martes, 20 de agosto de 2019

Contar una ciudad


¿Cómo se cuenta una ciudad? Para Reiux, quien nos relata los acontecimientos que tuvieron lugar en Orán durante La peste, «el modo más cómodo de conocer una ciudad es averiguar cómo se trabaja en ella, cómo se ama y cómo se muere». Salvo el amor, ese éter, podemos medir los otros dos. Ni la muerte ni el trabajo son realidades huidizas: el frío del cadáver se palpa con la mano y al trabajo se le conoce por las horas y el salario.

Mientras se escribían las grandes novelas latinoamericanas, Julio Ramón Ribeyro —«el orillero del boom»—, proponía sin quererlo otra fórmula, esta geográfica: saber cómo se vive según la latitud. En Tres historias sublevantes, trazó en tres relatos inmortales la vida de la selva, la llanura y la costa del Perú. Andrés Neuman, viajero poco convencional, propuso en Cómo viajar sin ver el método de la crónica relámpago, es decir, ir a las ciudades y luego armarlas y desarmarlas no en sus totalidades, sino desde sus fragmentos representativos.

Y está el método caníbal y sudaca de Martín Caparrós, que aprovecha todo lo anterior, pero a lo que agrega inescrupulosas miradas de lo que, en apariencia, está escondido. Esos hechos donde se entrecruzan el trabajo y la muerte, el amor y el odio, lo gélido y lo cálido, las ventas ambulantes y los mega malls, los mendigos y los ricos, los comercios y los bosques, los artistas y los asesinos. Caparrós dice (con falsa modestia): «El periodismo siempre —se— engaña cuando cuenta un lugar, porque cuenta del lugar lo extraordinario. No sabe —no sabríamos— contar las millones de vidas, de cruces, de gestos menores que arman cualquier espacio". 

Claro que una cosa es hallar y contar las millones de vidas, de cruces, de gestos menores que arman cualquier espacio, y otra es contarlo bien; claro que no es lo mismo decir que La Habana es una ciudad vieja o antigua a decir que es «una ciudad detenida en el tiempo. Una ciudad —que parece— detenida en el tiempo. Una ciudad donde aquellos que prometieron un gran cambio detienen todo cambio —en nombre de aquellos cambios que siguen prometiendo»; claro que no es igual escribir «Caracas se encuentra en un valle montañoso» a decir que «No hay capital en el mundo —creo que no hay capital en el mundo— que tenga tanto verde. La belleza de un valle entre montañas tropicales: el cielo como un rayo, los árboles sin mengua, el viento suave».

¿Cómo, entonces, se cuenta una ciudad? Investigando (porque una ciudad es contexto), con los cinco sentidos al tope (porque una ciudad es un cuerpo viviente) y leyendo y escribiendo omnívoramente (porque contar es hacer literatura). Después está el Método Caparrós.

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