicas kafkianas cuyos médicos impasibles te tratan como un despojo, como una «rata», porque el ser que está adentro tuyo no es normal (te dicen que es un discapacitado, un monstruo). El miedo posterior que se clava como una daga en el pecho cuando decidís terminar con la vida de ese bebé que sigue adentro tuyo y lo ves chuparse el pulgar en la pantalla de la ultrasonografía. El miedo a imaginar al bebé que pudiste haber tenido esperando dos meses en una morgue a que lo abran, a que lo estudien, a que lo cosan, a que después te digan que lo enterrarán en una fosa común de un cementerio con otros niños que nacieron muertos. Y el enojo, la rabia, la desolación, la furia de no encontrar refugio ni comprensión en tu familia (porque te esquivan), ni en los psicólogos (porque te escuchan como máquinas frías) ni en vos misma, porque todas las noches tenés pesadillas angustiosas, porque mientras tomás el té en tu apartamento tu camisa se moja en los pezones («mi tristeza es esa leche blanca y tibia que nadie se va a beber»).  Ese miedo hela el cuerpo. Y ese miedo sintió Anna Staribonets y lo escribió. Lo sintió en Moscú, en Berlín. No lo sintió en ciudades desgraciadas como San Salvador donde las mujeres abortan en fosas sépticas. Donde, después de abortar —por malnutrición, por otras complicaciones obstétricas— no van donde un psicólogo, ni a alguna clínica de acompañamiento familiar, sino a la cárcel. Cuarenta años. Y me pregunto y me digo que si lo que contó Anna Starobinets es miedo, esto otro será otra cosa, pero no sé el qué. En todo caso, a ese miedo, incomprensible, inasible, hay que mirarlo. Tienes que mirar, asomarse a ese abismo.

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