Notas sobre
el último libro del politólogo español:
El paciente
cero eras tú. Pasajes políticos en tiempos de coronavirus (Editorial Akal,
2020).
1 La pandemia
hizo que el Estado volviera a ocupar un rol central en la política pública,
para disgusto de Nozick y sus partidarios. Pero el Estado no emerge sin sus
paradojas constitutivas. Tiene al menos dos. La primera la ha señalado la
filósofa feminista Virginia Cano, recordando una cita de Hölderlin: «Allí donde
está el peligro, crece también lo que salva». Lo que salva es el Estado, los
sistemas sanitarios públicos, la legislación para quedarse en casa. Pero Cano
advierte que durante la pandemia «donde está lo que nos salva, crece también el
peligro». El peligro es el Estado, el autoritarismo, los dispositivos de
vigilancia, los disparos de los cuerpos de seguridad. Igual de paradojal es el
hecho señalado por J.C Monedero en su libro (y esta es la segunda paradoja),
cuando advierte lo siguiente: «El Estado es la máquina más perfecta de producir
obediencia». Se trata de la visión weberiana que describe al Estado como el
monopolizador de la coerción. Pero esto, sin duda, no es suficiente. Y Monedero
señala: «Durante la pandemia, no nos hemos quedado confinados solo por el temor
a las multas. Obedecemos, es cierto, por la capacidad del Estado para ejercer
la violencia con las armas, las sanciones y la cárcel. Pero también por la
responsabilidad última que tiene en lograr la inclusión social». Es que el
Estado es un monopolio de la coerción, pero también una comunidad. Pensar el
Estado: ese es el desafío.
2 El tiempo es
una cosa rara. Recuerdo la famosa cita de San Agustín que solía repetir Borges:
«¿Qué es el tiempo? Si no me lo preguntan lo sé. Si me lo preguntan, lo
ignoro». Imagino que pronto saldrá un ensayo dedicado al tiempo pandémico: ese
torrente espectral que para algunos se ha extendido, para otros se ha
contraído, para otros ha seguido en la misma dinámica. Pensemos en toda esa
fuerza laboral que no ha dormido, ya sea porque está atendiendo a los pacientes
infectados del virus o procurando que los alimentos lleguen a las bocas
confinadas. J.C Monedero recuerda este extraño fenómeno. Y dice: «La pandemia
detuvo el tiempo. Las cosas relevantes para una buena vida siempre necesitan
tiempo».
3 La pandemia
nos está enseñando muchas cosas. Entre tantas, una de ellas es la política. O
mejor dicho: el ejercicio de la política. O mejor dicho: el ejercicio del
poder. De pronto, grupos de WhatsApp que eran alérgicos a noticias relacionadas
con la política se han llenado de ellas. Porque, en cierta forma, quizá nunca
la toma de decisiones de los gobernantes era una cuestión de vida o muerte. Es
la necropolítica a flote. Amigos que no entendía nada de mayorías calificadas
en la Asamblea Legislativa, hoy se han vuelto expertos en procedimientos
legislativos. Y una de las enseñanzas más notorias es que el poder no puede
ejercerse buscando unanimidades. «El Estado —dice J.C Monedero— puede poner una
vela a Dios y otra al diablo. Es capaz de aplicar un Ingreso Mínimo Universal y
de obligar a que los que más tienen más contribuyan. Y también es capaz de dar
cobijo a una rebelión de generales, a conspiraciones de jueces o a colocar una
parte de su lógica fuera de todo control democrático en eso que vamos llamando Deep State». Juan
Domingo Perón no conoció el Deep State, pero esto
no es más que la confirmación de su conocida frase: «En política hay que ceder
el cincuenta por cien siempre que uno se quede con el cincuenta por cien más
importante». La gestión de la pandemia ha desnudado brutalmente el ejercicio
del poder. Desnuda a los gobernantes.
4 El
movimiento zapatista sacudió varios cimientos de la política. Lo ha recordado
recientemente la escritora mexicana Guadalupe Nettel en una entrevista con el
también mexicano Antonio Ortuño. Corría el año 1993, próximo a firmarse el
tratado de libre comercio con Estados Unidos, y el zapatismo exclamó: los
pueblos originarios también existen, volteen a vernos. Era una insurrección
contra décadas de marginalización priista. Pero el zapatismo también ha
expresado en una frase la potencialidad de una nueva política. Contrario a la
idea weberiana del Estado como el monopolio de la coerción (o que los que
mandan manden mandando), el EZLN exclama: «que los que mandan manden obedeciendo». El poder,
así, se entiende como un ejercicio delegado. Se manda
obedeciendo, no se manda mandando. J.C Monedero lo ha recordado, pero sin este
trasfondo latinoamericano. Y dice: «Depende de la ciudadanía, que quizá
obedezca las órdenes sin rechistar o quizá recuerde que, en democracia, se
manda obedeciendo». ¿Qué decir de nuestro país que tiene un gobierno con un
amplio apoyo popular? Ha mandado mandando, ha mandado con autoritarismo.
Durante la pandemia no hemos visto ninguna potencialidad para una nueva
política.
