Desde hace un tiempo soy un
lector constante de las columnas de Tamara Tenembaum. No solo por el estilo
seductor con el que escribe, sino porque posee un método peculiar: inscribir
algo inmediato en un marco más amplio —vaya, eso que llamamos “lo social”— y
hacer que lo distante tenga un aura de cercanía.
A mí ese modo de descifrar la
realidad me recuerda a lo que George Steiner describía en su autobiografía como
«decodificación». Cuando aparece un artefacto cultural —sea un
texto, un cuadro, una serie de televisión— es como una piedra arrojada al agua:
genera ondas concéntricas que se expanden hacia afuera. Entender el alcance de
esas ondas es, según Steiner, tarea del lector o del espectador atento.
En su último libro, Un millón de cuartos propios,
Tenembaum dialoga con uno de los clásicos de Virginia Woolf. Escrito hace casi
un siglo, Un cuarto propio encuentra aquí nuevas resonancias. La autora
argentina, al trabajar en una nueva traducción del libro, se detuvo con la
paciencia necesaria para descubrir que las frases de Woolf aun reverberan en
nuestros días. La relectura, entonces, se vuelve un modo de medir esas ondas concéntricas
que todavía se expanden.
El ejercicio intertextual resulta maravilloso: de la prosa de
Woolf emergen preocupaciones que siguen vivas —el dinero, la comida, el
trabajo, la nostalgia, el resentimiento—, temas que atraviesan tanto debates
políticos como académicos. El que yo encontré más estimulante fue el capítulo
dedicado al resentimiento, sobre todo porque lo leí en clave nacional, donde
ese caudal subjetivo sigue moldeando las intenciones de voto, las aspiraciones
laborales y muchas formas de violencia hacia los otros, reflejándose en
conductas xenófobas, racistas, clasistas y misóginas.
El capítulo sobre el dinero, en cambio, me pareció más
distante: no porque Tamara no hable de la precarización general de la clase
asalariada —que cuenta con cada vez menos estabilidad y certidumbre, ese
triunfo del freelancer—, sino porque lo aborda desde la clase media
argentina. Y esa mirada no siempre coincide con la fragilidad de nuestras
clases medias centroamericanas, donde nuestras aspiraciones son mucho menores,
por no decir exiguas, para sobrevivir cómodamente realizando un trabajo que nos
guste, y donde por supuesto persisten desigualdades de género lacerantes.
Lo que más aprecio de Tamara es que no ofrece explicaciones
totalizantes. Prefiere acompañarnos con sus incertidumbres, con cierta cautela,
mostrándonos lo que ella va descubriendo en su relectura, como limpiando un
vidrio empañado, pero sin que termine de quedar limpio del todo.
Si en la película Hitler ha vuelto el dictador se
escandaliza por el mundo al que regresa —para suerte nuestra, pues pese a las
infinitas calamidades que vivimos este mundo es mejor que el que él dejó—,
imagino que a Virginia Woolf le ocurriría algo parecido. Mucho se ha
transformado desde que escribió Un cuarto propio, y, sin embargo,
permanecen vestigios —algunos más grandes que otros—de la sociedad que a ella
le tocó vivir: aun es difícil, por ejemplo, que una mujer tenga su cuarto
propio para dedicarse a hacer lo que le gusta. Como punto final, celebro que
Tamara nos haya traído nuevamente la idea, que también tuvo Steiner, de que un
«clásico» de la literatura, de la música, de las artes o de la filosofía, es
una forma que nos «lee», más de lo que nosotros la leemos o percibimos. Y eso
para nosotros es una ganancia, pues se nos abre todo un mundo por delante.
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