lunes, 18 de agosto de 2025

Sobre la reelección

 

El pasado 31 de julio, mientras los diputados aprobaban las reformas a la Constitución, iba en un Uber rumbo a casa de un amigo. Seguía la plenaria en mi celular.

—¿Usted sabe qué están aprobando los diputados ahora mismo? —pregunté al conductor, un muchacho bastante más joven que yo.
—No.
—La reelección indefinida —le dije—. Ahora Bukele podrá reelegirse cuantas veces quiera; lo tendremos para rato. ¿Cómo lo ve? Si mañana fueran las elecciones, ¿usted votaría por él?
—Mire, sí, lo votaría… porque no hay nadie más. Pero eso de la reelección, como dicen, ya suena a dictadura. No creo que sea bueno. Yo le daría dos períodos más; después debería cederle el privilegio a uno de sus hermanos… dicen que tiene varios.

Ni la aprobación de la reelección ni su respuesta me sorprendieron. Sobre lo primero, lo único que ignorábamos era la fecha exacta. En el manual del caudillismo latinoamericano, las jugadas son viejas y previsibles. Desde el Tirano Banderas, sabemos que todos los tiranos se parecen, aunque varíen los ropajes de sus regímenes.

De la respuesta del joven, en cambio, sí podemos extraer lecciones. Resume lo que los politólogos llaman malestar con la democracia. “No hay nadie más” es un diagnóstico que escuchamos desde hace años, pero revela una concepción de la política como un mercado: elegimos al mejor de una lista, le delegamos nuestro poder y pronto descubrimos que este ya no nos pertenece, sino que queda atrapado en las redes que hicieron posible su ascenso. Como advertía Octavio Paz, la democracia no se agota en el voto; es también el ejercicio de la libertad para elegir y ser elegido en condiciones reales de igualdad, pero esta última parte nunca ocurre.

Además, ¿dejará Bukele y su círculo que surja ese “alguien más”? Como dijo Carlos Dada, Bukele no solo no quiere dejar el poder: ya no puede. Y que alguien, hoy en El Salvador —y deben de ser muchísimos—, vea posible ceder la presidencia a un hermano como quien pasa una botella de refresco, es la derrota más cruda del anhelo democrático.

—¿Y por qué lo votarías a él o a uno de sus hermanos? ¿Crees que el país está mejor que antes? —insistí.
El joven, detenido en un semáforo, se quitó la gorra y me mostró dos cicatrices.
—Viví en Apopa mucho tiempo. Los muchachos me verguearon dos veces; las dos terminé en el hospital. Como dicen, siempre se puede mejorar, pero ahora que uno puede andar en las calles tranquilo, ¡ey!, eso no se puede negar.

Ese es el ancla del bukelismo: la desarticulación de las pandillas. Como hecho social, abre un resquicio para imaginar otro país; como política pública, está llena de fragilidades y excesos. Cuando encarcelar pandilleros ya no alcance para ofrecer mejores salarios, educación o vivienda, el respaldo popular buscará otros rumbos.

Pero, como se le atribuye decir a Bernard Shaw, lo único que aprendemos de la experiencia es que no se aprende nada de la experiencia. No es solo que los proyectos dictatoriales hayan fracasado antes aquí; están fracasando hoy en otros lugares. Creer que un autócrata se irá solo cuando “el pueblo lo decida” es un espejismo. En un país sin cambios estructurales a la vista, el descontento llegará… y enfrente habrá un gobernante que, sin la silla presidencial, tendría demasiado que perder, volviéndolo más peligroso de lo que sus seguidores ahora suponen.