5 Dice J.C
Monedero: «El capitalismo en su fase financiera está herido de muerte, pero va
a morir matando».
6 Izquierda y
derecha. En El Salvador está en boga gracias al surgimiento de Nuevas Ideas y
Nuestro Tiempo y a la decadencia de Arena y el FMLN. La bandera de la posideología
está ganando, pero porque la posideología es solo la máscara de la derecha
populista de este tiempo. J.C Monedero escribe: «La derecha ha ganado tantas
veces a la izquierda porque sus análisis son más realistas. Y en las sociedades
capitalistas hay un tercio de la población que está dispuesta a convivir e
incluso liberar las cadenas de cualquier pesadilla». En Brasil esa pesadilla se
llama Jair Bolsonaro, quien expresó: «Yo soy la Constitución». Ha faltado poco
para que Nayib Bukele pronunciara lo mismo. Bueno, digamos, le ha faltado
síntesis a sus performances y monólogos interminables durante la pandemia. A
nadie le cuesta imaginarlo decir: «Yo soy la Constitución». Al igual que
Monedero, el sociólogo filipino Walden Bello advierte que la derecha está mejor
posicionada para sacar ventaja de esta crisis. Estamos siendo partícipes de una
reapropiación de narrativas: la derecha habla de proteccionismo, de volver a
hacer grandes a los países, de luchar contra las élites. La izquierda está
debilitada. En Brasil, como en nuestro caso, se debilitó debido a que sus
programas sociales y económicos fueron demasiado similares al neoliberalismo
que decían combatir. Desde entonces, sobre todo en nuestro país, la izquierda
está deslegitimada, sin voces frescas, sin ninguna agenda concreta y con los
movimientos sociales desarticulados. La derecha gana, por realista, por
demagógica, porque incluso ha sabido apropiarse mejor de los algoritmos que
moldean las conciencias de la sociedad.
7 Una de las
últimas noticias de las que ya nadie sabe si son verdaderas o falsas, o si solo
circulan como meras especulaciones que terminan haciendo más daño que bien,
decía que la COVID-19 podía esparcirse por el aire. La noticia la difundió la
Organización Mundial de la Salud. Alarmante, desde luego, porque a falta de
referencias uno revive las escenas de Outbreak, la
película de Wolfgang Petersen, como esa en la que decenas de personas se
contagian de un virus en una sala de cine. Si esto fuera verdad, no es menos
cierto que —como dice J.C Monedero— «la estupidez se transmite también por el
aire». Hay dichos de dichos y hechos de hechos. Sabemos que Donald Trump mandó
a inyectarse cloro directamente en las venas. El ministro de salud de Chile,
Jaime Mañalich, que terminó destituido, dijo: «¿Qué pasa si [este virus] muta y
se pone buena persona?». En
nuestras latitudes, el presidente Nayib Bukele dijo que en África algunas
bebidas carbonatadas llevaban hidroxicloroquina para prevenir las picaduras de
zancudos. La estupidez ha sido, a veces, mucho más contagiosa que el virus.
John Carlin ha hablado del «covidiotismo». Y así.
8 Dice J.C
Monedero: «El poscovid-19 va a ser una gran conversación». Ojalá sea así en
nuestro país, y no un monólogo interminable (o un diálogo entre el presidente y
Dios) como lo fue, y lo sigue siendo, la pandemia. Y recuerda una cita de
Bertrand Russell: «un optimista es un idiota simpático y un pesimista un idiota
antipático».
9 J.C Monedero
se equivoca en su apreciación sobre la debilidad de la izquierda. Dice: «La
señal más evidente de la debilidad de la izquierda está en que sus propuestas
suelen quedarse en deshacer los rotos creados o agravados por el
neoliberalismo: de-crecer, des-globalizar, des-patriarcalizar, des-mercantilizar…».
Se equivoca porque ninguno de estos «rotos» fue creado, aunque sí algunos de
ellos se agravaron, con el neoliberalismo. Por lo demás, es impensable una
izquierda que no sea anti-patriarcal y des-mercantilizadora.
10 La debilidad
en la que estamos de acuerdo es la siguiente: «Otra señal de esa debilidad está
en que las propuestas socialdemócratas hoy parecen bolcheviques. Un joven no
entiende por qué el mes de vacaciones pagado sea un derecho humano reconocido
en la Declaración Universal de 1948».
11 El filósofo
Markus Gabriel recuerda a menudo que el peligro real para las sociedades no es
un Trump, sino un Trump con Twitter. Y es que es una observación exacta.
Terraplanistas y antivacunas seguro los hubo siempre, pero nunca los hubo con
un micrófono llamado redes sociales. Para las redes la opinión de un
terraplanista está al mismo nivel que la de —por decir algo— un físico teórico
del CERN. Incluso puede tener más adeptos, qué duda cabe. Y en la pandemia las
redes han tenido un papel tóxico, como tóxicas lo son a menudo. J.C Monedero lo
explica en la siguiente frase: «La capacidad virtual de las redes convierte a
todo el mundo en epidemiólogo». El covidiotismo de John Carlin al que nos
referimos antes está potenciado por las redes sociales. Cualquier persona con
gabacha puede emitir una opinión que será reproducida por los cientos de
crédulos que dirán amén a sus palabras. Si alguien con gabacha expresa que la
COVID-19 puede curarse colgándose sapos de las orejas, tendrá audiencia. Y habrá
quienes le creen, porque uno no sabe quién está del otro lado escuchando.
