En América Latina la gente desaparece por conflictos
armados o por violencia o por eventos climáticos o en la ruta migratoria hacia
el Norte. Las desapariciones fueron el sello distintivo de no pocas dictaduras.
Las desapariciones también han sido el sello distintivo de la violencia
relacionada al crimen organizado, al narcotráfico, a las pandillas. En la región,
desaparecer es, pues, cuando hay suerte y se encuentra, el preámbulo a una
osamenta en medio de un campo escarpado.
Por eso —pienso— hasta nos parece extraño que existan
otras formas de desaparecer. Esas otras formas que son secretas y que no
implican una muerte; o que son, mejor dicho, una muerte a medias, falsificada,
artificial, solo para hacer creer que uno se ha ido, que se esfumó. Desaparecer
para renacer.
La literatura está llena de estos ejemplos. El relato
clásico podría ser Wakefield de Nathaniel
Hawthorne. Como se recordará, este es un relato sobre un hombre felizmente
casado que un día decidió abandonar a su esposa y a su hogar sin motivo alguno.
Vivió oculto veinte años en una casita cerca de su antiguo hogar y durante este
período pasó todos los días frente a su casa o la miraba desde la esquina, y
muchas veces incluso llegó a ver a su esposa. Cuando su esposa empieza a
creerse viuda, Wakefield, un día, regresa a su casa y simplemente abre la
puerta esbozando una sonrisa como si se hubiera marchado un par de horas. Los
motivos de esa desaparición prolongada son desconocidos, solo pueden
conjeturarse. Nadie los sabe, ni siquiera el mismo Hawthorne. El relato es la
búsqueda de esos motivos.
En El difunto
Matías Pascal el escritor italiano Luigi Pirandello narra la vida de un
hombre que, atormentado por las deudas y el tedio de un trabajo que lo
martiriza, falsifica su defunción y vive otra vida. Pero más interesante que la
historia de Pirandello, es la desaparición real del físico teórico Ettore
Majorana (asiduo y acucioso lector, por cierto, de Pirandello), quien un día de
1938 se esfumó sin dejar rastro, solo la sospecha de que su desaparición estuvo
vinculada con haber tenido la certeza, años antes de Hiroshima, de que la
ciencia estaba por construir la bomba atómica (y de que él mismo, junto con Werner
Heisenberg, pudo haber sido su creador). El enigma de Majorana fue relatado por
Leonardo Sciacia en una formidable crónica que termina con la hipótesis de que
el gran científico se recluyó en un monasterio, alejado del siglo, alejado de
todos. Hasta el momento, su desaparición es un enigma.
Si vamos a la televisión, todos recordarán a Ed, el extractor-reparador
de aspiradores de Breaking Bad que es
capaz de darle una nueva identidad y una nueva vida a las personas. Porque
desaparecer se vuelve ineludible en situaciones límites. Como cuando estás
siendo perseguido por la DEA y por una banda de neonazis.
Pero parte de lo anterior es ficción. Y no todo es
ficción. Me despierto leyendo en la BBC
que en Japón existen empresas exclusivamente dedicadas a la desaparición de
personas. A estas personas que se esfuman de un día para otro se les conoce
como jouhatsu, palabra que
significa evaporación. Y entre los que se evaporan los hay de todo: mujeres víctimas
de acoso y violencia doméstica; cónyuges que prefieren no enfrentar el
divorcio; trabajadores ahogados por las deudas; empresarios angustiados por la
carga del éxito; personas que cambian de domicilio para obtener un trabajo. Los
jouhatsu se van por años, a veces décadas, pero sus familias no siempre
saben de sus paraderos: llevan la angustia perpetua por verlos retornar un día.
Yo conocí a G. porque
estaba casado con una prima. Un día, G. le dice a su hija de diez años que lo
espere porque debe ir a la tienda. Su hija nunca más lo volvió a ver. Hasta la
fecha, nadie sabe dónde está G. Lo que se supo es que pertenecía a la pandilla
del Barrio 18, que debía un dinero, que se entrometió con la jaina de
alguien más. Y pienso que, aunque existan esas otras desapariciones —íntimas,
planificadas, valientes, egoístas (tan egoístas), urgentes otras veces—, G. y
tantos más en este país no son Wakefield, ni Matías Pascal, ni jouhatsu,
sino simplemente ese preámbulo al hallazgo de una osamenta en medio de un campo
escarpado.
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