miércoles, 17 de septiembre de 2025

¿Quién lee a Virginia Woolf?

 

 

Desde hace un tiempo soy un lector constante de las columnas de Tamara Tenembaum. No solo por el estilo seductor con el que escribe, sino porque posee un método peculiar: inscribir algo inmediato en un marco más amplio —vaya, eso que llamamos “lo social”— y hacer que lo distante tenga un aura de cercanía.

A mí ese modo de descifrar la realidad me recuerda a lo que George Steiner describía en su autobiografía como «decodificación». Cuando aparece un artefacto cultural —sea un texto, un cuadro, una serie de televisión— es como una piedra arrojada al agua: genera ondas concéntricas que se expanden hacia afuera. Entender el alcance de esas ondas es, según Steiner, tarea del lector o del espectador atento.

En su último libro, Un millón de cuartos propios, Tenembaum dialoga con uno de los clásicos de Virginia Woolf. Escrito hace casi un siglo, Un cuarto propio encuentra aquí nuevas resonancias. La autora argentina, al trabajar en una nueva traducción del libro, se detuvo con la paciencia necesaria para descubrir que las frases de Woolf aun reverberan en nuestros días. La relectura, entonces, se vuelve un modo de medir esas ondas concéntricas que todavía se expanden.

El ejercicio intertextual resulta maravilloso: de la prosa de Woolf emergen preocupaciones que siguen vivas —el dinero, la comida, el trabajo, la nostalgia, el resentimiento—, temas que atraviesan tanto debates políticos como académicos. El que yo encontré más estimulante fue el capítulo dedicado al resentimiento, sobre todo porque lo leí en clave nacional, donde ese caudal subjetivo sigue moldeando las intenciones de voto, las aspiraciones laborales y muchas formas de violencia hacia los otros, reflejándose en conductas xenófobas, racistas, clasistas y misóginas.

El capítulo sobre el dinero, en cambio, me pareció más distante: no porque Tamara no hable de la precarización general de la clase asalariada —que cuenta con cada vez menos estabilidad y certidumbre, ese triunfo del freelancer—, sino porque lo aborda desde la clase media argentina. Y esa mirada no siempre coincide con la fragilidad de nuestras clases medias centroamericanas, donde nuestras aspiraciones son mucho menores, por no decir exiguas, para sobrevivir cómodamente realizando un trabajo que nos guste, y donde por supuesto persisten desigualdades de género lacerantes.  

Lo que más aprecio de Tamara es que no ofrece explicaciones totalizantes. Prefiere acompañarnos con sus incertidumbres, con cierta cautela, mostrándonos lo que ella va descubriendo en su relectura, como limpiando un vidrio empañado, pero sin que termine de quedar limpio del todo.

Si en la película Hitler ha vuelto el dictador se escandaliza por el mundo al que regresa —para suerte nuestra, pues pese a las infinitas calamidades que vivimos este mundo es mejor que el que él dejó—, imagino que a Virginia Woolf le ocurriría algo parecido. Mucho se ha transformado desde que escribió Un cuarto propio, y, sin embargo, permanecen vestigios —algunos más grandes que otros—de la sociedad que a ella le tocó vivir: aun es difícil, por ejemplo, que una mujer tenga su cuarto propio para dedicarse a hacer lo que le gusta. Como punto final, celebro que Tamara nos haya traído nuevamente la idea, que también tuvo Steiner, de que un «clásico» de la literatura, de la música, de las artes o de la filosofía, es una forma que nos «lee», más de lo que nosotros la leemos o percibimos. Y eso para nosotros es una ganancia, pues se nos abre todo un mundo por delante.