Somos parte de
la primera o segunda generación que vio desparecer las cartas; estamos, aun, a
la expectativa de ser la primera que verá desaparecer los diarios. Digo: los
diarios escritos en papel. Digo: los diarios que se guardan en una gaveta.
Digo: los diarios que acompañan intermitentemente una vida. La escritura intimista, esa que se expande a
lo largo de la vida de una persona, que recoge desde los hechos banales hasta
los definitorios, está ahora más presente en las redes sociales que en una
libreta de notas. Tuitero ocasional y gran escritor de novelas, el mexicano
Julián Herbert nos lo recuerda con una anécdota en su cuenta de Twitter:
—Se
me olvidaron las llaves — le explico a Don Cruz, el portero del edificio donde
vivo.
—Por
venir pensando en las quijadas de la muerte— me espeta él mientras abre la
puerta, desde la superioridad moral de sus 80 años cumplidos.
La máxima de
nuestra generación es «tuiteo, ergo sum», dijo Umberto Eco, para referirse a
que uno solo existe en la red, y ahí también las intimidades, ensoñaciones y
cotidianidades que nos definen. Ahora la intimidad se exhibe.
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