Junio 1
Raúl Prebisch sostiene: «las ideologías suelen seguir con retraso
a los acontecimientos o bien sobrevivirles demasiado».
La pandemia ha servido como un examen de rayos X. Otros la han calificado
como una «gran vidriera». En redes sociales —recordó la feminista y académica
costarricense Juliana Martínez Franzoni— alguien escribió: «No estamos en el
mismo barco, estamos en el mismo mar y hay unas personas en yate, otras
personas en bote, otras personas en salvavidas, otras personas nadando con
todas sus fuerzas. Algunas personas están nadando con todas sus fuerzas
empujando los botes de otros».
Siempre en la entrevista a Juliana Martínez Franzoni, dice: «El
distanciamiento físico obligatorio y la reclusión en el ámbito doméstico de la
ciudadanía genera dos cambios fundamentales. Uno es el desplome de los ingresos
y, más aún en los trabajos más precarios e informales. Recordemos que las
mujeres se encuentran desproporcionadamente ubicadas en ese tipo de trabajos.
El otro cambio involucra dimensiones de la vida que normalmente tienen lugar
fuera del ámbito doméstico, como la escuela, el centro de salud, el apoyo psicológico,
la recreación, y que ahora se concentran en ese ámbito doméstico. Eso tiene una
implicancia directa en la vida de las mujeres, que están aún más sobrecargadas.
Esto no es algo nuevo, sino que se exacerba con el Covid-19. Las mujeres hacemos
malabarismos trabajando, cuidando, siendo maestras, psicólogas y doctoras».
Ahora los gobiernos están preocupados por el déficit fiscal, sobre todo en
un país dolarizado como El Salvador, donde las restricciones financieras son
mayores. Pero, en paralelo, como ha señalado la economista feminista Nancy
Folbre, la pandemia nos ha dejado una lección: que, si los gobiernos hubieran
estado igual de atentos al «déficit de los cuidados» como al déficit fiscal,
hubiéramos estado en mucho mejor forma para enfrentarnos a este evento. No pasó
así. Pero ahora no podemos olvidar este déficit de cuidado para la
reconstrucción. O no habremos aprendido nada.
Junio 4
La discusión sobre la Renta Básica Universal (RBU) es necesaria. Se ha
empezado en varios países, en algunos donde incluso ya empieza a ser una
realidad. España recientemente aprobó un ingreso mínimo vital, acotado, no
universal, que ha sido aplaudido incluso por el FMI, institución que ha sido
históricamente reacia a estas medidas. En América Latina, está recibiendo un
impulso fuerte por la CEPAL. En El Salvador, el debate ha sido canalizado por
el ICEFI. El debate no puede continuar eludiéndose. Lo que debe discutirse, con
la seriedad que merece, son sus alcances y sus fuentes de financiamiento. Pero
hay otra discusión también impostergable: el profesor Agustín Salvia, del
Observatorio de la Deuda Social de la UCA de Argentina, ha insistido en que, si
bien la RBU tiene sus ventajas, en América Latina no solo debe hablarse de un
ingreso mínimo, sino de un empleo mínimo garantizado. Para Salvia, la RBU
constituye, en suma, una asignación compensatoria frente a la ausencia de un
empleo digno, con remuneración digna. La apreciación es pertinente, dados los
mercados laborales precarizados y des-asalariados de nuestros países. ¿Por qué
no pensamos en un empleo mínimo garantizado en lugar de un ingreso mínimo? ¿Por
qué no una combinación de ambas?
Junio 5
El devenir del Estado ha estado en el centro de los debates sobre el
futuro, sobre la pospandemia, sobre este horizonte político incierto. Para algunos
autores, como Giorgo Agamben o Byun Chul-Han, nos aproximamos hacia una suerte
de Leviatán Digital, un Estado que podría operar permanentemente como en un
estado de excepción, coartando libertades, sobre todo a partir de la
videovigilancia, del control de nuestras pulsaciones, movimientos,
temperaturas. En suma, un Estado más autoritario, indistintamente de su
participación en la economía. Amplias corrientes también nos advierten de que
nos aproximamos hacia un nuevo Estado de Bienestar, como aquel surgido del
espíritu del 45, más participativo de la actividad económica, más presente en
las áreas que más se han visto afectadas por la pandemia: el área educativa, la
salud pública, la regulación ambiental, los cuidados. El ala más progresista de
esta corriente ha empezado hablar de un Green
new deal, un gran pacto verde. En América Latina, este mismo concepto se
traduce en un pacto ecosocial, como lo ha llamado Maristella Svampa. En estos
discursos lo que se observa es un Estado que no sufre modificaciones respecto
al poder; más bien se vuelve omnipotente. La idea hayekiana de un Estado mínimo
parece destruida. Pero no es ninguna victoria para los progresismos. Podríamos
aproximarnos a una suerte de Estado anfibio, como lo califica Álvaro García
Linera, siempre incierto, caótico, tensado por la acumulación de capital y las
nuevas demandas políticas que empiezan a surgir en todo el mundo.
