jueves, 11 de diciembre de 2025

Glosas X

 

Termina el año. Miro atrás y, en general, fue un año prolífico. Escribí más y con mayor orden. Me había impuesto una cuota mínima —un texto por semana—, pero no fue posible, no lo será. Casi siempre, después de octubre, los meses se esfuman. Lo extraño es que en el último trimestre no ocurre nada excepcional, salvo algún viaje o un evento aislado. Voy en automático.

 

Varios libros se me escaparon sin poder escribir sobre ellos. Conservo algunas notas dispersas, pero dudo que se conviertan en un texto definitivo. Pienso en Fabricación, de Ricardo Raphael, que me mostró las potentes ficciones que puede crear el poder. Pienso en El niño resentido, de César González, autobiográfico y conmovedor, que eleva el arte surgido desde los márgenes —las villas miserias argentinas— y lo convierte en un testimonio duro de la pobreza estructural, pero también de su potencial transformador. Pienso en Los nombres de Feliza, donde Juan Gabriel Vásquez confirma su capacidad para entretejer la historia con la vida íntima de sus protagonistas. Y pienso en El accidente, de Blanca Lacasa, una novela breve sobre la intensidad de un enamoramiento circunstancial e imposible.

 

Las métricas del año tampoco rompieron récords. De hecho, revelan cierta dispersión y languidez. Hasta el 10 de diciembre anoté 84 películas y series. Para dimensionarlo: cerré 2024 con 97 títulos y 2023 con 90. Podríamos empatar; digamos que estamos cerca. El año dejó joyas indiscutibles sobre las que tampoco pude escribir. Joya #1: la segunda temporada de Severance. Joya #2: One Battle After Another. Joya #3: Weapons. Joya #4: Together. Joya #5: Bring Her Back. Joya #6: Pluribus. Joya #7: Belén.

 

En música, Spotify me recuerda que escuché veinte mil minutos menos que en 2024. Los más escuchados: Leiva, The Lumineers, Santiago Motorizado y… claro: Bad Bunny.

 

Me reconozco en la sentencia de un glotón ejemplar —Javier Cercas—: «A la hora de comer solo respeto una regla, y es la ausencia total de reglas».

 

Las políticas de la extrema derecha operan, como diría Verónica Gago, bajo «lógicas de crueldad». Y se emparentan con lo que Rita Segato denomina las consecuencias de la «dueñidad». Basta ver a Trump: sus políticas antimigrantes y sus ataques a pequeños pescadores en el Caribe. Su resonancia global, más profunda y más brutal, se percibe en el genocidio en Gaza. En Argentina, Milei ejecuta estas lógicas mediante una devaluación sistemática de los ingresos. En El Salvador, Bukele mediante un régimen de excepción que arrasó no solo con pandilleros, sino también con población inocente y, sobre todo, pobre.

 

La IA no debería sustituir la creatividad, pero sí puede ampliar la imaginación libre de un niño. Lo comprobé jugando con mi sobrino de seis años. Él inventaba jugos imposibles: metía en una licuadora imaginaria Kool-Aid, pizza, piñas, chocolate, tomate y Coca-Cola. Luego bautizaba ese mejunje delirante. La IA se encargaba de representar aquello que su mente había creado.

 

«Lo horrible devino cotidiano bajo un estruendo de aplausos», escribe Patricia Evangelista en Que alguien los mate. Ella se refiere a los grupos de exterminio impulsados por Duterte en Filipinas. También podría referirse a los cientos de inocentes torturados en las cárceles de nuestro país.

 

Un recuento del año podría resumirse así:

  1. Trabajo fijo dilapidado.
  2. Amigos exiliados por el régimen de Bukele.
  3. Retorno a EE. UU. (el “planeta americano”, como decía nuestro querido y extrañado Vicente Verdú).
  4. Viñedos en Napa Valley.
  5. Reencuentros en el exilio.
  6. Mañanas cálidas, tardes somnolientas, noches cocinando, madrugadas trabajando.
  7. Aprendí a pelar camarones en menos de un minuto.
  8. Parrilladas en la terraza.
  9. Murió la mamá de mi suegra.
  10. Navidad futura en Texas.

 

Siento un claro vínculo generacional con la novela de Paulina Flores, La próxima vez que te vea, te mato. La narradora, en sus tempranos treinta, vive bajo las angustias millennial: trabajo precario, alquileres prohibitivos, relaciones líquidas. Además, se suma a esa constelación de novelas sobre la condición migrante de una latinoamericana en Europa. Lo que más me gusta —y subrayo— es el sentido del humor de la narradora.