12 ¿Cuáles son
los grandes temas que se deben incorporar a los análisis económicos y de
políticas públicas? — le preguntan en un programa televisivo a Carmen Aída
Lazo, decana de la facultad de economía de la ESEN. Y contesta, palabras más
palabras menos: «el cambio climático, el crecimiento poblacional, los cuidados
y la transformación digital». Son temas urgentes y de gran importancia. Si hay
que incorporarlos es porque en
un determinado tipo de ciencia social (y económica, en específico) siempre
estuvieron ausentes. Pero esta historia está incompleta. Desde décadas atrás
distintas corrientes de pensamiento —sobre todo nacidas en Latinoamérica, como
la teoría de la dependencia y algunas vertientes de la
teoría de género— rescataban la mayoría de estos elementos para explicar la
dinámica social. En el mundo anglosajón, la bioeconomía de Nicholas
Georgescu-Roegen es un ejemplo más que claro. La respuesta más sincera que debemos
dar es que no hay que incorporar nada, sino desaprender los paradigmas con los
que, hasta antes de la pandemia, analizábamos los fenómenos sociales y estudiar
todo de nuevo. Immanuel Wallerstein hacía el llamado a impensar las ciencias
sociales y es justamente eso lo que la pandemia nos ha mostrado con brutalidad.
Algunos conocimientos datan, incluso, de mucho atrás, de quinientos años atrás.
Esto es lo que señala J.C Monedero sobre la teoría de Gaia: «Los indígenas
americanos hablan de la Pachamama, de la madre tierra, a la que hay que
respetar. Occidente se reía de ellos y los veía exóticos. Los científicos más
reputados del planeta saben ahora que tenían razón». El planeta tierra como un
gran ente vivo que se autorregula y que, si quisiera, nos aniquilaría.
13 ¿Quién es,
entonces, el paciente cero? Monedero respondería: el capitalismo. Porque nos
abocamos a una cultura del consumismo desenfrenado, porque nuestros sistemas
agroindustriales están aniquilando los hábitats naturales, porque —como dice
Rob Wallace— las grandes granjas crean grandes gripes, porque mercantilizamos
la salud, la educación, la cultura y la ciencia, porque nunca nos interesamos
por el cuidado de los otros. El paciente cero tiene menos que ver con una
persona que comió un caldo de murciélago en un mercado de Wuhan, como este
orden socioeconómico que pone en el centro el beneficio a costa de la vida.
14 «El
neoliberalismo mata y el coronavirus te remata».
15 El
tratamiento del capitalismo de plataformas o del capitalismo de vigilancia
ocupa un lugar central en este libro. Monedero reflexiona a partir del shock
digital (o el screen new deal) vaticinado
por Naomi Klein y la obra Surveillance
Capitalism de Shoshana Zuboff. En otro sentido,
Markus Gabriel ha hablado de que la pandemia acelerará el devenir de un
precariado digital. Nos podría esperar un futuro en el que la tecnología,
ciertamente, sea la ordenadora de nuestras vidas, conscientes o inconscientes
de ello.
16 ¿Hay,
entonces, esperanza? ¿Cómo puede construirse una mejor sociedad después del
coronavirus? El manifiesto pos-covid-19 recogido en el libro es elocuente al
respecto, porque recoge una agenda mínima para ello. Una agenda mínima que
tiene mucho en común con las agendas propuestas por movimientos sociales y
académicos en América Latina, como, por ejemplo, el llamado a un nuevo «pacto
ecosocial y económico», basado en un modelo socio-cognitivo del cuidado, es
decir, no mercadocéntrico, no estadólatra, sino biocéntrico. Un pacto que
implica un ingreso básico ciudadano, una reforma progresiva, la suspensión de
la deuda externa, un sistema de cuidados y la transición ecológica. Por
supuesto que esto no es más que una agenda. Y como tal solo dibuja un horizonte
político-práctico hacia el cual caminar. La política, al fin y al cabo, es el
conflicto permanente. Y la única certeza que tenemos es la incertidumbre del
futuro.
"¿Quién es, entonces, el paciente cero? Monedero respondería: el capitalismo. Porque nos abocamos a una cultura del consumismo desenfrenado, porque nuestros sistemas agroindustriales están aniquilando los hábitats naturales, porque —como dice Rob Wallace— las grandes granjas crean grandes gripes, porque mercantilizamos la salud, la educación, la cultura y la ciencia, porque nunca nos interesamos por el cuidado de los otros. El paciente cero tiene menos que ver con una persona que comió un caldo de murciélago en un mercado de Wuhan, como este orden socioeconómico que pone en el centro el beneficio a costa de la vida."
ResponderEliminarBravo! De indudable certeza.