lunes, 4 de julio de 2022

La libreta verde - junio (20-30)

 

            El día después de un fin de semana festejando en la playa se resume así: garganta lastimada por el tabaco y el alcohol, piel tatemada, piernas adoloridas y el cuerpo cubierto de picaduras de mosquito. El regreso debe tener ese dolor incómodamente placentero.

           

            Jorge Carrión ha tuiteado que si en el siglo XX Mario Vargas Llosa entró a la historia universal de la literatura, en el siglo XXI entró a la historia universal de la infamia. El tuit lo escribe a propósito de las infortunadas declaraciones que últimamente ha dicho el autor de La guerra del fin del mundo. En otras palabras: Mario Vargas Llosa se convirtió en un meme. Ahora tiene una doble faceta: una, disfrutarlo por su perdurable obra; la otra, olvidarlo por sus efímeras posturas políticas.

             Gestos. La nueva izquierda se mueve por los gestos. Ocurrió en Chile, con Gabriel Boric saludando desde el asiento trasero del mítico Ford Galaxie 500XL, el mismo que transportó a Fidel Castro, Gandhi, Pablo Neruda y, por supuesto, el carro que fue de Salvador Allende. Ocurrió en Colombia, con Francia Márquez saludando a las trabajadoras domésticas de la vicepresidencia, las mismas que fueron ignoradas por la vicepresidenta saliente, Marta Lucía Ramírez. Está bien, pero lo que pedimos es esto: que los gestos no sean solo pose.

            Consejo a los funcionarios: lo que separa la celebración pomposa de una política pública de la demagogia es una sola línea muy delgada.

            Leo Algún día te mostraré el desierto, el diario que llevó Renato Cisneros sobre su paternidad. En él recuerda la historia de Carlos Fuguet, el tío del escritor chileno Alberto Fuguet, quien sufría crisis existenciales por ver su nombre en una lápida cuando iba al cementerio, ya que se llamaba igual que un pariente muerto. Aquí yace Carlos Fuguet. Esa anécdota provocó que Renato no quisiera ponerle a su hija el nombre de ningún familiar ya fallecido. Quería evitar un mal presagio, como si el nombre fuera una continuación de la muerte. Creo que nunca había reparado en esta idea del nombre como una extensión de la desdicha. Me llamo Óscar Alejandro por un tío que murió tempranamente —a los 22 años—en un accidente de tránsito. Aparte de ser su primo, era el mejor amigo de mi padre. Por cosas del azar, yo heredé, en cierta forma, su personalidad. No tengo miedo de ver su nombre, que es también el mío, en una tumba. Al fin y al cabo, no veo qué otro destino me espere sino la muerte.

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