El día después de un fin de semana festejando en la
playa se resume así: garganta lastimada por el tabaco y el alcohol, piel
tatemada, piernas adoloridas y el cuerpo cubierto de picaduras de mosquito. El
regreso debe tener ese dolor incómodamente placentero.
♦
Jorge
Carrión ha tuiteado que si en el siglo XX Mario Vargas Llosa entró a la
historia universal de la literatura, en el siglo XXI entró a la historia
universal de la infamia. El tuit lo escribe a propósito de las infortunadas
declaraciones que últimamente ha dicho el autor de La guerra del fin del
mundo. En otras palabras: Mario Vargas Llosa se convirtió en un meme. Ahora
tiene una doble faceta: una, disfrutarlo por su perdurable obra; la otra,
olvidarlo por sus efímeras posturas políticas.
♦
Gestos. La nueva izquierda se mueve por los
gestos. Ocurrió en Chile, con Gabriel Boric saludando desde el asiento trasero
del mítico Ford Galaxie 500XL, el mismo que transportó a Fidel Castro, Gandhi,
Pablo Neruda y, por supuesto, el carro que fue de Salvador Allende. Ocurrió en
Colombia, con Francia Márquez saludando a las trabajadoras domésticas de la
vicepresidencia, las mismas que fueron ignoradas por la vicepresidenta
saliente, Marta Lucía Ramírez. Está bien, pero lo que pedimos es esto: que los
gestos no sean solo pose.
♦
Consejo
a los funcionarios: lo que separa la celebración pomposa de una política
pública de la demagogia es una sola línea muy delgada.
♦
Leo Algún
día te mostraré el desierto, el diario que llevó Renato Cisneros sobre su paternidad.
En él recuerda la historia de Carlos Fuguet, el tío del escritor chileno
Alberto Fuguet, quien sufría crisis existenciales por ver su nombre en una
lápida cuando iba al cementerio, ya que se llamaba igual que un pariente muerto.
Aquí yace Carlos Fuguet. Esa anécdota provocó que Renato no quisiera ponerle a
su hija el nombre de ningún familiar ya fallecido. Quería evitar un mal
presagio, como si el nombre fuera una continuación de la muerte. Creo que nunca
había reparado en esta idea del nombre como una extensión de la desdicha. Me
llamo Óscar Alejandro por un tío que murió tempranamente —a los 22 años—en un
accidente de tránsito. Aparte de ser su primo, era el mejor amigo de mi padre.
Por cosas del azar, yo heredé, en cierta forma, su personalidad. No tengo miedo
de ver su nombre, que es también el mío, en una tumba. Al fin y al cabo, no veo
qué otro destino me espere sino la muerte.