martes, 15 de noviembre de 2022

Ofertório o el nido musical

 


Hay familias hechas de puro talento. Nacido con el apellido de Coppola, el joven Nicolas se cambió el apellido a Cage para que sus triunfos fueran individuales y no atribuidos a su estirpe. Su apellido era un sello de calidad automático. Los tres hermanos Kiszka se juntaron en un sótano para tocar “Dazed and confused”, pero reinventaron el hard rock en el siglo XXI bajo el nombre de Greta Van Fleet.

Caetano Veloso pertenece a estos insólitos linajes. Nacido en una familia con vocación musical, su fortuna estuvo atada a la de su ciudad, Bahía, donde surgió la samba. Niños prodigio, Caetano con su hermana menor, Maria Bethânia, jugaban a reproducir de a oídas las canciones que escuchaban en la radio. El talento de Veloso le permitió darse el lujo de querer abandonar la música y dedicarse a la pintura o al cine. «Si abandonás la música, entonces yo también», le dijo su amigo Gilberto Gil, de quien Veloso emuló la postura para tocar guitarra.

La familia bahiana de Veloso creció en constelaciones. Junto a su hermana, Gilberto Gil, Gal Costa y Tom Zé, crearon el tropicalismo, un movimiento musical que incorporó los ritmos del rock anglófono a la cadencia hipnotizante de la bossa nova. El tropicalismo, como todo movimiento musical disruptivo que emerge en dictadura, condujo a Veloso a la cárcel y luego al exilio. Expatriado en Londres, a Veloso le costaría acostumbrarse a esa ciudad donde los taxis parecen carros fúnebres.

Al regreso de su exilio nació su primer hijo: Moreno Veloso. Sus primeros años los vivió en Bahia rodeado de los tropicalistas, su segunda familia. Bajo el permanente influjo de Gilberto Gil, Moreno escribió su primera canción a los ocho años. Después se convertiría en un físico capaz de navegar por las ciencias exactas y los compases del flamenco. Veinte años después nació Zeca, aficionado al R&B, hip-hop y funk, y cinco años después nació Tom, para quien una gambeta es tan prodigiosa como un acorde. A sus quince años, los tres vástagos de Veloso tocaban la guitarra con virtuosismo.

Los Veloso habían tocado juntos en las madrugadas de su hogar, pero nunca sobre una tarima. En el año 2018, iniciaron una gira de dos años con el nombre Ofertório, una exhibición que Jorge Drexler calificó como «una de las experiencias musicales y humanas más emocionantes que he escuchado». Tom, Zeca, Moreno y Caetano, los cuatro sentados en unas sillas, tocaron en distintos escenarios como si estuvieran practicando en la sala de su casa.

Durante el espectáculo en São Paulo —que puede verse en YouTube—, Caetano se oculta y reaparece como una sombra que custodia la enternecedora ejecución de sus tres hijos. Sus voces no se complementan, sino que parecen todas variaciones de una misma voz. La música, se entiende, emana del mismo nido.

Ofertorio es más que un homenaje al talento que se hereda por los genes. La selección de las canciones reivindica el amor fraterno y la importancia de los lazos familiares. También, como dijo Caetano en una entrevista, la «voluntad de ser feliz». Las clásicas composiciones de Caetano —“Alegria, Alegria”, “Ofertório”, “Reconvexo”, “O Leaozinho”— brillan a la par de la de sus hijos, cada una con una luz propia que en ningún momento opaca a las otras. Uno de esos momentos esplendentes llega cuando Zeca, con la voz más privilegiada de los cuatro, canta en falsete “Todo homem”, un encomio poético sobre el vínculo madre-hijo. Otro cuando Tom toca “Um so lugar” antes de levantarse de su silla para bailar el funk “Alexandrino”. Otro, cuando Moreno, el más experimentado, canta a dúo con Caetano su “Deusa do amor”. Quizá pocos recitales tienen cumbres tan altas en un lapso de hora y media.

Durante las presentaciones de Ofertório, aparecieron consignas políticas de rechazo al bolsonarismo.  Un concierto que celebra abiertamente la vida no podía ser sino la antítesis de la necropolítica. Aunque nunca fue su objetivo, los Veloso no pudieron evitar que se mostraran pancartas con el lema “dictadura nunca más”. En 2021, en su último álbum, Caetano respondería en “Ñao Vou Deixar” a la crispación política de su país: «No te dejaré / No te dejaré joder / con nuestra historia / Es mucho amor, / es mucha lucha / Es mucha alegría, / es mucho dolor / Y mucha gloria / No lo dejaré / No lo dejaré / No lo dejaré / Porque sé cantar / Y sé de algunos que saben más». Ofertorio es la ofrenda que los Veloso le dan al Brasil tumultuoso. La prueba de que, ante las adversidades, vale la pena seguir cantando y celebrando la vida. 

martes, 8 de noviembre de 2022

Reunión

 

Se enciende la pantalla. La oscuridad cuadriforme se disipa. Desde un piso 17 se observa el cielo azulado, límpido, de noviembre. Bajamos las persianas para oscurecer el salón donde pasamos tres horas discutiendo problemas irresolubles. Decimos palabras como retroalimentación, diagnóstico, catastro, coordinación, estructura. Me distraigo viendo a un albañil que pinta una pared en la azotea de un edificio. Veo los rostros macilentos de los conferencistas. Veo una taza manchada de labial bermellón. Veo cables rojos, negros y azules, como si fueran las arterias de este lugar hosco. Un hombre duerme, despreocupado, como a punto de emitir un ronquido. Que ronque, me digo, sacalo, rompé esta inercia fría con algo minúsculamente humano. No todas las oficinas son kafkianas, pero esta oficina me lo evoca. Un tipo barbudo, dibujándosele una sonrisa sardónica, opina que la unidad de género debe encargarse de los temas de «recursos humanos». Nos traen café con galletas dulces para atenuar el tedio. «¿Café, señor?». El hombre que dormía despierta y pide tres bolsitas de azúcar. Nos quitamos las mascarillas. Le veo el rostro completo por primera vez a más de uno. Los descubro diferentes a como me los imaginé. Si me los cruzaba por la calle, no los hubiera reconocido. La mascarilla nos convirtió en seres anónimos. El conferencista cartagenero, exaltado a través de la pantalla, continúa su ponencia sin saber que ya nadie lo escucha. Los funcionarios se extravían en sus celulares. Voltean a la pantalla para disimular que todavía están expectantes en la reunión. Saben —imagino que saben— que desde hace varios minutos desearían estar en otro lugar, como en una playa vacía o teniendo sexo en su habitación o jugando con su perro o yendo de camping. «Me quedan cinco minutos», dice el presidente de la empresa pública. Mientras tanto veo por la ventana que el albañil se ha ido. La pared, pintada en tono verde, se ve luminosa con el sol del mediodía. En la sala empezamos a hablar de los próximos pasos, ese estribillo ineludible que finaliza las reuniones. Cuando el presidente sale nos estrechamos la mano u ofrecemos el codo, el nuevo saludo universal. Salgo de la oficina y bajo por el ascensor, casi huyendo. Pienso en el almuerzo, si comeré remolacha o pacaya con la ensalada. Espero un Uber. En la calle el viento despeina a los transeúntes. En el cielo apenas hay nubes. Por fin podemos sentirnos en un día de verano. Un carro empieza a pitar sin razón reiteradamente en un semáforo. El conductor del Uber se voltea a mí: «ya están locos y apenas es lunes», dice. Sí, apenas es lunes.