Junio 6
La cruzada transnacional contra la “ideología de género” proviene de dos
fuentes: la primera, del fundamentalismo religioso; la segunda, de un
secularismo estratégico. Religión, normas y ciencia. No hay discurso
reaccionario y conservador que no esté cargado de estos elementos. Pero estos
grupos y consorcios, financiados por iglesias evangélicas y neopentecostales,
no son grupos anti-género o contra el género, como usualmente pensamos. Son
grupos restauradores de un ordenamiento de género, que es inclusive peor. Pero
esto no lo dicen.
Los estudios de economistas anglosajones y europeos hacen énfasis en que
primero hay que conservar la salud. Bajo las metodologías del costo-beneficio,
arguyen que las pérdidas económicas son menores a los beneficios que se ganarán
por haber salvado millones de vidas. Esther Duflo y Bernerjee, los últimos
ganadores del Nobel de Economía, han insistido en este enfoque. Paul Krugman
también y lo ha resumido en la siguiente frase: «para qué salvar al PIB si este
te mata». Para mantener las cuarentenas, resguardando así a las personas,
recomiendan unánimemente apoyar a la fuerza de trabajo y a las empresas con
transferencias monetarias. Enhorabuena para los países desarrollados que pueden
hacerlo, como Alemania, cuyo sector público le aseguró más del 80% del salario
a toda su fuerza laboral. Pero El Salvador no es Alemania ni Noruega, países
que suelen ser ejemplos para reafirmar los diagnósticos de los economistas. La
gestión del confinamiento en el país tuvo que partir de un análisis situado,
contextualizado, de las implicaciones que tiene el encierro en un país cuya
inmensa fuerza laboral se gana su ingreso en la calle o en el espacio público,
y cuyo Estado es, por decirlo suave, débil y desestructurado. Ni siquiera
quiero meterme al debate epistemológico que supone esa falsa dicotomía entre la
salud y la vida. A un nivel más superficial, debemos pensar nuestra realidad,
nuestros abordajes, desde un análisis situado, y no repetir consignas eurocéntricas
como paradigmas de la verdad.
Cierta izquierda aún
no ha reparado que, tan dañina como la fe ciega en el mercado, es la estadolatría.
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En otros países, el pueblo ha entendido que quien maneja un país a punta
de engaños y de enfrentar a unos contra otros amenazando con armas no merece
ninguna lealtad. En El Salvador, tras dictaduras militares, un conflicto civil
y sucesivos gobiernos embusteros, aun celebramos la mentira y la fuerza bruta. Como
si nos empecináramos a representar el apotegma de George Santayana: «aquellos
que no recuerdan su pasado están condenados a repetirlo». Pero este no es un
trágico destino, sino el reflejo de una identidad que se moldeó con la represión
y la exclusión social. El historiador salvadoreño Roberto Turcios la explica con
la siguiente frase: «El autoritarismo en El Salvador tiene base popular». Y es
esta característica de la identidad nacional la que define el amplio apoyo que
tiene todavía Nayib Bukele, la misma que provoca los aplausos de la masa cuando
monta sus paroxísticos performances militares o cuando despotrica contra sus
adversarios, como el líder que tiene un poder absoluto y la varita mágica para
resolver los problemas del país.
Markus Gabriel reflexiona sobre el papel que las redes sociales están
jugando en la destrucción de la democracia liberal, con el ascenso de gobiernos
populistas y autocráticos en todo el mundo. Para Markus, lo que el populismo
promete son soluciones sencillas a problemas inexistentes. Por lo tanto, las
redes se convierten en un instrumento de propaganda y manipulación sin
precedentes. Se resume en la siguiente frase: «Trump no es el problema. El
problema es Trump con Twitter».
