miércoles, 13 de marzo de 2019

De ateos amables


El otro día que fui a buscar algo para almorzar, un hombre iba adelante mío en la fila. El lugar estaba visiblemente lleno: no había ninguna mesa para sentarse. El hombre le preguntó a la mujer que nos atendía si se podían utilizar las mesas de afuera. La mujer, siguiendo instrucciones quién sabe de quién, le dijo que no, que solo podían usarse las de adentro.  El hombre frunció el ceño y se notó molesto. ¿Y entonces adónde quiere que me siente?, preguntó, alzando la voz, como un reclamo ligeramente odioso. Luego explotó: ¡¿Adónde me siento? ¿Ve algún lugar disponible?! La señora le respondió no solo con sentido común, sino con humildad. Le dijo: puede preguntarle a alguien si quiere compartir una mesa con usted. Enfadado, el hombre salió de la cola con su comida y, efectivamente, compartió mesa con otro hombre. Cuando la muchacha despachó mi comida volteé a ver al energúmeno. Estaba rezando, imagino que dándole las gracias a Dios por los alimentos. No pude evitar sonreír al hacerme la idea de que el hombre que lo acogió no era más que un amable ateo. 

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