Decir que algo está podrido en nuestro país no es ninguna
novedad, pero ¿qué tan podrido debe de estar para que, con cada vez más
frecuencia, encontremos paralelismos entre nuestra realidad y diversas obras de
ficción distópica o apocalíptica?
Miraba el otro día El Eternauta y no podía dejar de
pensar que esos bichos alienígenas que parecen poseer a los seres humanos hasta
doblegarlos por completo son una representación de los diversos aparatos
mediáticos de nuestro gobierno, serviles al que detenta el poder absoluto.
Claro: esto no solo ocurre en El Salvador. Tiene alcances globales. Tal vez por
eso El Eternauta generó tanta conversación cuando se estrenó: porque, en
cierta forma, nos habla de nuestro comportamiento como colectividad, bastante
egoísta en momentos de zozobra, como lo fue la pandemia, como lo son las
guerras actuales.
También me ha pasado leyendo la novela El cantar del
profeta, de Paul Lynch, ganadora del premio Booker 2023. En este caso no
hay exactamente un paralelismo, sino una especie de exacerbación de lo que ya
estamos viviendo como país. La historia se sitúa en Irlanda, que ha sucumbido a
un gobierno totalitario. No sabemos qué condujo a ese totalitarismo, pero sí lo
que empieza a provocar —de forma paulatina— en una familia de clase
profesional. Un día, el organismo de inteligencia del régimen desaparece al
padre, un sindicalista del gremio de profesores. Su esposa, doctora en biología
molecular, debe lidiar con la desaparición de su marido, el cuidado de su padre
enfermo (con síntomas de demencia) y la crianza de sus cuatro hijos. A través
de ella vemos cómo la maduración del régimen va contaminando todos los espacios
de la sociedad hasta volverlos cascarones vacíos: censura en las escuelas,
persecución de voces críticas, cierre de medios de comunicación, hostilidad en
los lugares de trabajo.
No hay que pensar demasiado casi ninguna situación descrita
por Lynch para caer en la cuenta de que mucho de lo que narra ya ocurrió aquí.
El listado es amplio, y quien lea la novela sabrá identificarlos. Pero no he
dejado de pensar en algunos momentos que no solo sé que el régimen de Bukele
los ha propiciado, sino que han ocurrido in crescendo, casi tal como son
representados en la novela.
Al inicio, el régimen totalitario impone un régimen de
excepción (¿suena?). Luego, los noticieros van enturbiando la realidad como si
fuera agua: repiten que una cosa es otra, insisten hasta que la gente lo acepta
como verdad (¿suena?). Cuando comienzan los atropellos físicos, alguien se
pregunta: ¿por qué se les permite hacer lo que hacen?, ¿por qué nadie grita que
paren? (¿suena?). Las persecuciones se intensifican: se llevan a médicos,
profesores, periodistas. Alguien dice: «Se supone que el Estado tiene que
dejarte en paz, no entrar en tu casa como un ogro, coger a un padre de un
zarpazo y devorarlo» (¿suena?). También están los cómplices del régimen. No hay
régimen sin encubridores, a quienes podemos saludar en la calle con una
sonrisa, pero sobre los que yace, detrás, “la sombra del Estado” (¿suena?).
Si hay un logro importante en la novela de Lynch, es cómo nos
va descubriendo poco a poco que los regímenes totalitarios se infiltran en
nuestras vidas. Con el tiempo, ni siquiera nuestro grupo familiar estará a
salvo y se tendrá que actuar. Los casos en el país son abundantes. Sabemos que
el régimen no solo se ha encargado de encarcelar a inocentes, tener presos
políticos, acosar a periodistas y voces críticas, sino que ya hay muertos en
las cárceles en situaciones sospechosas, espionaje, intimidación activa. La
pregunta es: ¿cuándo nos va a tocar a nosotros y qué estaremos dispuestos a
hacer?