Se enciende la pantalla. La oscuridad cuadriforme se disipa.
Desde un piso 17 se observa el cielo azulado, límpido, de noviembre. Bajamos
las persianas para oscurecer el salón donde pasamos tres horas discutiendo
problemas irresolubles. Decimos palabras como retroalimentación, diagnóstico, catastro,
coordinación, estructura. Me distraigo viendo a un albañil que pinta una pared
en la azotea de un edificio. Veo los rostros macilentos de los conferencistas.
Veo una taza manchada de labial bermellón. Veo cables rojos, negros y azules, como
si fueran las arterias de este lugar hosco. Un hombre duerme, despreocupado,
como a punto de emitir un ronquido. Que ronque, me digo, sacalo, rompé esta
inercia fría con algo minúsculamente humano. No todas las oficinas son
kafkianas, pero esta oficina me lo evoca. Un tipo barbudo, dibujándosele una
sonrisa sardónica, opina que la unidad de género debe encargarse de los temas
de «recursos humanos». Nos traen café con galletas dulces para atenuar el
tedio. «¿Café, señor?». El hombre que dormía despierta y pide tres bolsitas de
azúcar. Nos quitamos las mascarillas. Le veo el rostro completo por primera vez
a más de uno. Los descubro diferentes a como me los imaginé. Si me los cruzaba
por la calle, no los hubiera reconocido. La mascarilla nos convirtió en seres
anónimos. El conferencista cartagenero, exaltado a través de la pantalla,
continúa su ponencia sin saber que ya nadie lo escucha. Los funcionarios se extravían
en sus celulares. Voltean a la pantalla para disimular que todavía están expectantes
en la reunión. Saben —imagino que saben— que desde hace varios minutos
desearían estar en otro lugar, como en una playa vacía o teniendo sexo en su
habitación o jugando con su perro o yendo de camping. «Me quedan cinco minutos»,
dice el presidente de la empresa pública. Mientras tanto veo por la ventana que
el albañil se ha ido. La pared, pintada en tono verde, se ve luminosa con el
sol del mediodía. En la sala empezamos a hablar de los próximos pasos, ese
estribillo ineludible que finaliza las reuniones. Cuando el presidente sale nos
estrechamos la mano u ofrecemos el codo, el nuevo saludo universal. Salgo de la
oficina y bajo por el ascensor, casi huyendo. Pienso en el almuerzo, si comeré
remolacha o pacaya con la ensalada. Espero un Uber. En la calle el viento
despeina a los transeúntes. En el cielo apenas hay nubes. Por fin podemos
sentirnos en un día de verano. Un carro empieza a pitar sin razón
reiteradamente en un semáforo. El conductor del Uber se voltea a mí: «ya están
locos y apenas es lunes», dice. Sí, apenas es lunes.
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