Nuestra última participación en una Copa del Mundo fue
en España 1982 y desde entonces nos conformamos con pequeñas cosas. En cada
Mundial, quizá somos el único país que quiere quitarse récords. Nos
entusiasmamos pensando que alguna potencia futbolística le meterá más de diez
goles a un equipo teóricamente inferior para quitarnos de encima el 10-1 que
nos propinó Hungría. En Brasil 2014, los alemanes pudieron quitarnos del top de
esa lista contra el país anfitrión, pero incluso una selección como Alemania
demostró que tenía sentimientos: en el segundo tiempo frenaron la apisonadora
con la que hicieron del Maracaná un templo de lamentaciones. Ahora, en Catar,
volvimos a ilusionarnos con los siete goles que le metió España a Costa Rica.
Solo necesitaban meter 3 más. Sin embargo, pronto nos daríamos cuenta de que el
fútbol virtuoso de la “Luchoneta” se agotó en esos siete tantos y desde
entonces España jugaría con el humilde objetivo de lograr un remate al arco. Mañana
empiezan las semifinales y las esperanzas de quitarnos nuestro vergonzoso
récord volverán en 2026, en una sede en la que podemos ser casi locales.
Los salvadoreños nos sorprendemos de que en un país
donde la justicia es tan endeble tengamos buenos árbitros. El salvadoreño
imparte firme justicia fuera de sus territorios. En los últimos cuatro
mundiales, estuvimos representados en el cuerpo arbitral. Joel Aguilar Chicas
estuvo como cuarto árbitro en Sudáfrica 2010 y fue el principal en dos partidos
de Brasil 2014 y en uno de Rusia 2018. En Catar, nuestro representante fue el
químico Iván Arcides Barton, que se convirtió en el primer árbitro salvadoreño
en pitar unos octavos de final en el Inglaterra vs Senegal. Arcides Barton, de
nombre decimonónico, les llegaba a las caderas a los ingleses, pero no le
impedía repartir orden con un nada delicado shut up. El colegiado tuvo excelentes actuaciones
y se jactará de haber sido testigo de la hazaña marroquí que eliminó a la
Portugal de CR7.
Nuestro Mundial también sucede en uno de los
atractivos de las transmisiones: el cabello de los jugadores. Desde los
recortes sutiles de Beckham al peluquín extravagante de El fenómeno, sabemos que
en los Mundiales también importan los peines. Los estilistas son
imprescindibles para la concentración del jugador, que está pendiente no solo
de la pelota, sino de cuando sale en el monitor del estadio. En Catar, el
inquieto extremo portugués João Cancelo llamó al barbero migueleño César
Merino para que le hiciera un retoque. Merino migró hace tres años a España
para ganarse la vida como peluquero: hoy moldea las cabelleras de jugadores
como el “Papu” Gómez y Radamel Falcao. El mote de “hacelotodos” que nos define
hace posible estas coincidencias.
En los Mundiales, a falta de talento dentro de las
canchas, tenemos que reinventarnos fuera de ellas. Nuestro Mundial ocurre en
las orillas.
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