Junio 10
La construcción del gasoducto de gas natural Nord
Stream 2, que está siendo construido en alta mar desde Víborg en Rusia hasta Greifswald en Alemania,
es un ejemplo del estado actual de las tensiones geopolíticas en marcha,
derivadas de un modelo asentado en la extracción de recursos no renovables. Por
una parte, tensiona con la propuesta europea de transitar hacia energías más limpias
y diversificadas; por otra, tensiona con EE.UU y sus exportaciones de gas
natural licuado, realizado a través del fracking. Lo que nos muestra es que el
capitalismo extractivo tiene mucha vida por delante, al menos hasta donde los
límites mismos de la Tierra lo detengan; límites, valga decir, que serán los
umbrales de nuestra propia extinción. Si pensábamos que la pandemia iba a
modificar los extractivismos, basta recordar dos hechos que tienen más cosas en
común de las que parece. Una es que, en algunos países del sur, como en Perú,
las actividades mineras nunca se detuvieron. La segunda, de suyo impresionante,
es la lucha ya pública entre EE.UU, China y Rusia por apropiarse de los
recursos naturales que hay en el subsuelo lunar. Por hoy, esto último es
todavía ciencia ficción. Pero recordemos que poner un pie en la luna también lo
fue en algún momento de nuestra historia.
El panorama político del país asusta por muchos
motivos, no solo por la gestión de la pandemia y los exabruptos del presidente,
sino por el movimiento que está incubándose en el seno de la «barriada»
alrededor del partido Nuevas Ideas, que es —también— un movimiento alrededor
del mismo Bukele y su familia. En un artículo reciente, Federico Finchelstein (historiador
de la New School for Social Research) y Jason Stanley (filósofo de la
Universidad de Yale), escribían sobre las tres condiciones que posibilitan el
triunfo de lo que ellos llaman fascismo. (Dejaré a un lado la discusión sobre
el fascismo en el país, ya que existe una interpretación —a mi juicio errónea—,
de que ya estamos frente a un gobierno fascista). El fascismo —dicen los
autores— triunfa cuando no hay oposición multipartidista; cuando la policía y
la fuerza armada no están del lado de la Constitución; y cuando el periodismo
no revela los abusos del poder. Creo que todos estaremos de acuerdo en que ni
la primera ni la segunda condición, después de febrero 2021, estarán cumpliéndose.
Quedará, posiblemente, solo lo último. De ahí el rol protagónico del periodismo
en el porvenir político del país.
Junio 12
Los editoriales de El diario de hoy representan al
pensamiento fósil de este país, el reaccionarismo puro. Una de estas
editoriales, escrita recientemente, se titula: «La desigualdad surge de
conductas, no de discriminaciones». Por supuesto, el pobre se quedó pobre
porque le faltó esfuerzo.
Como señala Darío Z, aunque hablemos de un fin de la
cuarentena, esta quedará como en términos «espectrales». Existirá una incertidumbre
que no vamos a sacudirnos, porque el virus seguirá ahí afuera, y con él la posibilidad
real de enfermar o morir, hagamos lo que hagamos. Pero, aunque el virus dejara
de existir repentinamente, hay actividades que posiblemente nunca volverán a
ser las mismas. Esta cuarentena espectral tendrá consecuencias negativas para
la economía, desde luego, pero también para la existencia misma.
Junio 15
Se ha empezado hablar de una vuelta a la normalidad,
pero yo sigo preguntándome qué es la normalidad. El psicólogo Pierre Weil acuñó
el término «normosis» para referirse a esa actitud patológica de aferrarnos a
un patrón normal, aunque este consista en ir en un vagón a 300km/h directo a un
precipicio. Y la normalidad es justamente ese vagón que está al borde del
despeñadero, como nos ilustró Snowpiercer.
La consigna popular de las cuarentenas ha sido clara: «no podemos volver a la normalidad,
porque la normalidad es el problema». Entonces ¿a qué normalidad nos dirigimos? ¿qué habrá
más allá de nuestras puertas cuando salgamos triunfantes con nuestras
mascarillas, como sobrevivientes de una guerra?
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