Termina el año. Miro atrás y, en
general, fue un año prolífico. Escribí más y con mayor orden. Me había impuesto
una cuota mínima —un texto por semana—, pero no fue posible, no lo será. Casi
siempre, después de octubre, los meses se esfuman. Lo extraño es que en el
último trimestre no ocurre nada excepcional, salvo algún viaje o un evento
aislado. Voy en automático.
Varios libros se me escaparon sin
poder escribir sobre ellos. Conservo algunas notas dispersas, pero dudo que se
conviertan en un texto definitivo. Pienso en Fabricación, de Ricardo
Raphael, que me mostró las potentes ficciones que puede crear el poder. Pienso
en El niño resentido, de César González, autobiográfico y conmovedor,
que eleva el arte surgido desde los márgenes —las villas miserias argentinas— y
lo convierte en un testimonio duro de la pobreza estructural, pero también de
su potencial transformador. Pienso en Los nombres de Feliza, donde Juan
Gabriel Vásquez confirma su capacidad para entretejer la historia con la vida
íntima de sus protagonistas. Y pienso en El accidente, de Blanca Lacasa,
una novela breve sobre la intensidad de un enamoramiento circunstancial e
imposible.
Las métricas del año tampoco
rompieron récords. De hecho, revelan cierta dispersión y languidez. Hasta el 10
de diciembre anoté 84 películas y series. Para dimensionarlo: cerré 2024 con 97
títulos y 2023 con 90. Podríamos empatar; digamos que estamos cerca. El año
dejó joyas indiscutibles sobre las que tampoco pude escribir. Joya #1: la segunda temporada de Severance.
Joya #2: One Battle After Another. Joya #3: Weapons. Joya #4: Together.
Joya
#5: Bring Her Back. Joya #6: Pluribus. Joya #7: Belén.
En música, Spotify me recuerda
que escuché veinte mil minutos menos que en 2024. Los más escuchados: Leiva,
The Lumineers, Santiago Motorizado y… claro: Bad Bunny.
Me reconozco en la sentencia de
un glotón ejemplar —Javier Cercas—: «A la hora de comer solo respeto una regla,
y es la ausencia total de reglas».
Las políticas de la extrema
derecha operan, como diría Verónica Gago, bajo «lógicas de crueldad». Y se
emparentan con lo que Rita Segato denomina las consecuencias de la «dueñidad».
Basta ver a Trump: sus políticas antimigrantes y sus ataques a pequeños pescadores
en el Caribe. Su resonancia global, más profunda y más brutal, se percibe en el
genocidio en Gaza. En Argentina, Milei ejecuta estas lógicas mediante una
devaluación sistemática de los ingresos. En El Salvador, Bukele mediante un
régimen de excepción que arrasó no solo con pandilleros, sino también con
población inocente y, sobre todo, pobre.
La IA no debería sustituir la
creatividad, pero sí puede ampliar la imaginación libre de un niño. Lo comprobé
jugando con mi sobrino de seis años. Él inventaba jugos imposibles: metía en
una licuadora imaginaria Kool-Aid, pizza, piñas, chocolate, tomate y Coca-Cola.
Luego bautizaba ese mejunje delirante. La IA se encargaba de representar
aquello que su mente había creado.
«Lo horrible devino cotidiano
bajo un estruendo de aplausos», escribe Patricia Evangelista en Que alguien
los mate. Ella se refiere a los grupos de exterminio impulsados por Duterte
en Filipinas. También podría referirse a los cientos de inocentes torturados en
las cárceles de nuestro país.
Un recuento del año podría
resumirse así:
- Trabajo fijo dilapidado.
- Amigos exiliados por el régimen de Bukele.
- Retorno a EE. UU. (el “planeta americano”,
como decía nuestro querido y extrañado Vicente Verdú).
- Viñedos en Napa Valley.
- Reencuentros en el exilio.
- Mañanas cálidas, tardes somnolientas, noches
cocinando, madrugadas trabajando.
- Aprendí a pelar camarones en menos de un
minuto.
- Parrilladas en la terraza.
- Murió la mamá de mi suegra.
- Navidad futura en Texas.
Siento un claro vínculo
generacional con la novela de Paulina Flores, La próxima vez que te vea, te
mato. La narradora, en sus tempranos treinta, vive bajo las angustias
millennial: trabajo precario, alquileres prohibitivos, relaciones líquidas.
Además, se suma a esa constelación de novelas sobre la condición migrante de
una latinoamericana en Europa. Lo que más me gusta —y subrayo— es el sentido
del humor de la narradora.
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