Llegué a Calle Londres 38 gracias a la recomendación de
Juan Gabriel Vásquez, quien, de tanto en tanto, se convierte en una especie de
brújula en su columna de El País, orientándonos hacia los libros que nos
conciernen, o que al menos deberían interesarnos. No dudé en buscarlo para
adentrarme en uno de los episodios que marcó un antes y un después en el
derecho penal internacional: la captura en Londres de Augusto Pinochet por
crímenes de lesa humanidad y su posterior desenlace judicial.
Quisiera decir que no, que no se trata de un libro que hoy nos
hable a los salvadoreños. Pero tiene tantos vasos comunicantes con nuestra gris
realidad política que resulta imposible no contrastarla con lo que el libro
narra. Por eso quiero compartir algunas impresiones sobre este pertinente y
necesario relato.
Su autor es Philippe Sands, abogado experto en derecho
internacional y también escritor de Calle Este-Oeste y Ruta de Escape,
dos libros que, según él, conforman junto a Calle Londres 38 una
trilogía. En estos textos, Sands entrelaza hechos y personajes históricos con
pasajes de su vida personal y profesional, intentando descubrir conexiones —como
suele hacerlo la mejor literatura—entre lo íntimo y lo colectivo.
Calle Londres 38 es un gran logro en ese
sentido. Sands formó parte del proceso judicial que llevó a Pinochet ante los
tribunales británicos y fue testigo de primera mano —junto con algunos de sus
amigos más cercanos— de aquellas deliberaciones que sentaron un precedente para
enjuiciar a exjefes de Estado por crímenes de lesa humanidad. El relato de su
participación en el juicio, y las razones que condujeron a Pinochet a enfrentar
a la justicia —para luego salir, lamentablemente, libre— se entrelaza con una
minuciosa investigación sobre un personaje temible: el nazi Walther Rauff.
Rauff, ya presente en otros libros del autor, también aparece
en obras como Nocturno de Chile de Roberto Bolaño y En la Patagonia
de Bruce Chatwin. Fue un oficial de las SS, ingeniero, espía y empresario.
Participó en el desarrollo de las llamadas “furgonetas de gas” (camiones
cerrados donde se introducían gases tóxicos), siendo responsable directo de la
muerte de al menos 100,000 personas —aunque algunas estimaciones lo
responsabilizan de hasta 250,000. Tras la Segunda Guerra Mundial, escapó a
Sudamérica, residiendo en varios países hasta establecerse definitivamente en
Punta Arenas, Chile. En los años 60, la República Federal de Alemania solicitó
su extradición, pero la Corte Suprema chilena la rechazó. Más tarde, durante la
dictadura iniciada en 1973, fue protegido por el régimen de Pinochet.
Decir que fue protegido es quedarse corto. Lo que Philippe
Sands documenta con una impresionante cantidad de referencias es que Rauff
mantuvo una relación cercana con Pinochet al menos desde la década de 1950,
cuando coincidieron en una misión militar en Quito. Años después, no solo fue
amparado por el régimen, sino que habría participado activamente en su sistema
represivo. Aunque no existen pruebas documentales concluyentes, Sands
entrevista a decenas de testigos que lo vinculan con funciones estratégicas:
desde haber sido el arquitecto del campo de concentración en Isla Dawson hasta
el diseño de sistemas de traslado y desaparición de prisioneros políticos en
cámaras frigoríficas. Sobrevivientes del centro de detención de Londres 38
reconocen, de forma inequívoca, su voz y su presencia gélida.
Por supuesto, lo que une a Pinochet y a Rauff —además de su
historial criminal— es que ambos murieron sin haber sido condenados por sus
crímenes. Sands los retrata como dos hombres que alguna vez fueron poderosos,
pero que luego vivieron bajo el temor persistente de rendir cuentas. Nos
recuerda, dolorosamente, que quienes hoy abusan de su cuota de poder,
encarcelan sin pruebas o se enriquecen a costa del Estado, también enfrentarán
su hora. El poder, lo sabemos, enceguece; pero también sabemos que no es eterno.
Siempre termina.
Con Calle Londres 38, Sands nos advierte que la
inmunidad no es sinónimo de impunidad perpetua. A los dictadores y a los nazis
les llega su hora. A sus aprendices también. Que no se nos olvide. Solo
esperemos que quienes sufrimos las consecuencias tengamos aún tiempo de ver que
se haga justicia.
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