El único momento en que me convierto en un formidable
cuentista es cuando juego con mis sobrinos. Después del almuerzo, hacemos la
digestión mientras imaginamos a un barco pirata que zarpa a la búsqueda de un
tesoro escondido.
Contrario a lo que ocurre en el trabajo, la invención
debe ser instantánea para no aburrir a los sobrinos. Demorarse puede causar su
enfado o su distracción. Más arduo que inventar historias es calmar su enojo.
Por suerte la lógica no siempre es un obstáculo: podemos crear una selva,
aunque estemos en el sofá de la sala.
Las dificultades aparecen cuando hay que descifrar su
lenguaje. Un “ótamo” puede ser un “hipopótamo” y una “tana” puede ser una
manzana. Pero una vez descubiertos sus códigos, los relatos que se construyen
con ellos son infinitos. El lenguaje es performativo.
(Uno de mis sobrinos desarrolló con velocidad inaudita
el habla. Con él pasa lo contrario: hay que hablarle con suma precisión para no
incurrir en una incoherencia. Jugando a los vaqueros, el otro día intentó
divisar una montaña lejana. Utilizá los binoculares, le dije. Extrañado, me
corrigió: los vaqueros usan catalejos).
En los tiempos que corren, el teléfono inteligente no
solo se ocupa para estar conectados, sino para hechizar a los niños cuando los
padres se cansan. La imagen es ubicua: las familias cenan o conversan mientras
los niños se distraen con videos de YouTube o series infantiles. A los tres
años dominan con maestría la técnica del scroll.
Entre tanto, descubrir lo que produce su imaginación
es una aventura literaria de grandes proporciones. Piratas que rescatan
caballos desde las profundidades del mar, serpientes que compran pizzas con
pepperoni, vampiros que conversan con chitas y jaguares. Uno comprende —o cree comprender— por qué hacerse
grande es en cierta forma ver el mundo con las gafas del aburrimiento y del
tedio. Y por qué la infancia es la etapa más decisiva para un escritor.
Dylan Thomas tiene unos versos que definen el espíritu
de la infancia: «La pelota que arrojé cuando jugaba en el parque / aún no ha
tocado el suelo». Algunos fallecen mirando hacia arriba, buscando la pelota,
esperando que no caiga nunca. Otros la dejan caer. El mundo es más divertido
con las pelotas suspendidas en el aire.