martes, 8 de noviembre de 2022

Reunión

 

Se enciende la pantalla. La oscuridad cuadriforme se disipa. Desde un piso 17 se observa el cielo azulado, límpido, de noviembre. Bajamos las persianas para oscurecer el salón donde pasamos tres horas discutiendo problemas irresolubles. Decimos palabras como retroalimentación, diagnóstico, catastro, coordinación, estructura. Me distraigo viendo a un albañil que pinta una pared en la azotea de un edificio. Veo los rostros macilentos de los conferencistas. Veo una taza manchada de labial bermellón. Veo cables rojos, negros y azules, como si fueran las arterias de este lugar hosco. Un hombre duerme, despreocupado, como a punto de emitir un ronquido. Que ronque, me digo, sacalo, rompé esta inercia fría con algo minúsculamente humano. No todas las oficinas son kafkianas, pero esta oficina me lo evoca. Un tipo barbudo, dibujándosele una sonrisa sardónica, opina que la unidad de género debe encargarse de los temas de «recursos humanos». Nos traen café con galletas dulces para atenuar el tedio. «¿Café, señor?». El hombre que dormía despierta y pide tres bolsitas de azúcar. Nos quitamos las mascarillas. Le veo el rostro completo por primera vez a más de uno. Los descubro diferentes a como me los imaginé. Si me los cruzaba por la calle, no los hubiera reconocido. La mascarilla nos convirtió en seres anónimos. El conferencista cartagenero, exaltado a través de la pantalla, continúa su ponencia sin saber que ya nadie lo escucha. Los funcionarios se extravían en sus celulares. Voltean a la pantalla para disimular que todavía están expectantes en la reunión. Saben —imagino que saben— que desde hace varios minutos desearían estar en otro lugar, como en una playa vacía o teniendo sexo en su habitación o jugando con su perro o yendo de camping. «Me quedan cinco minutos», dice el presidente de la empresa pública. Mientras tanto veo por la ventana que el albañil se ha ido. La pared, pintada en tono verde, se ve luminosa con el sol del mediodía. En la sala empezamos a hablar de los próximos pasos, ese estribillo ineludible que finaliza las reuniones. Cuando el presidente sale nos estrechamos la mano u ofrecemos el codo, el nuevo saludo universal. Salgo de la oficina y bajo por el ascensor, casi huyendo. Pienso en el almuerzo, si comeré remolacha o pacaya con la ensalada. Espero un Uber. En la calle el viento despeina a los transeúntes. En el cielo apenas hay nubes. Por fin podemos sentirnos en un día de verano. Un carro empieza a pitar sin razón reiteradamente en un semáforo. El conductor del Uber se voltea a mí: «ya están locos y apenas es lunes», dice. Sí, apenas es lunes.

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