Contrario al prototipo
del vecino o vecina que pinchaba pelotas (o que soltaba una grosería cuando
alguien correteaba en su patio), M. era quien mejor comprendía a los niños del
vecindario donde transcurrió mi infancia (y donde sigo viviendo hasta ahora).
No dejaba de ser paradójico, pues sus tres hijos siempre tuvieron una conducta
ejemplar. Las travesuras que no hicieron ellos las hicimos nosotros. Y, para
suerte nuestra, contábamos con alguien que sabía diferenciar la ingenuidad de
las malas intenciones.
Su hijo menor, F., me
llevaba cuatro años de diferencia, pero eso no impidió que fuera él mi primer
amigo en la nueva residencial a la que nos habíamos mudado. Durante varios años
fue como un hermano mayor. Me enseñó dos programas de televisión que después se
convertirían en imponderables aficiones: Dragon
Ball Z y Samurái X. Entre muchas
otras cosas, también fue él quien me enseñó a andar en patines y a jugar damas
chinas, dos actividades que, aparte del fútbol, absorbían mis tardes cuando
llegaba del colegio.
Nunca olvidaré que
después de pasar jugando por horas en su casa, M. me invitaba a cenar con
ellos. Mi papá y mi mamá no dejaban de estar avergonzados porque su hijo de
siete años pasaba más tiempo en una casa ajena, como un pequeño intruso al que
hay que convidar a regañadientes. Pero no era el caso: la familia de M. me
acogió siempre con afectuosidad, como si yo fuera un miembro más de la familia.
Siendo ellos una familia católica, esos años han sido los únicos en los que
recuerdo haber hecho una oración antes de empezar la cena.
El tiempo fue arrasando
con todo. F. se convirtió en un adolescente que ya no estaba interesado en
jugar con niños menores. Yo hice otros amigos más cercanos a mi edad. Se
esparció el Internet, los celulares y los videojuegos de avanzada. Aquella
relación fue atenuándose, como ocurre casi con cualquier vínculo en las residenciales
hipermodernas de hoy, donde la tecnología encapsula la vida de las personas. Nuestros
vecinos, que antes eran personas individuales de quienes conocíamos sus
historias y biografías íntimas, cuyas historias además se entretejían
diariamente con las nuestras, hoy no son más que seres anónimos de quienes no
sabemos nada, acaso solo la marca de su automóvil.
Inmerso en la vorágine
abstracta del tiempo y la ciudad, dejé de hablar con M., F., y su familia. Se volvieron
unos rostros anónimos más. De pronto, aquella familia empezó a hacerse más
grande. Aparecieron otras caras, nietos quizá, sobrinos, pero ya ninguno tenía
nombre. F. se fue y hasta el día de hoy desconozco su paradero. Con quienes
quedaron, nuestra única interacción pasó a ser un saludo, cuando nuestros
caminos por el azar y la rutina se cruzaban a la salida de la residencial.
Ayer, de golpe, esos caminos se cruzaron: recibí la noticia de que M. tiene
cáncer en fase terminal. Que está postrada en cama. Que esa mujer de amabilidad
infinita y hábitos saludables, quien hizo que mi infancia fuera mejor de lo que
pudo haber sido, está muriendo.
Tarde o temprano, esa
terrible enfermedad —«el cáncer es un faraón que construye con retraso y
previsión su tumba subterránea», escribió Gonzalo Millán en su diario Veneno de escorpión azul—se llevará de
nuevo a alguien conocido. Y pienso que lo más angustioso no es decir que los
días de esa persona están contados, pues todos tenemos los días contados y podemos
morir súbitamente, sino tener la certeza de que no se verá crecer al árbol
recién sembrado, que no se pasará otro cumpleaños al lado del ser querido, que
no se volverá a disfrutar un paisaje recóndito y añorado. Que uno está con esa sensación
permanente de estar ya encerrado en un féretro.
Sé que con M. se irán
algunos de los recuerdos más felices de mi niñez. Sé que, aunque nos
convertimos en unos extraños, echaré en falta verla salir en su carro y dirigirme
un saludo con la mano; verla recorriendo la senda con sus nietos; verla afuera
de su casa tomando el sol junto con su esposo.
Uno agradece cuando ya
es demasiado tarde, siempre en los epílogos.
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