jueves, 8 de julio de 2021

Cápsulas / 5

 

En la conferencia Los libros de mi vida, el escritor argentino Ricardo Piglia narra el recuerdo de su primera lectura. «Escuela N° 1 de Adrogué. Clase de lectura. La señorita Molinari ha creado una especie de concurso: se lee en voz alta y el que se equivoca queda eliminado. La competencia de las lecturas ha comenzado. Me veo en la cocina de casa, la noche antes, estudiando ‘la lectura’. ¿Por qué estoy en la cocina? Quizá mi madre me toma la lección. No la veo a ella en el recuerdo: veo la mesa, la luz blanca, la pared de azulejos. El libro tiene grabados, lo veo, y recuerdo de memoria todavía la primera frase que estaba leyendo a pesar de la enorme distancia: ‘Llegan barcos a la costa trayendo frutos de afuera...’...los frutos de afuera, los barcos que llegan a la costa. Parece Conrad. ¿Qué texto era ese? Año 1946». Siempre he admirado la memoria de las personas que, como Piglia, pueden dar forma a los recuerdos de su primera vez. Por ejemplo, la primera vez que visitaste un bosque. La primera vez que fuiste al cine. La primera vez que escuchaste a tu madre cantar. La primera vez que besaste a una chica. La primera vez que fumaste un cigarrillo. La primera vez que te caíste de una bicicleta. Esos recuerdos para mí son difusos; algunos, inexistentes. Yo también quisiera recordar cuál fue mi primera lectura, adónde estuve, con quién leí. No tengo ese recuerdo, pero sí una fotografía. Año 1994: estoy hincado frente a un escritorio sosteniendo un libro, o un folleto, o solamente una pila de páginas. Volteo a la cámara y en mi rostro se dibuja un gesto de sorpresa, como si me hubieran descubierto haciendo una travesura o algo ilícito (hay en esta escena un germen, pienso, para explicar cómo algunas lecturas se han prohibido en la historia). El pie de foto dice: «¡Ajá! ¿Qué estás haciendo Alejandro?». No podía leer, ni siquiera podía caminar. Puede que esa haya sido mi primera lectura. En su autobiografía, Fernando Savater dice que se entra a la lectura como se entra al sacerdocio, es decir, para siempre. Creo que es así: esa fotografía registra el inicio de una actividad que solo puede culminar con mi muerte. Esa fotografía: la forma definitiva de un recuerdo.

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