jueves, 13 de abril de 2023

Sobrinos

El único momento en que me convierto en un formidable cuentista es cuando juego con mis sobrinos. Después del almuerzo, hacemos la digestión mientras imaginamos a un barco pirata que zarpa a la búsqueda de un tesoro escondido.

Contrario a lo que ocurre en el trabajo, la invención debe ser instantánea para no aburrir a los sobrinos. Demorarse puede causar su enfado o su distracción. Más arduo que inventar historias es calmar su enojo. Por suerte la lógica no siempre es un obstáculo: podemos crear una selva, aunque estemos en el sofá de la sala.

Las dificultades aparecen cuando hay que descifrar su lenguaje. Un “ótamo” puede ser un “hipopótamo” y una “tana” puede ser una manzana. Pero una vez descubiertos sus códigos, los relatos que se construyen con ellos son infinitos. El lenguaje es performativo.

(Uno de mis sobrinos desarrolló con velocidad inaudita el habla. Con él pasa lo contrario: hay que hablarle con suma precisión para no incurrir en una incoherencia. Jugando a los vaqueros, el otro día intentó divisar una montaña lejana. Utilizá los binoculares, le dije. Extrañado, me corrigió: los vaqueros usan catalejos).

En los tiempos que corren, el teléfono inteligente no solo se ocupa para estar conectados, sino para hechizar a los niños cuando los padres se cansan. La imagen es ubicua: las familias cenan o conversan mientras los niños se distraen con videos de YouTube o series infantiles. A los tres años dominan con maestría la técnica del scroll.

Entre tanto, descubrir lo que produce su imaginación es una aventura literaria de grandes proporciones. Piratas que rescatan caballos desde las profundidades del mar, serpientes que compran pizzas con pepperoni, vampiros que conversan con chitas y jaguares. Uno comprende o cree comprender por qué hacerse grande es en cierta forma ver el mundo con las gafas del aburrimiento y del tedio. Y por qué la infancia es la etapa más decisiva para un escritor.

Dylan Thomas tiene unos versos que definen el espíritu de la infancia: «La pelota que arrojé cuando jugaba en el parque / aún no ha tocado el suelo». Algunos fallecen mirando hacia arriba, buscando la pelota, esperando que no caiga nunca. Otros la dejan caer. El mundo es más divertido con las pelotas suspendidas en el aire.


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