martes, 13 de diciembre de 2022

Nuestro Mundial

Nuestra última participación en una Copa del Mundo fue en España 1982 y desde entonces nos conformamos con pequeñas cosas. En cada Mundial, quizá somos el único país que quiere quitarse récords. Nos entusiasmamos pensando que alguna potencia futbolística le meterá más de diez goles a un equipo teóricamente inferior para quitarnos de encima el 10-1 que nos propinó Hungría. En Brasil 2014, los alemanes pudieron quitarnos del top de esa lista contra el país anfitrión, pero incluso una selección como Alemania demostró que tenía sentimientos: en el segundo tiempo frenaron la apisonadora con la que hicieron del Maracaná un templo de lamentaciones. Ahora, en Catar, volvimos a ilusionarnos con los siete goles que le metió España a Costa Rica. Solo necesitaban meter 3 más. Sin embargo, pronto nos daríamos cuenta de que el fútbol virtuoso de la “Luchoneta” se agotó en esos siete tantos y desde entonces España jugaría con el humilde objetivo de lograr un remate al arco. Mañana empiezan las semifinales y las esperanzas de quitarnos nuestro vergonzoso récord volverán en 2026, en una sede en la que podemos ser casi locales.

Los salvadoreños nos sorprendemos de que en un país donde la justicia es tan endeble tengamos buenos árbitros. El salvadoreño imparte firme justicia fuera de sus territorios. En los últimos cuatro mundiales, estuvimos representados en el cuerpo arbitral. Joel Aguilar Chicas estuvo como cuarto árbitro en Sudáfrica 2010 y fue el principal en dos partidos de Brasil 2014 y en uno de Rusia 2018. En Catar, nuestro representante fue el químico Iván Arcides Barton, que se convirtió en el primer árbitro salvadoreño en pitar unos octavos de final en el Inglaterra vs Senegal. Arcides Barton, de nombre decimonónico, les llegaba a las caderas a los ingleses, pero no le impedía repartir orden con un nada delicado shut up. El colegiado tuvo excelentes actuaciones y se jactará de haber sido testigo de la hazaña marroquí que eliminó a la Portugal de CR7.

Nuestro Mundial también sucede en uno de los atractivos de las transmisiones: el cabello de los jugadores. Desde los recortes sutiles de Beckham al peluquín extravagante de El fenómeno, sabemos que en los Mundiales también importan los peines. Los estilistas son imprescindibles para la concentración del jugador, que está pendiente no solo de la pelota, sino de cuando sale en el monitor del estadio. En Catar, el inquieto extremo portugués João Cancelo llamó al barbero migueleño César Merino para que le hiciera un retoque. Merino migró hace tres años a España para ganarse la vida como peluquero: hoy moldea las cabelleras de jugadores como el “Papu” Gómez y Radamel Falcao. El mote de “hacelotodos” que nos define hace posible estas coincidencias.

En los Mundiales, a falta de talento dentro de las canchas, tenemos que reinventarnos fuera de ellas. Nuestro Mundial ocurre en las orillas.


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