lunes, 9 de junio de 2025

Memoria y advertencia desde “Calle Londres 38”

 

Llegué a Calle Londres 38 gracias a la recomendación de Juan Gabriel Vásquez, quien, de tanto en tanto, se convierte en una especie de brújula en su columna de El País, orientándonos hacia los libros que nos conciernen, o que al menos deberían interesarnos. No dudé en buscarlo para adentrarme en uno de los episodios que marcó un antes y un después en el derecho penal internacional: la captura en Londres de Augusto Pinochet por crímenes de lesa humanidad y su posterior desenlace judicial.

Quisiera decir que no, que no se trata de un libro que hoy nos hable a los salvadoreños. Pero tiene tantos vasos comunicantes con nuestra gris realidad política que resulta imposible no contrastarla con lo que el libro narra. Por eso quiero compartir algunas impresiones sobre este pertinente y necesario relato.

Su autor es Philippe Sands, abogado experto en derecho internacional y también escritor de Calle Este-Oeste y Ruta de Escape, dos libros que, según él, conforman junto a Calle Londres 38 una trilogía. En estos textos, Sands entrelaza hechos y personajes históricos con pasajes de su vida personal y profesional, intentando descubrir conexiones —como suele hacerlo la mejor literatura—entre lo íntimo y lo colectivo.

Calle Londres 38 es un gran logro en ese sentido. Sands formó parte del proceso judicial que llevó a Pinochet ante los tribunales británicos y fue testigo de primera mano —junto con algunos de sus amigos más cercanos— de aquellas deliberaciones que sentaron un precedente para enjuiciar a exjefes de Estado por crímenes de lesa humanidad. El relato de su participación en el juicio, y las razones que condujeron a Pinochet a enfrentar a la justicia —para luego salir, lamentablemente, libre— se entrelaza con una minuciosa investigación sobre un personaje temible: el nazi Walther Rauff.

Rauff, ya presente en otros libros del autor, también aparece en obras como Nocturno de Chile de Roberto Bolaño y En la Patagonia de Bruce Chatwin. Fue un oficial de las SS, ingeniero, espía y empresario. Participó en el desarrollo de las llamadas “furgonetas de gas” (camiones cerrados donde se introducían gases tóxicos), siendo responsable directo de la muerte de al menos 100,000 personas —aunque algunas estimaciones lo responsabilizan de hasta 250,000. Tras la Segunda Guerra Mundial, escapó a Sudamérica, residiendo en varios países hasta establecerse definitivamente en Punta Arenas, Chile. En los años 60, la República Federal de Alemania solicitó su extradición, pero la Corte Suprema chilena la rechazó. Más tarde, durante la dictadura iniciada en 1973, fue protegido por el régimen de Pinochet.

Decir que fue protegido es quedarse corto. Lo que Philippe Sands documenta con una impresionante cantidad de referencias es que Rauff mantuvo una relación cercana con Pinochet al menos desde la década de 1950, cuando coincidieron en una misión militar en Quito. Años después, no solo fue amparado por el régimen, sino que habría participado activamente en su sistema represivo. Aunque no existen pruebas documentales concluyentes, Sands entrevista a decenas de testigos que lo vinculan con funciones estratégicas: desde haber sido el arquitecto del campo de concentración en Isla Dawson hasta el diseño de sistemas de traslado y desaparición de prisioneros políticos en cámaras frigoríficas. Sobrevivientes del centro de detención de Londres 38 reconocen, de forma inequívoca, su voz y su presencia gélida.

Por supuesto, lo que une a Pinochet y a Rauff —además de su historial criminal— es que ambos murieron sin haber sido condenados por sus crímenes. Sands los retrata como dos hombres que alguna vez fueron poderosos, pero que luego vivieron bajo el temor persistente de rendir cuentas. Nos recuerda, dolorosamente, que quienes hoy abusan de su cuota de poder, encarcelan sin pruebas o se enriquecen a costa del Estado, también enfrentarán su hora. El poder, lo sabemos, enceguece; pero también sabemos que no es eterno. Siempre termina.

Con Calle Londres 38, Sands nos advierte que la inmunidad no es sinónimo de impunidad perpetua. A los dictadores y a los nazis les llega su hora. A sus aprendices también. Que no se nos olvide. Solo esperemos que quienes sufrimos las consecuencias tengamos aún tiempo de ver que se haga justicia.

 


No hay comentarios:

Publicar un comentario