No me
levanté sobresaltado, pero la pesadilla fue espantosa. C. estaba a mi lado bajo
sábanas —ella
había soñado otras cosas—, su piel rozaba la mía. Me dijo: «¿Cómo despertaste?». Y yo le
contesté que había soñado algo horrible: un edificio que se derrumbaba y
soterraba a mi familia y a otras personas conocidas. Lo recuerdo como si
hubiera sido real: un edificio blanco, con ventanas estilo francés, altísimo,
que se desplomaba como un castillo de naipes. Primero fue la polvareda que dejó
una imagen en blanco, luego vino la angustiosa sensación de haber perdido a
todos. ¿Dónde están? Se escuchaban gritos. Recuerdo vagamente que yo mismo estuve
debajo de unos trozos de cemento que no me hicieron daño. Eran fríos y pesados.
No veía a nadie. Todos muertos, pensé. Todos aniquilados. ¿Fue un terremoto?
Sin embargo, divisé en la lejanía que un grupo de personas jugaba
desprevenidamente en un campo abierto. Identifiqué, en otro costado, a un primo
que bebía un cóctel con su esposa en una piscina azulina. La nube de tierra se
disipaba y empezaban a vislumbrarse paisajes multicolores. El espacio de pronto
se expandió como suele suceder en los sueños; no solo estábamos debajo de un
edificio que se vino abajo, entre una densa nube de polvo que asfixiaba, sino
que aquello era un mundo en miniatura. La creación —quizá— de una mente
externa, como la de los arquitectos de sueños de Inception de Christopher Nolan. ¿Un sueño dentro de un sueño? Y en
ese mundo que de pronto se expandía y transformaba empezaban a aparecer los
desaparecidos. Aparecían —los recuerdo— mis padres y la gente más cercana: mi
hermano, algunos primos, los amigos. Aparecieron más, pero no puedo
recordarlos. Sé de quienes nunca tuve noticia, porque quedaron ahí, en la zona
gris del sueño, debajo de una roca y silenciados para siempre. Si cuando la
alarma sonó no pegué un brinco —6:00 a.m, hora de trabajo— fue porque, entre la
demolición y la ruina que representaba el sueño, no quedó ninguna sensación de
pérdida y derrota, sino todo lo contrario. Sentí el consuelo que proporcionan
las victorias ínfimas. La alarma volvió a sonar a las 6:10 a.m. C. seguía ahí,
bajo sábanas, su piel rozando la mía. Y me dije que al final de cuentas otro
amanecer no es más que una oportunidad para volver a salir de los escombros. Nada más que eso: intentar ser una pieza
indestructible durante la demolición.