viernes, 20 de junio de 2025

El ogro ya está en casa

 

Decir que algo está podrido en nuestro país no es ninguna novedad, pero ¿qué tan podrido debe de estar para que, con cada vez más frecuencia, encontremos paralelismos entre nuestra realidad y diversas obras de ficción distópica o apocalíptica?

Miraba el otro día El Eternauta y no podía dejar de pensar que esos bichos alienígenas que parecen poseer a los seres humanos hasta doblegarlos por completo son una representación de los diversos aparatos mediáticos de nuestro gobierno, serviles al que detenta el poder absoluto. Claro: esto no solo ocurre en El Salvador. Tiene alcances globales. Tal vez por eso El Eternauta generó tanta conversación cuando se estrenó: porque, en cierta forma, nos habla de nuestro comportamiento como colectividad, bastante egoísta en momentos de zozobra, como lo fue la pandemia, como lo son las guerras actuales.

También me ha pasado leyendo la novela El cantar del profeta, de Paul Lynch, ganadora del premio Booker 2023. En este caso no hay exactamente un paralelismo, sino una especie de exacerbación de lo que ya estamos viviendo como país. La historia se sitúa en Irlanda, que ha sucumbido a un gobierno totalitario. No sabemos qué condujo a ese totalitarismo, pero sí lo que empieza a provocar —de forma paulatina— en una familia de clase profesional. Un día, el organismo de inteligencia del régimen desaparece al padre, un sindicalista del gremio de profesores. Su esposa, doctora en biología molecular, debe lidiar con la desaparición de su marido, el cuidado de su padre enfermo (con síntomas de demencia) y la crianza de sus cuatro hijos. A través de ella vemos cómo la maduración del régimen va contaminando todos los espacios de la sociedad hasta volverlos cascarones vacíos: censura en las escuelas, persecución de voces críticas, cierre de medios de comunicación, hostilidad en los lugares de trabajo.

No hay que pensar demasiado casi ninguna situación descrita por Lynch para caer en la cuenta de que mucho de lo que narra ya ocurrió aquí. El listado es amplio, y quien lea la novela sabrá identificarlos. Pero no he dejado de pensar en algunos momentos que no solo sé que el régimen de Bukele los ha propiciado, sino que han ocurrido in crescendo, casi tal como son representados en la novela.

Al inicio, el régimen totalitario impone un régimen de excepción (¿suena?). Luego, los noticieros van enturbiando la realidad como si fuera agua: repiten que una cosa es otra, insisten hasta que la gente lo acepta como verdad (¿suena?). Cuando comienzan los atropellos físicos, alguien se pregunta: ¿por qué se les permite hacer lo que hacen?, ¿por qué nadie grita que paren? (¿suena?). Las persecuciones se intensifican: se llevan a médicos, profesores, periodistas. Alguien dice: «Se supone que el Estado tiene que dejarte en paz, no entrar en tu casa como un ogro, coger a un padre de un zarpazo y devorarlo» (¿suena?). También están los cómplices del régimen. No hay régimen sin encubridores, a quienes podemos saludar en la calle con una sonrisa, pero sobre los que yace, detrás, “la sombra del Estado” (¿suena?).

Si hay un logro importante en la novela de Lynch, es cómo nos va descubriendo poco a poco que los regímenes totalitarios se infiltran en nuestras vidas. Con el tiempo, ni siquiera nuestro grupo familiar estará a salvo y se tendrá que actuar. Los casos en el país son abundantes. Sabemos que el régimen no solo se ha encargado de encarcelar a inocentes, tener presos políticos, acosar a periodistas y voces críticas, sino que ya hay muertos en las cárceles en situaciones sospechosas, espionaje, intimidación activa. La pregunta es: ¿cuándo nos va a tocar a nosotros y qué estaremos dispuestos a hacer?

lunes, 9 de junio de 2025

Memoria y advertencia desde “Calle Londres 38”

 

Llegué a Calle Londres 38 gracias a la recomendación de Juan Gabriel Vásquez, quien, de tanto en tanto, se convierte en una especie de brújula en su columna de El País, orientándonos hacia los libros que nos conciernen, o que al menos deberían interesarnos. No dudé en buscarlo para adentrarme en uno de los episodios que marcó un antes y un después en el derecho penal internacional: la captura en Londres de Augusto Pinochet por crímenes de lesa humanidad y su posterior desenlace judicial.

