El otro día que
fui a buscar algo para almorzar, un hombre iba adelante mío en la fila. El
lugar estaba visiblemente lleno: no había ninguna mesa para sentarse. El hombre
le preguntó a la mujer que nos atendía si se podían utilizar las mesas de
afuera. La mujer, siguiendo instrucciones quién sabe de quién, le dijo que no,
que solo podían usarse las de adentro. El hombre frunció el ceño y se
notó molesto. ¿Y entonces adónde quiere que me siente?, preguntó, alzando la
voz, como un reclamo ligeramente odioso. Luego explotó: ¡¿Adónde me siento? ¿Ve
algún lugar disponible?! La señora le respondió no solo con sentido común, sino
con humildad. Le dijo: puede preguntarle a alguien si quiere compartir una mesa
con usted. Enfadado, el hombre salió de la cola con su comida y, efectivamente,
compartió mesa con otro hombre. Cuando la muchacha despachó mi comida volteé a
ver al energúmeno. Estaba rezando, imagino que dándole las gracias a Dios por
los alimentos. No pude evitar sonreír al hacerme la idea de que el hombre que
lo acogió no era más que un amable ateo.
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