¿Cómo se cuenta una ciudad? Para Reiux, quien nos relata los
acontecimientos que tuvieron lugar en Orán durante La peste, «el modo
más cómodo de conocer una ciudad es averiguar cómo se trabaja en ella, cómo se
ama y cómo se muere». Salvo el amor, ese éter, podemos medir los otros dos. Ni
la muerte ni el trabajo son realidades huidizas: el frío del cadáver se palpa
con la mano y al trabajo se le conoce por las horas y el salario.
Mientras se escribían las grandes novelas latinoamericanas, Julio Ramón
Ribeyro —«el orillero del boom»—, proponía sin quererlo otra fórmula, esta
geográfica: saber cómo se vive según la latitud. En Tres historias
sublevantes, trazó en tres relatos inmortales la vida de la selva, la
llanura y la costa del Perú. Andrés Neuman, viajero poco convencional, propuso
en Cómo viajar sin ver el método de la crónica relámpago, es decir, ir a
las ciudades y luego armarlas y desarmarlas no en sus totalidades, sino desde
sus fragmentos representativos.
Y está el método caníbal y sudaca de Martín Caparrós, que aprovecha todo
lo anterior, pero a lo que agrega inescrupulosas miradas de lo que, en
apariencia, está escondido. Esos hechos donde se entrecruzan el trabajo y la
muerte, el amor y el odio, lo gélido y lo cálido, las ventas ambulantes y los mega malls, los mendigos y los ricos,
los comercios y los bosques, los artistas y los asesinos. Caparrós dice (con
falsa modestia): «El periodismo siempre —se— engaña cuando cuenta un lugar,
porque cuenta del lugar lo extraordinario. No sabe —no sabríamos— contar las
millones de vidas, de cruces, de gestos menores que arman cualquier
espacio".
Claro que una cosa es hallar y contar las millones de vidas, de cruces,
de gestos menores que arman cualquier espacio, y otra es contarlo bien; claro
que no es lo mismo decir que La Habana es una ciudad vieja o antigua a decir
que es «una ciudad detenida en el tiempo. Una ciudad —que parece— detenida en
el tiempo. Una ciudad donde aquellos que prometieron un gran cambio detienen
todo cambio —en nombre de aquellos cambios que siguen prometiendo»; claro que
no es igual escribir «Caracas se encuentra en un valle montañoso» a decir que
«No hay capital en el mundo —creo que no hay capital en el mundo— que tenga
tanto verde. La belleza de un valle entre montañas tropicales: el cielo como un
rayo, los árboles sin mengua, el viento suave».
¿Cómo, entonces, se cuenta una ciudad? Investigando (porque una ciudad
es contexto), con los cinco sentidos al tope (porque una ciudad es un cuerpo viviente)
y leyendo y escribiendo omnívoramente (porque contar es hacer literatura).
Después está el Método Caparrós.