El pasado 31 de julio, mientras los diputados aprobaban las
reformas a la Constitución, iba en un Uber rumbo a casa de un amigo. Seguía la
plenaria en mi celular.
—¿Usted sabe qué están aprobando los diputados ahora mismo?
—pregunté al conductor, un muchacho bastante más joven que yo.
—No.
—La reelección indefinida —le dije—. Ahora Bukele podrá reelegirse cuantas
veces quiera; lo tendremos para rato. ¿Cómo lo ve? Si mañana fueran las
elecciones, ¿usted votaría por él?
—Mire, sí, lo votaría… porque no hay nadie más. Pero eso de la reelección, como
dicen, ya suena a dictadura. No creo que sea bueno. Yo le daría dos períodos
más; después debería cederle el privilegio a uno de sus hermanos… dicen que
tiene varios.
Ni la aprobación de la reelección ni su respuesta me
sorprendieron. Sobre lo primero, lo único que ignorábamos era la fecha exacta.
En el manual del caudillismo latinoamericano, las jugadas son viejas y
previsibles. Desde el Tirano Banderas, sabemos que todos los tiranos se
parecen, aunque varíen los ropajes de sus regímenes.
De la respuesta del joven, en cambio, sí podemos extraer
lecciones. Resume lo que los politólogos llaman malestar con la democracia.
“No hay nadie más” es un diagnóstico que escuchamos desde hace años, pero
revela una concepción de la política como un mercado: elegimos al mejor de una
lista, le delegamos nuestro poder y pronto descubrimos que este ya no nos
pertenece, sino que queda atrapado en las redes que hicieron posible su
ascenso. Como advertía Octavio Paz, la democracia no se agota en el voto; es
también el ejercicio de la libertad para elegir y ser elegido en condiciones
reales de igualdad, pero esta última parte nunca ocurre.
Además, ¿dejará Bukele y su círculo que surja ese “alguien
más”? Como dijo Carlos Dada, Bukele no solo no quiere dejar el poder: ya no
puede. Y que alguien, hoy en El Salvador —y deben de ser muchísimos—, vea
posible ceder la presidencia a un hermano como quien pasa una botella de
refresco, es la derrota más cruda del anhelo democrático.
—¿Y por qué lo votarías a él o a uno de sus hermanos? ¿Crees
que el país está mejor que antes? —insistí.
El joven, detenido en un semáforo, se quitó la gorra y me mostró dos
cicatrices.
—Viví en Apopa mucho tiempo. Los muchachos me verguearon dos veces; las dos
terminé en el hospital. Como dicen, siempre se puede mejorar, pero ahora que
uno puede andar en las calles tranquilo, ¡ey!, eso no se puede negar.
Ese es el ancla del bukelismo: la desarticulación de las
pandillas. Como hecho social, abre un resquicio para imaginar otro país; como
política pública, está llena de fragilidades y excesos. Cuando encarcelar
pandilleros ya no alcance para ofrecer mejores salarios, educación o vivienda,
el respaldo popular buscará otros rumbos.
Pero, como se le atribuye decir a Bernard Shaw, lo único que
aprendemos de la experiencia es que no se aprende nada de la experiencia. No es
solo que los proyectos dictatoriales hayan fracasado antes aquí; están
fracasando hoy en otros lugares. Creer que un autócrata se irá solo cuando “el
pueblo lo decida” es un espejismo. En un país sin cambios estructurales a la
vista, el descontento llegará… y enfrente habrá un gobernante que, sin la silla
presidencial, tendría demasiado que perder, volviéndolo más peligroso de lo que
sus seguidores ahora suponen.
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