Dicen los expertos que las arañas rara vez estarán
indispuestas para tejer. No importa si
están bajo los efectos de un narcótico u orbitando en un satélite espacial, las
arañas, simplemente, tejen. El asunto no es más que pura supervivencia: con sus
telarañas, las arañas cazan, las arañas comen. Esta práctica arácnida tiene por
lo menos trecientos millones de años, lo que la hace más vieja que las flores,
las aves y, por supuesto, los humanos. La seda, la fibra que sale de sus glándulas,
lo es todavía más. Material pegajoso y proteínico, ha servido para cubrir a
innumerables reyes y a innumerables cuerpos con los chalecos antibalas. Tubulares
y espirales, las telarañas forman tan diversas figuras que todavía son un
misterio. Las hay de diversos tamaños para capturar a distintas presas, ya sea
un murciélago o un moscardón. Se calcula que, en promedio, las telarañas matan
entre cuatrocientos y ochocientos millones de toneladas de insectos cada año,
contribuyendo al equilibrio ecológico de casi todos los ecosistemas. Que no es
decir poco: que es decir que les debemos la vida. Yo estoy en la sala de mi
casa con ganas de aniquilar a una araña que ha hecho su obra maestra en una
lámpara. Aguarda, silente, que caiga una presa. Refulge, aquí, una antigua
aracnofobia. Es absurdo: un animal tan prodigioso que está a un golpe de morir
por culpa de otro ser minúsculo y miserable.
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