1
El cardenal Vincenzo Cerami juntó
las manos, cerró los ojos y empezó la oración. Oraba por él y por quienes en
ese momento viajaban en el tranvía. Su postura suplicante parecía cubrir con un
escudo invisible el vagón semivacío: el escudo de Dios. Apartó sus manos y
volvió en sí. Dijo: «Il Signore ci
proteggerà da questa malattia». El cardenal se bajó en la Piazza del
Risorgimento. Sintió un escalofrío, se estremeció. Después, estornudó.
2
La casa estaba deshabitada desde
hacía una semana. Sus dueños se habían ido a pasar las vacaciones a París.
Aníbal era analfabeto, pero había escuchado el rumor de que los viajeros que
quisieran retornar al país iban a estar aislados. Sin vacilar rodeó la casa y
se internó por el jardín. Abrió fácilmente la puerta trasera y entró. Destapó
unas cervezas importadas que encontró en la nevera. Se deleitó con un jamón
ibérico. Se bañó: tenía un mes y medio de no hacerlo. Fue al armario y se
vistió como un gentleman inglés. Desde la ventana de la habitación principal,
se miraban las otras casas vacías. Y vio cómo empezaban a encenderse los focos
de par en par y a moverse las persianas. Otros, tantos, empezaban a llegar.
3
El perro iba caminando por la calle,
pensando: «ya no quiero que digan que soy el
mejor amigo del humano. Ahora nos
echan la culpa a nosotros de propagar este virus; quieren abandonarnos como ellos
mismos abandonan a sus crías: en el tacho de la basura. Yo los he visto, he olido
el miedo de los niños. Qué culpa tenemos nosotros de que ellos trafiquen con
animales y que devasten el planeta y que alteren con químicos el aire y el
suelo. Ya no me digan que soy su mejor amigo». El perro dejó de pensar, se le
cruzó un olor a comida.
4
Nadie supo exactamente qué hizo aquella mujer para no
contraer el virus. Los hombres infectados le escupían, la manoseaban, le
restregaban los pegostes de esputo en la cabeza. Ella siguió ahí, impasible y
resistiendo. Se reía de la debilidad de los hombres. Ellos fallecieron a la
mañana siguiente.
5
Los vi por la ventana. Creían que estaban escondidos.
En ese momento era prohibido andar en la calle, estar cerca, tocarse. El virus
estaba esparciéndose a borbotones. Estado de sitio. Emergencia. Alerta roja.
Cataclismo. Pero allí estaban los dos: él tomándola del brazo, ella reclinada
en su hombro. ¿Qué les importaba la peste? Ni las cámaras ni los drones que
sobrevolaban la ciudad los habían visto. De repente, yo, espiando como un
voyeur, veo acercarse a los uniformados. Y les grité: ¡Ahí vienen los milicos! Se fueron corriendo, escaparon. A mí, en cambio, en quince minutos me dan la cena en el
centro de detención. Nunca he estado más feliz.
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