Robert
Skidelsky, economista y biógrafo de John Maynard Keynes, escribía
recientemente en un artículo: «Sus modelos [de la economía] de la conducta
humana no se basan en la observación rigurosa, sino en hipótesis que si no
están sacadas de la galera, están sacadas inconscientemente del entorno
intelectual y político del economista». Sobre esta observación adelantaremos nuestra tesis: el periodismo ayuda a que los modelos económicos se basen en la observación
rigurosa y no en supuestos apriorísticos que poco —o nada— tienen que ver con
la realidad.
En 1932, el
economista Lionel Robbins publicó el Ensayo
sobre la naturaleza y significación de la ciencia económica, uno de los
libros más influyentes del pensamiento económico. En plena crisis mundial, el
profesor de la London School of Economics
escribió la definición más popular de la economía, la cual, por su simpleza y
sentido común, ha perdurado hasta nuestros días a pesar de su evidente
insuficiencia: «a la ciencia económica le concierne el aspecto de la conducta
que proviene de la escasez de medios para lograr determinados fines».
La definición
explicaba —sigue explicando— mejor la conducta de una persona aislada que la de
una persona ombligada al entorno social concreto que proporciona una comunidad.
¡Como si lo que existiera primero fuera el individuo y no la sociedad! El uso
de Robinson Crusoe como ejemplificación de los argumentos provistos por Lionel
Robbins distaba mucho de ser un truco retórico o una creativa analogía, era, en
realidad, el inicio y el fin —es decir, una apología— de una economía basada en
el individualismo.
Aunque la
falencia epistemológica no fue advertida de inmediato (de hecho, sigue pasando
desapercibida), la economía crítica detectó el error por reductio ad absurdum. Como recordaba Joan Robinson en una
conferencia de 1969: «El profesor (ahora lord) Robbins publicó la famosa
definición de la economía como el estudio de la asignación de medios escasos
entre usos alternativos en 1932, cuando Gran Bretaña tenía tres millones de
parados y la renta nacional de los Estados Unidos se había reducido a la mitad
de su nivel anterior. Sin duda, el problema no era de medios escasos».
Cuatro años
después (1936) —todavía con los efectos de la crisis económica latiendo en las
potencias occidentales—, a partir de entrevistas, revisión de documentos
históricos, fotografías, mapas, actas judiciales y trabajo de campo, John
Steinbeck escribió una serie de crónicas para el San Francisco News que retrataban las migraciones interiores de Estados
Unidos desde los campos de algodón de Oklahoma hasta los viñedos de California,
donde familias enteras se desplazaban en busca de un trabajo y un lugar donde
vivir. Las crónicas que escribió Steinbeck se convertirían en el germen de Las uvas de la ira, uno de los mejores libros de la
crisis económica de 1929. John Steinbeck no era, desde luego,
economista, ni necesitó serlo: le bastó observar con rigor la realidad para
explicarnos mejor —sin hacer uso de los postulados del profesor Robbins— en qué
consiste el fenómeno económico en tiempos de crisis.
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