Quisiera decir que no, que no se trata de un libro que hoy nos hable a los salvadoreños. Pero tiene tantos vasos comunicantes con nuestra gris realidad política que resulta imposible no contrastarla con lo que el libro narra. Por eso quiero compartir algunas impresiones sobre este pertinente y necesario relato.

Su autor es Philippe Sands, abogado experto en derecho internacional y también escritor de Calle Este-Oeste y Ruta de Escape, dos libros que, según él, conforman junto a Calle Londres 38 una trilogía. En estos textos, Sands entrelaza hechos y personajes históricos con pasajes de su vida personal y profesional, intentando descubrir conexiones —como suele hacerlo la mejor literatura—entre lo íntimo y lo colectivo.

Calle Londres 38 es un gran logro en ese sentido. Sands formó parte del proceso judicial que llevó a Pinochet ante los tribunales británicos y fue testigo de primera mano —junto con algunos de sus amigos más cercanos— de aquellas deliberaciones que sentaron un precedente para enjuiciar a exjefes de Estado por crímenes de lesa humanidad. El relato de su participación en el juicio, y las razones que condujeron a Pinochet a enfrentar a la justicia —para luego salir, lamentablemente, libre— se entrelaza con una minuciosa investigación sobre un personaje temible: el nazi Walther Rauff.

Rauff, ya presente en otros libros del autor, también aparece en obras como Nocturno de Chile de Roberto Bolaño y En la Patagonia de Bruce Chatwin. Fue un oficial de las SS, ingeniero, espía y empresario. Participó en el desarrollo de las llamadas “furgonetas de gas” (camiones cerrados donde se introducían gases tóxicos), siendo responsable directo de la muerte de al menos 100,000 personas —aunque algunas estimaciones lo responsabilizan de hasta 250,000. Tras la Segunda Guerra Mundial, escapó a Sudamérica, residiendo en varios países hasta establecerse definitivamente en Punta Arenas, Chile. En los años 60, la República Federal de Alemania solicitó su extradición, pero la Corte Suprema chilena la rechazó. Más tarde, durante la dictadura iniciada en 1973, fue protegido por el régimen de Pinochet.

Decir que fue protegido es quedarse corto. Lo que Philippe Sands documenta con una impresionante cantidad de referencias es que Rauff mantuvo una relación cercana con Pinochet al menos desde la década de 1950, cuando coincidieron en una misión militar en Quito. Años después, no solo fue amparado por el régimen, sino que habría participado activamente en su sistema represivo. Aunque no existen pruebas documentales concluyentes, Sands entrevista a decenas de testigos que lo vinculan con funciones estratégicas: desde haber sido el arquitecto del campo de concentración en Isla Dawson hasta el diseño de sistemas de traslado y desaparición de prisioneros políticos en cámaras frigoríficas. Sobrevivientes del centro de detención de Londres 38 reconocen, de forma inequívoca, su voz y su presencia gélida.

Por supuesto, lo que une a Pinochet y a Rauff —además de su historial criminal— es que ambos murieron sin haber sido condenados por sus crímenes. Sands los retrata como dos hombres que alguna vez fueron poderosos, pero que luego vivieron bajo el temor persistente de rendir cuentas. Nos recuerda, dolorosamente, que quienes hoy abusan de su cuota de poder, encarcelan sin pruebas o se enriquecen a costa del Estado, también enfrentarán su hora. El poder, lo sabemos, enceguece; pero también sabemos que no es eterno. Siempre termina.

Con Calle Londres 38, Sands nos advierte que la inmunidad no es sinónimo de impunidad perpetua. A los dictadores y a los nazis les llega su hora. A sus aprendices también. Que no se nos olvide. Solo esperemos que quienes sufrimos las consecuencias tengamos aún tiempo de ver que se haga justicia.