El otro día vi cómo se le impidió el ingreso a una
mujer de escasos recursos a un centro comercial de la capital solo por el hecho
de ir vestida con atuendos desgastados, algo decolorados por el uso, y con
sandalias de hule. No había otra razón para impedirle el paso. Ella simplemente
llevaba el almuerzo que le habían encargado desde una oficina. El guardia del
local le dijo que debía ingresar por la puerta trasera (él dijo,
eufemísticamente, la puerta de cargamento), como recordándole que hay una
puerta para las personas normales y otra para las de su tipo. Por supuesto que
los repartidores de Get my food no
deben sortear el mismo obstáculo y entran por la puerta grande. Recordé,
entonces, que existe una palabra para nombrar esa actitud o, mejor dicho,
esa patología social: aporofobia. La acuñó, hace más de veinte años, la
filósofa valenciana Adela Cortina, pero hasta el pasado diciembre se incluyó en
el Diccionario de la Lengua Española. Proviene de los
vocablos griegos áporos (pobre)
y fobos (miedo),
y denota la deleznable propensión que tenemos de rechazar al pobre, al
marginado, al desamparado. En el reverso de esta escatológica conducta está lo
que Adam Smith llamó (¡en 1759!) el asombro por el rico y el encumbrado.
Cortina pensó la palabra en el contexto de la crisis de los inmigrantes y
refugiados de finales del siglo XX. No es tan cierto —dice— que se rechace al
extranjero por su condición de extranjería; se le rechaza por su condición de
pobre. Al turista se le recibe con los brazos abiertos porque lleva divisas,
pero al excluido se le levanta un muro. Sí, no importa si sucede con Trump o
con Víktor Orbán o con el guardia del centro comercial: se piensa que quien no
tiene nada que ofrecer solo genera problemas.
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