martes, 10 de marzo de 2020

A M.


Contrario al prototipo del vecino o vecina que pinchaba pelotas (o que soltaba una grosería cuando alguien correteaba en su patio), M. era quien mejor comprendía a los niños del vecindario donde transcurrió mi infancia (y donde sigo viviendo hasta ahora). No dejaba de ser paradójico, pues sus tres hijos siempre tuvieron una conducta ejemplar. Las travesuras que no hicieron ellos las hicimos nosotros. Y, para suerte nuestra, contábamos con alguien que sabía diferenciar la ingenuidad de las malas intenciones. 

Su hijo menor, F., me llevaba cuatro años de diferencia, pero eso no impidió que fuera él mi primer amigo en la nueva residencial a la que nos habíamos mudado. Durante varios años fue como un hermano mayor. Me enseñó dos programas de televisión que después se convertirían en imponderables aficiones: Dragon Ball Z y Samurái X. Entre muchas otras cosas, también fue él quien me enseñó a andar en patines y a jugar damas chinas, dos actividades que, aparte del fútbol, absorbían mis tardes cuando llegaba del colegio. 

Nunca olvidaré que después de pasar jugando por horas en su casa, M. me invitaba a cenar con ellos. Mi papá y mi mamá no dejaban de estar avergonzados porque su hijo de siete años pasaba más tiempo en una casa ajena, como un pequeño intruso al que hay que convidar a regañadientes. Pero no era el caso: la familia de M. me acogió siempre con afectuosidad, como si yo fuera un miembro más de la familia. Siendo ellos una familia católica, esos años han sido los únicos en los que recuerdo haber hecho una oración antes de empezar la cena. 

El tiempo fue arrasando con todo. F. se convirtió en un adolescente que ya no estaba interesado en jugar con niños menores. Yo hice otros amigos más cercanos a mi edad. Se esparció el Internet, los celulares y los videojuegos de avanzada. Aquella relación fue atenuándose, como ocurre casi con cualquier vínculo en las residenciales hipermodernas de hoy, donde la tecnología encapsula la vida de las personas. Nuestros vecinos, que antes eran personas individuales de quienes conocíamos sus historias y biografías íntimas, cuyas historias además se entretejían diariamente con las nuestras, hoy no son más que seres anónimos de quienes no sabemos nada, acaso solo la marca de su automóvil. 

Inmerso en la vorágine abstracta del tiempo y la ciudad, dejé de hablar con M., F., y su familia. Se volvieron unos rostros anónimos más. De pronto, aquella familia empezó a hacerse más grande. Aparecieron otras caras, nietos quizá, sobrinos, pero ya ninguno tenía nombre. F. se fue y hasta el día de hoy desconozco su paradero. Con quienes quedaron, nuestra única interacción pasó a ser un saludo, cuando nuestros caminos por el azar y la rutina se cruzaban a la salida de la residencial. Ayer, de golpe, esos caminos se cruzaron: recibí la noticia de que M. tiene cáncer en fase terminal. Que está postrada en cama. Que esa mujer de amabilidad infinita y hábitos saludables, quien hizo que mi infancia fuera mejor de lo que pudo haber sido, está muriendo. 

Tarde o temprano, esa terrible enfermedad —«el cáncer es un faraón que construye con retraso y previsión su tumba subterránea», escribió Gonzalo Millán en su diario Veneno de escorpión azul—se llevará de nuevo a alguien conocido. Y pienso que lo más angustioso no es decir que los días de esa persona están contados, pues todos tenemos los días contados y podemos morir súbitamente, sino tener la certeza de que no se verá crecer al árbol recién sembrado, que no se pasará otro cumpleaños al lado del ser querido, que no se volverá a disfrutar un paisaje recóndito y añorado. Que uno está con esa sensación permanente de estar ya encerrado en un féretro. 

Sé que con M. se irán algunos de los recuerdos más felices de mi niñez. Sé que, aunque nos convertimos en unos extraños, echaré en falta verla salir en su carro y dirigirme un saludo con la mano; verla recorriendo la senda con sus nietos; verla afuera de su casa tomando el sol junto con su esposo. 

Uno agradece cuando ya es demasiado tarde, siempre en los epílogos.

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