domingo, 25 de febrero de 2018

Aporofobia


El otro día vi cómo se le impidió el ingreso a una mujer de escasos recursos a un centro comercial de la capital solo por el hecho de ir vestida con atuendos desgastados, algo decolorados por el uso, y con sandalias de hule. No había otra razón para impedirle el paso. Ella simplemente llevaba el almuerzo que le habían encargado desde una oficina. El guardia del local le dijo que debía ingresar por la puerta trasera (él dijo, eufemísticamente, la puerta de cargamento), como recordándole que hay una puerta para las personas normales y otra para las de su tipo. Por supuesto que los repartidores de Get my food no deben sortear el mismo obstáculo y entran por la puerta grande. Recordé, entonces, que existe una palabra para nombrar esa actitud o, mejor dicho, esa patología social: aporofobia. La acuñó, hace más de veinte años, la filósofa valenciana Adela Cortina, pero hasta el pasado diciembre se incluyó en el Diccionario de la Lengua Española. Proviene de los vocablos griegos áporos (pobre) y fobos (miedo), y denota la deleznable propensión que tenemos de rechazar al pobre, al marginado, al desamparado. En el reverso de esta escatológica conducta está lo que Adam Smith llamó (¡en 1759!) el asombro por el rico y el encumbrado. Cortina pensó la palabra en el contexto de la crisis de los inmigrantes y refugiados de finales del siglo XX. No es tan cierto —dice— que se rechace al extranjero por su condición de extranjería; se le rechaza por su condición de pobre. Al turista se le recibe con los brazos abiertos porque lleva divisas, pero al excluido se le levanta un muro. Sí, no importa si sucede con Trump o con Víktor Orbán o con el guardia del centro comercial: se piensa que quien no tiene nada que ofrecer solo genera problemas.

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