jueves, 24 de septiembre de 2020

Demolición

 

No me levanté sobresaltado, pero la pesadilla fue espantosa. C. estaba a mi lado bajo sábanas ella había soñado otras cosas—, su piel rozaba la mía. Me dijo: «¿Cómo despertaste?». Y yo le contesté que había soñado algo horrible: un edificio que se derrumbaba y soterraba a mi familia y a otras personas conocidas. Lo recuerdo como si hubiera sido real: un edificio blanco, con ventanas estilo francés, altísimo, que se desplomaba como un castillo de naipes. Primero fue la polvareda que dejó una imagen en blanco, luego vino la angustiosa sensación de haber perdido a todos. ¿Dónde están? Se escuchaban gritos. Recuerdo vagamente que yo mismo estuve debajo de unos trozos de cemento que no me hicieron daño. Eran fríos y pesados. No veía a nadie. Todos muertos, pensé. Todos aniquilados. ¿Fue un terremoto? Sin embargo, divisé en la lejanía que un grupo de personas jugaba desprevenidamente en un campo abierto. Identifiqué, en otro costado, a un primo que bebía un cóctel con su esposa en una piscina azulina. La nube de tierra se disipaba y empezaban a vislumbrarse paisajes multicolores. El espacio de pronto se expandió como suele suceder en los sueños; no solo estábamos debajo de un edificio que se vino abajo, entre una densa nube de polvo que asfixiaba, sino que aquello era un mundo en miniatura. La creación —quizá— de una mente externa, como la de los arquitectos de sueños de Inception de Christopher Nolan. ¿Un sueño dentro de un sueño? Y en ese mundo que de pronto se expandía y transformaba empezaban a aparecer los desaparecidos. Aparecían —los recuerdo— mis padres y la gente más cercana: mi hermano, algunos primos, los amigos. Aparecieron más, pero no puedo recordarlos. Sé de quienes nunca tuve noticia, porque quedaron ahí, en la zona gris del sueño, debajo de una roca y silenciados para siempre. Si cuando la alarma sonó no pegué un brinco —6:00 a.m, hora de trabajo— fue porque, entre la demolición y la ruina que representaba el sueño, no quedó ninguna sensación de pérdida y derrota, sino todo lo contrario. Sentí el consuelo que proporcionan las victorias ínfimas. La alarma volvió a sonar a las 6:10 a.m. C. seguía ahí, bajo sábanas, su piel rozando la mía. Y me dije que al final de cuentas otro amanecer no es más que una oportunidad para volver a salir de los escombros.  Nada más que eso: intentar ser una pieza indestructible durante la demolición.

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