Tengo un amigo que inició un emprendimiento como asesor
de seguros. Aplicado en su trabajo, ante un desastre publica en sus redes
sociales la importancia de prever los riesgos.
«Asegura tu vehículo», decía una publicidad que posteó
luego de que un tráiler chocara a más de veinte vehículos en el Bulevar Los
próceres.
En el año 2015, mi amigo bebió más de la cuenta en la
playa El Tunco. Bajo los efectos del alcohol, decidió regresarse manejando a la
capital. Cerca de las tres de la madrugada impactó de frente con un pick up.
Cuando volvió a estar consciente, despertó en el hospital con clavos insertados
en su pierna, la nariz y la clavícula rotas y sendos moretones en su cuerpo. La
persona que viajaba con él tuvo una contusión cerebral.
Desde entonces, mi amigo es abstemio y suele anotarse
como conductor designado en las noches de fiesta.
Estar al borde de la muerte puede convertirte en un
hombre precavido.
Pero a todo esto no era de mi amigo de quien quería
hablar, o sí, sino que ayer tembló.
Aunque está acostumbrado a los temblores del peso, le
llamé a un colega argentino que pudo haberse asustado por el sismo. «Me mareé y
me dieron náuseas, che, qué querés que te diga», me dijo por teléfono.
Twitter cumplió su papel circulando memes sobre el
temblor. Al susto se lo puede combatir con humor.
Como cada vez que tiembla fuerte, los productos de los
supermercados caen al piso. El supermercado no puede anclar productos, porque
necesita de la movilidad de mercancías. Pero en los hospitales sucede algo
similar con los medicamentos: se caen de las estanterías. Un cubano
especialista en riesgos preguntó hace años: ¿por qué en un país sísmico los
hospitales no protegen sus medicinas?
Mientras estuvo en Chile durante el terremoto del 2010,
un experto le dijo a Juan Villoro que nadie puede predecir cuándo llegará el
siguiente sismo, sino que, después de cada jornada, lo único que puede decirse
con certeza es que «falta un día menos».
Ayer nos llegó el día.
Y, por supuesto, cuando entré en las redes sociales
había un post sugiriéndome que debía asegurar mi casa porque, al fin y al cabo,
vivimos en un país que tiembla.
Mi amigo es infalible.